Zaguero

Que no se puede, carajo. No podemos quitarle más dificultades a la caza y convertirlas en facilidades para los torpes humanoides. Venga balas en la recámara. Aumentos. Medidores de distancia con corrector de ángulo… Pero ¿a dónde demonios vamos a llegar? Lo siguiente serán las balas teledirigidas… Se me estrujan las tripas. Y cada vez mejores venados, más cochinos con marfil y carneros cruzados con marcopolos… Que ningún amor murió de hambre, sino de hartura…

En lo alto de la cuerda del Sopellano que me ha tocado. Hice bien en entablar confidencias con aquel hombre viejo que se calentaba en la lumbre desde temprano. Hice mejor en convidarle a un sol y sombra para romper el hielo. Aquel hombre se llamaba Zacarías y por su hechura se parecía más a un expresidiario que a un guarda retirado. Pero no me pregunten por qué, pero tengo imán con esta gente. Qué gran tipo.

«Zagal, orilla del puesto hay una vereda, a la parte alta de una madroña gorda como el cerrojo de un penal. La coges, que verás cómo desde un peñón donde muere la vereda vas a tener mejor vista. Además, ende allí no soplas y los vecinos no te puen decir ná».

Y allí que me planté. Qué raro se me hace llevar un rifle al hombro en una montería. Si a mí lo que me gusta –lo que de verdad me saca de tranco– es tronchar lentiscos con los perros a lomos de Asesino, y que vengan bombas. Pero no, hoy toca ir de «señorito» y agradecido que voy. A nadie le amarga un dulce. Vaya día. Agua por todos los regatos, sol luciendo en los cielos… Madre mía, qué bonito es montear.

En lo alto del peñón que me he encajado. Hay dos callejones que poco tardan en traerme dos cochinos que logro matar a pocos metros y con poca dificultad. Que me las den todas ahí, no hay quien pueda conmigo. Mi ego me supera. Y recé un padrenuestro por mi amigo Félix Lozano que desde la Gloria me estaba viendo.

Oigo el monte, vienen reses. Una cierva, un vareto y, de zaguero, un venado. Me los como. Van a pasar a siete u ocho metros. Apunto al veleto… boom…. Agua. Cerrojeo, el venado corre, pero sigue estando muy cerca… Repito tiro y repito fallo. Otra bala al cerrojo. Apunto de nuevo, ¡¡boommm!! Fallo también. Pero qué carajos me pasa, si con una cerbatana lo puedo poner patas arriba. Meto la última bala mientras el venado pasa el cortadero y… nones. Cuatro balazos perfectamente colocados fuera del cuerpo del animal. Me desespero, busco dos píldoras más. Tiro de cerrojo y apunto de nuevo. El venado, ya a distancia prudente, se detiene. Era una distancia lógica por lo galopado, pero las balas van por el aire, no cogiendo veredas. El ciervo pensó que ya estaba a salvo. Se detuvo y me miró…

No pude. No pude y así se lo hice saber. Había tenido cuatro oportunidades de hacerme con él. Cuatro fallos garrafales. Y el venado se lució y me ganó la partida. Los monteros vieron la escena. Bajé el rifle, tiré el sombrero al suelo y, con bastante mala leche, pegué un grito brindándole: «¡Vete a hacer puñetas, maricón!».

 

 

M.D.J. «El Polvorilla».

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