En el caso del ciervo, según los autores de Handbook of the Mammals of the World. Hoofed Mammals, de 2011, editado por Don E. Wilson y Russell A. Mittermeier, los análisis de ADN llevados a efecto en ejemplares de la parte occidental de su área de distribución revelaron tres linajes mitocondriales: el primero (occidental), el cual, durante el último máximo glaciar, hace unos 20.000 años, sobrevivió en refugios deshelados en España y el sur de Francia; el segundo (oriental) que subsistió en el sudeste de Europa (Cárpatos y Balcanes); y el tercero, actualmente representado por el ciervo rojo del Tirreno, procedente de introducciones humanas de hace 8.000 años desde Italia continental a Cerdeña y el ciervo rojo de Berbería, asimismo introducido por el hombre durante la antigüedad en el norte de África.
Continúan Wilson y Mittermeier señalando que Cervus elaphus (Cervus: del latín cervus, «ciervo»; elaphus: del griego elaphus, «ciervo»), incluye seis subespecies: elaphus, del griego elaphus, «ciervo»; bactrianus: de Bactria, antiguo país de Asia Central que corresponde a Turkistán y Balkh del norte de Afganistán; barbarus: de Barbaria, región costera del norte de África; corsicanus: del latín corsicanus, «de Córcega»; maral: del persa maral, «gacela, ciervo»; yarkandensis: de Yarkand, condado de la región autónoma de Sinkiang (República Popular China); hispanicus: de Hispania, España; bolivari: de Ignacio Bolívar y Urrutia (1850 – 1944) naturalista y entomólogo madrileño, distribuida por Gran Bretaña y Europa continental e introducida en Argentina, Australia, Chile y Nueva Zelanda; bactrianus, por el oeste del Turkestán (Kazajistán, Uzbekistán, Tayikistán y norte de Afganistán); barbarus, por Argelia y Túnez; corsicanus, por Cerdeña; maral, por Anatolia, Cáucaso y noroeste de Irán; y yarkandensis, por el este del Turkestán (Sinkiang y China).

Subespecie ‘hispanicus’
Ahora bien, autores españoles consideran que existe una subespecie propia de la Península Ibérica, la llamada hispanicus. Ya Ángel Cabrera Latorre (1879 – 1960), famoso zoólogo y paleontólogo madrileño, había establecido para el ciervo dos subespecies: hispanicus, sólo presente en el Bajo Guadalquivir, y bolivari, en el resto de la Península. En el año 2002 Juan Carranza, doctor en Ciencias Biológicas y experimentado etólogo, consideraba que la subespecie bolivari era sinónima de hispanicus y que ésta última presentaba unas características morfológicas claramente distintas de la nominal, elaphus: menor talla, coloración más gris y cráneo más pequeño.
Más tarde, en 2024 publica un trabajo realizado por 25 investigadores coordinados por él mismo a través de la Unidad de Recursos Cinegéticos y Piscícolas de la Universidad de Córdoba de la cual es director, en el que identifica las diferencias entre cuatro áreas principales de distribución del ciervo (Noruega, Escocia, España y Europa central) y confirma la singularidad de los ejemplares que habitan la Península Ibérica, como resultado de la información de 35.701 marcadores genéticos tipo SNP de cada uno de los 736 ciervos de toda Europa que compone la muestra utilizada. Y también, científicos de las Universidades de Porto y de Castilla-La Mancha y del Instituto de Recursos Cinegéticos (IREC) han encontrado una diferencia genética entre las poblaciones actuales de ciervos de la Península Ibérica y las de las restantes poblaciones europeas consecuencia, según dichos científicos, de una evolución divergente iniciada en la última glaciación (27.000 – 19.000 años).
Estas conclusiones pueden incidir en la valoración de los trofeos conseguidos por los cazadores españoles, pues las juntas de homologación tienen muy en cuenta el origen de la pieza que se le entrega: no es lo mismo un ejemplar de Centroeuropa, por ejemplo, que un ejemplar de, también como ejemplo, Sierra Morena, cordillera del sur de España, al ser el primero netamente más potente en cuernas que el segundo.

