Había sido una noche inquieta ya que el viento soplaba ferozmente y hacia gemir y retorcerse a los viejos robles y carrascas que luchaban por aferrarse en tierra y no ser arrastrados por el enfurecido vendaval. Duraba ya casi cuatro días y en el exterior de casa se veía como empezaban las flores a tapizar con unos vistosos colores lo que hacía poco tiempo había sido, según mis padres, una tierra azotada por uno de los más crudos inviernos que recordaban.
Se habían pasado mucho tiempo sin ver el suelo ya que este estaba cubierto por una capa blanquecina que cubría todo el bosque e imposibilitaba el alimento para muchos animales. Estaba amaneciendo cuando se escucharon voces fuera de casa. No solía hacerlo pero ese día me asome, sin permiso, a la puerta. No comprendía lo que estaba viendo en el exterior y rápidamente avisé a mis hermanos que también estaban dentro, todavía dormidos en una de las habitaciones más calentitas. Salimos todos fuera y vimos a mis padres peleándose con unos animales muy altos que irrumpían rugiendo como fieras salvajes y llevando unas vestimentas que les colgaban de sus pieles desnudas con poco pelo. Mis hermanos tampoco comprendían que estaba pasando, estábamos fuera y cuando me disponía a ayudar a mis padres sentí un fuerte golpe que me dejó sin sentido. Cuando desperté aún aturdido, el sol ya estaba en lo más alto del cielo. Me dolía mucho la cabeza y estaba atado a una piedra.
Era una cueva, creo que sí. Una cueva con pinturas rojas en las paredes y en medio había una luz que calentaba. Mis padres, creo recordar me hablaron de algo parecido que podía llegar a quemar y ellos le llamaban fuego. De repente un animal como los del amanecer pero mucho más pequeño que aquellos, se acercó a mí y me defendí haciéndole retroceder. Estaba solo, sin mis padres ni hermanos, muy asustado, y viendo como en la cueva no solo estaba ese animal pequeño también había grandes y más fuetes, eran seis en total. Se estaba haciendo de noche, no entendía porque estos seres me tenían atado, me tendría que escapar o defender de cuantos se me acercaran, era mi forma de reaccionar. Llegó la noche y todos ellos se acercaron al fuego, el viento de las noches anteriores empezaba a remitir pero aun hacia frio y tiritaba. Ellos gruñían en un lenguaje que no entendía alrededor del fuego y llegó hasta mi sensible nariz un aroma que me recordaba a comida, tenía mucha hambre y de mis labios caían babas, que se producían cada vez que aspiraba aquel agradable aroma. De repente, uno de los más grandes y fuertes se levantó y arrojó hasta donde me encontraba unos huesos, estos tenían algo de carne adherida pero poca le quedaba ya, tenía tanta hambre que creo que me los engullí sin apenas masticarlos.
Fueron pasando los días y sin darme cuenta hice amistad con el más pequeño de aquellos seres. Las patas que apoyaba en el suelo estaban cubiertas por un pelaje que me recordaba a varios de mis hermanos y los más mayores utilizaban también pieles que recordaban animales. Era diferente al resto, cuando podía me traía comida, yo se lo agradecía dejando que se acercara a mí e incluso dejaba que me tocara, cosa que no me disgustaba. A veces me tocaba durante tanto tiempo que incluso llegaba a dormirme, me sentía bien. Un día se me ocurrió un nombre para todos ellos y a partir de entonces los llamaba humanos, por sus grandes zarpas que podían sujetar utensilios, a veces fabricados por ellos y otras utilizados de animales o de árboles. Al final me gustaba su compañía, me sentía a gusto con aquel grupo, no eran de mi especie pero me daban de comer, y me sentía a salvo y sin peligro a su lado. Crecía a un ritmo superior a mi compañero y pasado muchos soles me sentía fuerte y con ganas de explorarlo todo. Atrás quedaron las ataduras, era ya compañero de todos aquellos humanos, desde el más pequeño al más mayor y fuerte de los seis. Durante mi convivencia con ellos aprendí a descifrar un poco su lenguaje e incluso a entender lo que significaban algunos de sus gestos. Creo que ellos también me pusieron un nombre, AUU!, y cada vez que era pronunciado acudía a la llamada. En el grupo de seis había tres machos y dos hembras, eran estas las que cuidaban del más pequeño que no sé porque circunstancia le costaba mucho crecer y adquirir las habilidades de los más grandes.
