La cacería de ciervo en Castilla: una anécdota entre la tradición y el peligro

En un lugar de Castilla, de cuyo nombre no quiero acordarme.

Hace mucho, mucho tiempo; asistí con muy buena intención a una cacería de ciervo que, como tantas otras, quedó en anécdota; aunque podía haber acabado en delito. No por maldad, sino por desconocimiento.

Lo de hace mucho, mucho tiempo es tan real que, si no, no lo contaría. Habrán pasado 20 años de aquello. Se puede contar porque ya ha prescrito.

Desde un lugar del que no quiero acordarme, no es por plagiar a Cervantes, sino porque de verdad no quiero acordarme ya que aquel pueblo es de donde era originaria mi ex familia política, al que solíamos acudir de vacaciones en verano, fiestas del pueblo y algún día de navidades. Aquel entorno es muy rural y bonito.

Con el tiempo cogí amistad con un vecino de allí, que también era aficionado a la caza. Pensándolo fríamente el 90% de nuestras conversaciones giraban en torno a la misma; y era esto lo que hacía mantener esa amistad con lo poco que nos veíamos. Como bien os imaginaréis acabé entrando en el coto local, para que cada vez que iba al pueblo llevarme la escopeta y algún perrillo (de los muchos que siempre tengo) y salir a dar una vuelta.

A muchos casados se nos hace largo cuando vamos a pasar unos días con la “familia de ella”, a un pueblo que no es el nuestro; todo el día encerrado en una casa que no es la nuestra. Aquel coto local era como suelen serlo la mayoría: para “los del pueblo” y también “los hijos de los del pueblo”. Así que yo era medio aceptado pues en aquella época estaba casado con una de allí. El sitio está realmente lejos de mi casa 3 horas o más, y había muy poca caza, después del divorcio no he vuelto por allí.

Este amigo estaba juntando unas “perrillas” y unos perrillos, con la idea de hacerse rehalero y participar en algunas de las incipientes cacerías de jabalí que se empezaban a hacer por la zona. Es increíble el exponencial aumento del jabalí, en progresión geométrica, en los últimos 20 años en toda España.

Jabalí en Trofeo Caza y conservación

Dada mi afición por los perros, lo mucho que hablo con todo el mundo, y que en aquella época yo tenía la suerte de trabajar en una de las mejores armerías de Madrid; aquel amigo me pidió que, si yo sabía, oía, o me enteraba, de alguien que quitara un perro, él estaba interesado; pues estaba haciendo rehala. Como siempre a casi todo y a casi todos, dije que sí; pues soy un tipo encantador, lo que muchas veces me suele hacer más mal que bien como en este caso.

Hablando con unos y con otros, un amigo me dijo que quería quitar un perro que si sabía de alguien, era de los que se tienen en los chalets, para guardar; cruce de mastín con algo. Y al poco tiempo otro me comentó que tenía una podenca mediana de un par de años con mucha afición, pero que no se hacía con ella, pues cazaba muy largo y espantaba las piezas. Que si sabía de alguien a quien regalársela.

A los tres les dije lo mismo: “tengo un vecino interesado en el pueblo; voy allí dentro de un mes, a las fiestas de verano, si quieres engancho el remolque y llevo los perros”. Y se pusieron todos muy contentos.

Un mes después de navidades este amigo me llamó para decirme que fuera el fin de semana siguiente a un pueblo cercano, me invitaba a una cacería de ciervo. Él llevaba los perros y le dejaban llevar a alguien invitado.

Ciervo en Trofeo Caza y conservación

En aquella época, llevaba treinta jabalíes en el haber, pero no había disparado nunca a un ciervo y era algo que me hacía mucha ilusión; así que preparé mis pertrechos y mis papeles, y allá que me fui.

Al llegar a aquel pueblillo de unos 1000 habitantes, parecía que estaban todos en la plaza. Los que habéis ido de montería a estos pueblitos sabéis de lo que os hablo: el ambiente, los nervios, todo lleno de coches, mujeres que acompañaban y o despedían a los cazadores, el desayuno en el bar de la plaza. Aquello estaba genial. Y empezó el sorteo, los fueron llamando por orden de lista del 1 al 70 y fuimos cogiendo puesto de un sombrero. Un trocito de papel roto con el número 28 escrito a boli era mi sentencia; en ese momento no sabes si será tu sentencia de vida, de alegría, o como casi sucede de cárcel. Pero llevas el papelito en la mano y te lo guardas con alegría e ilusión, como si fuera una carta a los reyes magos.

Poco a poco fuimos saliendo las armadas y nos colocamos en dónde nos decían los postores.

Aquello discurrió en el más absoluto y eterno de los silencios, hasta que vinieron a recogerme, al finalizar.

Nos fuimos juntando los cazadores en la citada plaza y empecé a hablar con los demás, con las típicas preguntas monteras: “¿Has visto los perros? ¿Dónde es la comida?” Las respuestas cada vez me gustaban menos…

“Si hombre algún perro he visto, con todos los que había, vinieron seis remolques”

“La comida cada uno dónde quiera, unos comerán en su casa y otros en un bar”

“Estos de Madrí…”

Y les hice la pregunta más mítica de todas: “¿Sabéis qué tal se ha dado? ¿Se han matado muchos ciervos?”

“Se os ha dao mal, porque sois muy malos. Hay aquí más gente que en la guerra y no se han oido tiros en este circo que habéis montao” dijo un paisano que tenía un botellín en la mano y por su ropa de domingo no tenía pinta de cazador. “Ayer mis primos y yo matamos dos jabalés entre los cuatro”.

Imaginad la cara que se me quedó. Cazaban el conejo, pero primero daban ganchos al jabalí un rato. Mataban alguno todos los sábados, y la gente pagando el puesto de la montería.

Les dije aquello de “pero esta no era una cacería de ciervos”…

“De ciervos no madrileño, cacería de ciervo; y no le hemos matado” me respondió con sorna aquel tipo. Al pedirle que se explicase me dijo que la semana pasada, cazando vieron un ciervo “con unos cuernos enormes” y el presidente del coto dijo que había que organizar una “Cacería de Ciervo” como hacen en otros pueblos para intentar cazar al ciervo y que no se fuera al pueblo de al lado, y le mataran allí. Para no ofender a algún posible lector omito los nombres. Pueblo vecino que a mí me parece igual; pero con el que había esa gran rivalidad que sólo los de pueblo pequeño pueden entender.

Cacería de ciervos en Trofeo caza y conservación

Según me recomponía del disgusto y me disponía a abandonar aquel “lugar de cuyo nombre no quiero acordarme” llegaba de recoger los perros, a tomarse algo al bar de la plaza, mi supuesto amigo del que me despedí con mi mejor cara de pócker, aunque por dentro me despedía de cazar con él para siempre.

Conduciendo de vuelta a casa, sin comer por el cabreo de semejante embarque, por aquellas carreras secundarias me crucé con un coche de la Guardia Civil que llevaba dirección al que para mí siempre será el pueblo del ciervo. Menos mal que allí la jurisdicción del cuartel es de cincuenta kilómetros.

“Saldremos de esta como salimos de otras”... Cantaba un rapero en la radio.

Sin papeles de ningún tipo, en un coto de caza menor. Madre mía si la ronda en lugar de a media tarde, la hacen a media mañana. Nos habríamos metido en un lío de mil demonios.

Texto y foto: Juan Gamella