Un cazador en marte

Vuelve a ocurrir. En estos días de cambiar la escopeta por la caña de pescar a mosca no sé si estoy cazando peces o pescando perdices. Lo cierto es que para los antropólogos la pesca no es una actividad distinta de la caza y la recolección. Los instintos, las motivaciones y las tramas culturales son las mismas.

Porque no se me quita de la cabeza la información sobre el genoma humano. De hace entre 45.000 y 7.000 años, que está analizando Felix Key, investigador del Instituto Max Planck de Antropología Evolutiva en Leipzig. El interrogante era saber cómo y por qué los seres humanos modernos se adaptaron a los distintos y muy variables entornos locales europeos. Asombrosamente, la mayoría de toda esa sutil y potencial variabilidad adaptativa que nos permitió colonizar el mundo, un mundo muy diverso, ya estaba presente en el cazador-recolector temprano, pero no en el agricultor temprano. La tesis es que los cazadores-recolectores, que vivieron en Europa durante miles de años antes de la aparición de la agricultura, se adaptaron a los nuevos entornos locales porque ya tenían esas variantes genéticas de adaptación. Cito a Felix: “Es bastante sorprendente que, mientras que la revolución de la agricultura neolítica trajo un estilo de vida de Europa que aún persiste en la actualidad, los cazadores-recolectores cuentan con la mayoría de las adaptaciones genéticas para el medio ambiente local europeo”.

El 70% de esa potencial variabilidad es de origen cazador y sólo el 30% es posterior y agricultor. Nuestro barniz cultural es el de organizados y sedentarios agricultores, aunque estemos ahora trasteando aquí en un ordenador Mac y moviéndonos de acá para allá con el automóvil, pero nuestra genética y su potencial de adaptación a los cambios que el futuro nos pueda traer, sigue siendo cazadora y africana. Asombra pensar que si algún día logramos colonizar otros planetas y necesitamos adaptarnos a nuevos entornos será gracias al tesoro genético que llevamos de unos chicos intrépidos, pequeños, cazadores, no muy fuertes pero sí muy listos, que salieron de África siguiendo a las manadas o a su curiosidad.

Nunca me he sentido agricultor, me incomoda estar mucho tiempo sentado, no me tranquiliza tener el futuro planificado y que sea más o menos previsible, no tengo la paciencia para ver crecer un vegetal, ni la previsión de guardar semillas para la siguiente cosecha. En cambio, estar en el campo salvaje, seguir el vuelo de una abeja, acechar a los peces o a las perdices, aguantar las inclemencias, comer cualquier cosa o caminar y caminar el día entero no me cansa. Por otra parte sé que apenas queda nada en mí de la ancestral cultura cazadora, dependo absolutamente del civilizado mundo postneolítico y sólo me puedo escapar por unas horas a un entorno primitivo y recordar, utilizando tal vez el ya poco citado “inconsciente colectivo”, cómo eran los míos y qué sentían en medio del campo abierto cuando perseguían a los bancos de peces por los bravos ríos de montaña o los bandos de aves o rebaños de antílopes por aquellos bosques ancestrales.

Pero hoy estoy aquí, de nuevo en un pequeño valle muy quebrado que los humanos no se han molestado en civilizar aún. Me salen al paso los corzos en celo, algunas ciervas asustadas, una familia de nutrias que no me tienen miedo, una garza pescadora, una cigüeña negra entretenida con las ranas, un montón de buitres remontando la mañana y miles de insectos que no han cambiado nada en millones de años y siguen bebiendo el néctar de todas las flores de jara y cantueso disponibles. Camino despacio por el agua, tengo los pies mojados, con la primavera avanzada no me hacen falta botas impermeables, lanzo el señuelo a los grandes barbos que cazan saltamontes a la sombra de la orilla, unos metros más adelante sé que en el juncarral tiene su cama la jabalina y que me advertirá para que guarde la distancia. Todos mis sentidos están despiertos de una forma muy distinta a cuando estoy en la ciudad, puedo sentirlo bien, todo es distinto, yo soy distinto. Camino muchas horas garganta arriba y pienso de nuevo, por unos segundos, en Felix Key y en todo el equipo de investigadores del Max Planck de Antropología Evolutiva que se han pasado miles de horas analizando y comparando genes de muestras muy diversas. Una de ellas es de un individuo de una remota zona de Siberia llamada Ust-Ishim y tiene una antigüedad de 45.000 años, genéticamente es casi un africado, no ha tenido mucho tiempo de adaptarse a esta nueva Eurasia aún por colonizar. Nuestra imaginación también sirve para eso, para viajar hacia atrás unos miles de años y volver allí, a la Europa glacial y complicada del pasado y a los estériles valles de Marte o de otro planeta habitable más lejano dentro de otros miles. El cazador que fuimos, o sus genes, no ayudará de nuevo entonces.

Ramón J. Soria Breña

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