Pero sabemos también que pueden existir notables diferencias morfológicas entre un ciervo de la Sierra de la Culebra, en el noroeste de la provincia de Zamora, y un ciervo de Sierra Morena. Entiendo que ambos casos son sucesos comunes acordes con las tres reglas de los ecogradientes: la de 1847 de Carl Bergmann, anatomista, fisiólogo y biólogo alemán (los animales homeotermos de zonas frías son de mayor tamaño que sus pares de climas cálidos); la de 1877 de Joel Asaph Allen, zoólogo y ornitólogo estadounidense (los animales homeotermos de los climas fríos poseen extremidades más cortas –patas, orejas, hocicos, colas, picos, etc.– que los de climas cálidos); y la de 1833 de Constantin Wihlen Lambert Gloger, zoólogo y ornitólogo alemán (los animales homeotermos de clima frío poseen una pigmentación más oscura que sus pares de zonas cálidas).
Ciertamente, en el caso que nos ocupa, estas reglas, aplicadas a la diferenciación de subespecies, contradicen aparentemente las conclusiones de los modernos ensayos con material genético. Puede ser, aunque entiendo que a estos ensayos se les debe conceder el máximo predicamento siempre, como es lógico, que sean ejecutados con total solvencia.
Costumbres y morfología
Poco hay que añadir al ser suficientemente conocidas. Todo lo más recordar el desarrollo de las cuernas de los machos a lo largo del tiempo por constituir uno de los datos más importantes para el cazador. Así, las primeras cuernas son conocidas como «varas», que no suelen, por lo general, presentar puntas o «candiles», y que se caracterizan por la ausencia de la «roseta» o ensanchamiento basal que las separan del pivote; en ejemplares con muy buen porvenir pueden existir una o dos puntas por cuerna situadas en la parte superior formando una horquilla; las cuernas que siguen podrán presentar puntas variando su número con la edad y con las características genéticas de los distintos individuos (la segunda cuerna presentará en ejemplares bien desarrollados entre 8 y 12 «candiles» ); en la cuerna hay tres puntas muy representativas, «luchadera», «contraluchadera» y «punta central» ocupando, respectivamente, los lugares primero, segundo y tercero contados a partir de la «roseta»; y, por último, la parte final de la cuerna, «palma» o «corona», es un engrosamiento ramificado provisto de un número variable de puntas.

Modalidades de caza
Así mismo, son muy conocidas las modalidades usadas para su caza, fundamentalmente la montería y el rececho, por lo que obvio cualquier comentario. Sólo me permito apuntar que mis experiencias en ambas modalidades han sido muy escasas, se pueden contar con los dedos de la mano. Pero, por contra, sí practiqué durante un buen número de años la caza selectiva, tanto para controlar las poblaciones como para obtener muestras de ejemplares para estudios bacteriológicos y parasitológicos. Ciertamente, dicha caza carece prácticamente de emoción e, incluso, me atrevería a decir que, a la larga, te invade una cierta compasión hacia el ejemplar a abatir, mucha más si es de temprana edad.

El gamo
Demos ahora paso al gamo. Como decíamos al inicio, la primera especie existente de este ungulado fue Dama clactoniana: ( Dama: del latín dama, apelativo general para animales del grupo del ciervo; clactoniana: del Clactoniense, de la primera parte del periodo interglaciar en el que se desarrolló una industria de herramientas de pedernal), aparecida en tierras europeas en la mitad del Pleistoceno, hace 600.000 años. Transcurridos 400.000 años la especie actual, Dama dama ( Dama: del latín dama, apelativo general para animales del grupo del ciervo), se refugió durante la primera parte de la última glaciación en el sur de Europa y Anatolia. Ya en el Neolítico (hace 12.000 años), periodo en el que aparecen las primeras estrategias económicas agrícolas y ganaderas, fueron llevadas a efecto las primeras translocaciones por mano del hombre hacia Macedonia, Bulgaria y las islas griegas.
Según parece fueron los griegos los que fundamentalmente contribuyeron a dispersarlo artificialmente en el centro y oeste de las costas mediterráneas incluyendo el norte de África, y los romanos en algunas áreas del continente europeo y Gran Bretaña.
En España se dice que fueron los fenicios y los romanos quienes lo introdujeron, pero, sea como fuere, a principios del siglo XX se encontraba en estado libre en la cuenca cacereña del Tajo y en los montes de Toledo e introducido en el coto de Doñana, hallándose representado hoy en día por varias poblaciones aisladas a lo largo y ancho del territorio peninsular. Actualmente está introducido en el norte y sur de América, Sudáfrica, Australia, Nueva Zelanda y las islas Fidji.

La ronca
Se trata de un animal cuyo celo, por lo general, tiene lugar a finales de septiembre y es conocido como «ronca» debido a la emisión por parte de los machos de un sonido grave que recuerda a un ronquido o eructo.
Los machos marcan su territorio escarbando en el suelo, orinando con frecuencia sobre las excavaciones realizadas para, acto seguido, impregnarse de orina por el vientre y cara interior de los muslos sacudiendo el penacho de pelos que recubre al pene. También suelen marcar su territorio frotando la glándula preorbital contra árboles y arbustos quedando estos humedecidos por la sustancia almizclada que aquella segrega.
Los combates cuando se forman los harenes se tratan de un simple enlazamiento de cuernas y un posterior empuje a fin de contrastar la resistencia de los oponentes, interviniendo en el resultado la magnitud de la cuerna y la fortaleza del cuello, engrosado en esta época por el refuerzo de los músculos. El vencedor apartará del harén al vencido, pero este último y el resto de los machos sometidos tratarán de aproximarse a las hembras, provocando que el dominante tenga que ahuyentarlos constantemente.
Al igual que en el caso el ciervo se caza en montería y rececho. En lo que respecta a mi persona la experiencia con él ha sido más bien pobre, diría que nula, con excepción de su abate en caza selectiva (sobre todo, hembras) con objetivos similares a los propuestos para el ciervo.
Texto: Antonio Notario
Dr. Ingeniero de Montes