Cuando había luna llena, en las templadas noches de verano, me gustaba subirme a lo más alto de la colina donde habitaba en la cueva y gritaba mi nombre tan fuerte como podía, AUU!! AAAUUUUUUUU!!! Resonaba por todo el valle y de esta manera hacia que todos los animales supieran quien era yo. Cuando era más pequeño observaba como los machos se marchaban y volvían con comida, a veces tardaban varios soles en volver, otras muchas se vestían con más pieles y con la tierra llena de nieve y un frio que llegaba incluso a notar mi cuerpo cubierto con una densa capa de pelo, un pelo espeso y brillante de color grisáceo, salían en busca de alimento para el grupo. No siempre volvían con suculenta comida y carne apetecible, no es que pasáramos hambre pero más de una vez nos teníamos que conformar con raíces y bayas. Aún recuerdo cuando un día observaba como se alejaban y el más grande de los machos me llamo desde la lejanía, AUU! escuche y rápidamente fui a su encuentro, iría con ellos en busca de comida, que contento estaba. Al principio iba detrás de ellos, observando detalladamente todo lo que hacían. El más grande iba el primero seguido de los otros dos, de repente se pararon y se pusieron en la misma posición que iba yo, con las cuatro patas en el suelo, en vez de con dos que solían ir, avistaron un grupo de conejos, conté por lo menos unos 45 y estuvieron poco tiempo antes de salir gritando a dos patas otra vez, armados con sus palos a su encuentro. Pero que hacen pensé yo, así no se hace. PARAD! Los conejos salieron en desbandada escondiéndose entre la vegetación desapareciendo ante tantos gritos. Con gestos de desánimo, se quedaron los tres discutiendo que habían hecho mal antes de proseguir nuestra expedición. Anduvimos hasta que el sol empezaba a decaer cuando el más grande adoptó la misma posición. A mí hacia un rato que me daba en la nariz un aroma similar al de los conejos que vimos agrupados anteriormente. ¿Serian conejos otra vez? Pensé. Como los hombres estaban a la misma altura que yo ya no me causaban tanto respeto y pasé por delante de los dos quedando a la misma altura que el que mandaba. Allí estaban eran conejos otra vez.
Escondidos entre la vegetación pudimos contar no más de 20, estaban comiendo en un prado de hierba fresca y de momento no se habían dado cuenta de nuestra presencia. Me adelanté con una conducta que nadie me había enseñado y siguiendo a mí estomago que tenía mucha hambre después de correr todo el día arriba y abajo buscando alimento. Al jefe no le gustó mi actitud pero se estaba esperando a los otros dos compañeros que estaban bastante rezagados. Decidí entrarlos por detrás de donde venía el viento. Sigiloso pero sin pausa avanzaba por la vegetación hasta llegar al otro extremo de mi grupo. Por suerte estos aún no se habían erguido con sus gritos y sus desastrosas carreras a dos patas. Fue entonces cuando los tenía a muy poca distancia y sin pensarlo dos veces salté de entre la vegetación y corriendo todo lo deprisa que podían mis patas los tenía ya encima. Con voz portentosa gritaba mi nombre AUU! AUU! Conseguí atrapar a uno de ellos y los demás salieron a la carrera hacia mis compañeros.
Estos al escuchar como gritaba mi nombre se levantaron y con estupefacción observaban como el montón de conejos corrían en sus posiciones. Fue entonces cuando salieron también de su escondite y a dos patas empezaron a lanzar golpes a derechas e izquierdas. Con mi conejo en la boca veía como saltaban y brincaban a la vez que alguno quedaba tendido en el suelo. Al final fueron 6 los que conseguimos atrapar, fue un día para recordar y a partir de entonces siempre acompañaba a mi grupo en las jornadas, que a partir de entonces serían JORNADAS DE CAZA.
Dedicado al gran maestro D. Antonio Pozuelos J. de Cisneros. Gracias por enseñarme que es aprender del mejor.
Texto y fotos: Alberto Cana Tormo

