Colores, sabores y aromas grabados a fuego lento en la memoria, herencia de padres a hijos, después de toda una vida disfrutando de las delicias del perdigón, felizmente rodeado por los amigos de siempre. Para nosotros, aficionados de cuna y devotos confesos, es motivo de felicidad, todo un cúmulo de ilusiones y sensaciones a flor de piel.
Para una mayor comprensión de la doctrina, es el momento en que el campo, el reclamo y el perdigonero se funden entre sí para dar sentido a uno de los pilares principales de este arte. Se trata de una romántica y ferviente comunión entre la naturaleza y los devotos acólitos de este arte que repercute en el bienestar de la expedición.
«Y es que el perdigón -según José Cuenca- no tiene aficionados, sino devotos, y, al igual que el flamenco, encierra ese oculto pellizco de misterio que solo pega a los que han tenido la fortuna de sentir su escalofrío».
Esas mañanitas, que comienzan con el despertar de los reclamos y la puntualidad prusiana, el calor de la lumbre, los lazos con la guardería, algún que otro comentario acerca de la meteorología, la tostada dorándose en el pincho, el café de pucherete y la copita de Clavel entre las yemas de los dedos, el cigarrito…, pensando en acertar con la elección de la plaza y el reclamo que vayamos a sacar, puesto que no hay dos pájaros iguales, de modo que cada miembro del jaulero tiene sus propias manías, gustos y preferencias. Pero, con antelación…

Tras el periodo crítico del pelecho -de mayo a octubre-, en el que nuestros reclamos requirieron una mayor atención, se fueron sucediendo los días en el calendario hasta la llegada de los fríos, que generalmente coincide con la onomástica de Todos los Santos, momento que aprovechamos para pasar los pájaros de sus cuarteles de verano a sus respectivas jaulas. Pero, con anterioridad, tuvimos obligatoriamente que recortarlos y arreglarles los picos y las uñas. Y, ya que pasan por nuestras manos, realizarles el tratamiento preventivo de los seis meses.
A partir de ahí y hasta que se abra la temporada, más que el deber, tenemos la obligación de sacarlos al exterior para que se ventilen y sus plumas sean acariciadas por los rayos solares de la primera hora de la mañana, con lo que, casi sin darnos cuenta, estaremos dando pie a que empiece el proceso de encelamiento, de manera que lleguen a enero en perfectas condiciones.
Para ello habremos de cambiarles y cuidarles la alimentación, lo que no quita para que cada 15 o 20 días les obsequiemos con un primoroso baño de tierra caliente, desinfectando un par de terreros y rellenándolos con tierra de albero -levanta menos polvo-, previamente mezclada con una pequeña proporción de arena de playa, conchitas partidas para que el buche del ave pueda cumplir su función fisiológica y tierra de diatomeas. Esa teoría de que no se les puede dar tierra a los reclamos antes y durante el celo es errónea.
Con posterioridad, se expone la tierra al sol tras habérsela espolvoreado con medio vasito de agua hirviendo, hasta que veamos la tierra humear. Momento en que colocaremos el terrero a medio sol o bien a la sombra, ofreciéndoles su regular baño y comenzando por los más veteranos, porque, ¡no nos equivoquemos, se encelan con los tiros! Si en el primer puesto no está lo suficientemente encelado y peca de menos, ya lo estará en su segundo o tercer aguardo. Del mismo modo, para que se encuentren en perfectas condiciones y no pequen de fuertes o fogosos, cada vez que se le atranque la caza, debemos afinarlos proporcionándoles sueltas controladas y baños de tierra caliente.
Comentaba mi compadre, Pepe Murillo, acerca del ritual del baño:
«Se queda uno embobado viendo cómo comienzan escarbando con el pico y las patas, soltando la tierra, haciendo hueco para tumbarse y, una vez echados, removerse con las plumas ahuecadas, en unos perfectos y característicos movimientos que les envían con precisión la tierra a las espaldas, donde la filtran entre sus plumas.
Luego, en esa misma posición y engallando la cabeza y el cuello, retuercen el pescuezo entre otros dos o tres controlados y precisos movimientos, restregándolo por la tierra a fin de que les llegue a las partes del plumaje más inaccesibles, limpiando cada una de sus finas y diminutas plumas del cuello y cabeza.
Cuando consideran que están perfectamente enterrados, permanecen echados largo rato, estirando las patas, como desperezándose, soleándose y sintiendo la humedad caliente de la tierra, disfrutando intensamente de su baño de tierra caliente. Cuando por fin se levantan, se espolvorean varias veces y suelen pasar un tiempo arreglándose y colocándose la pluma con el pico. Finalmente, quedan preciosos, con el plumaje tan liso y brillante, y con los colores tan vivos, que parecen como si estuvieran pintados».
Huelga decir que un perdigonero tradicional no prepara su expedición un mes antes, dado que se lleva desde que acaba la anterior pensando, organizando, preparando e ilusionándose con la siguiente, independientemente del resultado que haya obtenido durante la temporada.
Durante esos escasos tres meses, aprovecharemos el tiempo libre en visitar el cazadero, levantando algunos puestos de monte o piedra en collados o espolones que estén pidiendo a voces un aguardo de perdigón, amén de ir refrescando con monte nuevo los ya existentes: un oasis en redondo de vida y color.
Casi siempre hay que arreglarles la tronera y fortalecer las paredes con ramas nuevas, además de limpiar las plazas, pues el monte tiende a comérselas, independientemente de ir abasteciendo el cortijo con todo lo que nos pueda hacer falta, acarreando enseres y víveres no perecederos para que, llegada la hora, solo nos quede por transportar la escopeta y los pájaros. Sobre este particular, dispongo de un listado al uso de un año para otro.
En nuestras expediciones, María -la cocinera- se viene con nosotros, encargándose de tener el cortijo limpio y los cuartos ventilados. La cocina, el fregado, el lavado de la ropa sucia, la costura…, son labores que no tienen secretos para ella, malcriándonos más de la cuenta.
Por otro lado, los achácales de campo y caza deberán estar en perfectas condiciones para su uso. Ello conlleva engrasar, exponiéndolos durante varias horas al sol, los útiles de cuero.
Reunidos los integrantes en su día de llegada, visten el cortijo a su gusto, que es la mejor manera de poder disfrutarlo y, al igual que los reclamos, no faltará el vino y el aguardiente. Lo más preciado de este tipo de reuniones, aparte de cazar el pájaro, claro está, son las charlas y pasajes que tienen lugar a pie de chimenea, casi siempre con una mesita pequeña al medio, charlando y copeando con los mostos de la tierra, amén de la importancia que tiene el sentir culinario de la expedición, olores y sabores que te dulcifican los sentidos.
Después del primer día, se entra en una rutina maravillosa fácil de imaginar: aficionados que, con los años, aprenden a respetarse unos a otros, sin envidias ni avaricias, al haber sido bendecidos con los valores tradicionales de la cacería, ofreciéndole a cada reclamo en sus salidas las oportunidades justas.
Un aguardo por la mañana y otro por la tarde, con un solo reclamo y sin cambiarse de plaza, será más que suficiente para satisfacer las necesidades del más acérrimo de los perdigoneros. Por ello, deberemos ser leales con el campo, dejando madre para mañana y no repitiendo puestos ni zona hasta el siguiente año, que es como la doctrina del perdigón tiene su razón de ser.
Por desgracia, una parte de la afición ejerce unas formas y unos modos que no son los correctos, y que nada tienen que ver con el buen proceder del aficionado tradicional, llegando a dar hasta tres o cuatro puestos por la mañana y dos por la tarde. En verdad, esto no hay cazadero que lo soporte.
En nuestras expediciones tenemos nuestros propios hábitos y costumbres.
Por ejemplo, en la ceremonia de inauguración, los honores son para el patriarca del jaulero, demostrando una vez más lo que un veterano de guerra sobradamente condecorado puede dar de sí cada vez que tiene que demostrar su valía en el colgadero. A pie de pulpitillo, gorra en mano, siguiendo una arraigada costumbre familiar y justo antes de destapar un Padrenuestro a la memoria de mi padre y al ramillete de amigos aficionados que, para desdicha nuestra, ya no se encuentran entre nosotros. Y, de paso, venerando con su recuerdo a ese ramillete de reclamos ilustres que tantos momentos de paz y felicidad nos regalaron, y que de ningún modo pueden quedar olvidados, ocupando un rinconcito grande en nuestros corazones.
La bondad de un reclamo radica en la intimidad de su alma. Nuestra labor consiste en pulimentar con esfuerzo, paciencia y maestría lo que tienen estas aves de intolerantes, confiándonos en que la docilidad y belleza que atesoran en sus adentros afloren a la luz, para que puedan colmarnos de alegrías y no pocas satisfacciones; nuestras metas son verlos picando de la mano.
Huyendo de los bandos, en los primeros compases de la temporada cazaremos los veteranos; tiempo tendremos para que, a medida que se vaya afianzando el celo, pongamos en solfa a los pollos del año y reclamos de dos o tres celos, asegurándonos de que, cuando lo hagan, se encuentren perfectamente encelados.
Por norma, los primeros tiros, muy bien pegados, asegurándonos de que no aleteen y queden en su sitio, para que no se resienta la jaula. Debemos tener claro que, en el perdigón, el verdadero protagonista es el reclamo, puesto que es el que en todo momento lleva el peso de la contienda, tirando y aflojando de las riendas del combate, indicando con su postura y sus cantos el preciso momento en que quiere que se le tire, inclinando la balanza a su favor.

Desde que asoma el par de perdices en la claridad de la plaza hasta que se produce la grandeza del llamaretazo, se esfuman los nubarrones del cartucho y se apodera del ambiente un penetrante olor a pólvora quemada, logrando que la jaula se quede al humo, suceden toda una serie de ceremoniales.
Rituales que, por sí mismos, no dicen nada, pero que, en su conjunto, hablan de la verdadera dimensión que alcanzan este tipo de lances en el entorno social y educativo de nuestra cultura venatoria, capaces de albergar en nuestros corazones un sinfín de recuerdos y no por ello menos emociones, resultando precisamente en ese inagotable manantial de conocimientos donde descansa la doctrina y emanan las fuerzas con las que seguir a cuestas con la afición.
Quede claro que «la licenciatura» se alcanza mediante el roce diario, conociendo a fondo el jaulero, interpretando los cánticos durante el recibo a la perfección y disparando cuando realmente te lo está pidiendo la jaula, lo que no suele sobrepasar el medio minuto. Y recordad que la plaza es un libro abierto; luego, mantengámonos fieles a las leyes y mandamientos que rigen las soledades del campo, con la verdad siempre por delante y haciendo las cosas como Dios manda.
Texto y Fotos: José Ramón Zarallo