En las cumbres del Aramo: el eco eterno del cazador y la montaña

Una reflexión íntima sobre la caza de alta montaña, la naturaleza y el reencuentro con la esencia humana.

 

La nieve susurra bajo mis botas, protestas de las cumbres que violento, a cada paso, en la quietud de los ecos perpetuos que todo lo envuelven, con la dulzura del arrullo con el que la diosa Deva bendice el sueño de los elegidos. Cada paso me adentra más en ese manto inmaculado, donde el aire afilado desgarra mis pulmones, donde el alba reluce en los ojos de Sirio en la constelación de Orión, el cazador. Asciendo como una sombra proyectada desde tiempos antiguos, mitad hombre, mitad bestia, en la sempiterna encrucijada de la búsqueda más allá de la presa; quizás del reencuentro con quien realmente soy.

Un ascenso lento, pausado, me conecta con el recuerdo de los colosos que otrora recorrieron las enjutas sendas, envolviendo sus botas hasta la rodilla en férreas lonas, a guisa de vendaje. Aquellos que, con sogas de cáñamo y piolets de madera, surcaron estos riscos empujados por el inquebrantable espíritu del que ensaya lo absurdo en aras de conseguir lo imposible. Aquellos cuyas gestas están escritas en letras de oro en los tratados de caza y montaña. Nombres pronunciados con reverencia y respeto, sinónimos de honor, sacrificio y montaña. Hombres que ofrecieron su sangre y, a veces, su vida a las alturas. Sangre que bombea el corazón que da vida, una generación más, a quien no busca otra cosa que su sitio en el orden natural de las cosas, en el ciclo eterno de estas cumbres. Aquel que sabe, en la adversidad, un hogar, no un desafío.

El Aramo guarda mis pasos. Ese dios bonachón, guardián de los caminos y las encrucijadas, me susurra la senda que, bajo piornos y brezales cubiertos de nieve, intento adivinar. Ese que lleva a la braña donde el enebro rastrero sólo cede ante el casco del ganado que, como todo en estos lares, tiende a desaparecer, y que antecede a la falsa cima desde donde, con las primeras luces, buscaremos los robezos en los cantiles que adornan los ascendentes raspiles que elevan sus crestas al Señor. Siempre con el permiso de Cernunno, el de la cornamenta de ciervo.

Con la llegada de los primeros rayos, que acarician mi rostro como un bálsamo, el rubor deshace los diminutos alfileres que martirizan la piel. Una sensación de sosiego me embriaga y una plegaria se escapa entre mis labios: «Flor del cielo que aromas nuestra montaña, tú eres la más amante, la más hermosa. ¡Reina de los que triunfan, Reina de España!». Un mal paso me devuelve a la inmensidad de la piedra, al frío cortante, al silencio que parece respirar. En las alturas no hay artificios ni discursos. Todo es verdad: el viento, la roca, la nieve. Todo es real, implacable y puro.

Aquí arriba soy un invitado, dueño de nada; la montaña no me pertenece. Estoy aquí porque estas cumbres, inmensas y ajenas, me han permitido pasar. Es un privilegio, no un derecho y, en cada paso, llevo el debido respeto, sabedor de que este templo natural me juzgará con tal severidad que hombre alguno podrá igualar.

Serendipia en trofeo caza y conservación

Un robezo se recorta contra el cielo, en un saliente rocoso. Su figura esbelta y desafiante parece una escultura viva, moldeada por viento y hielo. Todo lo demás desaparece: el cansancio, el frío, incluso el peso del rifle. Sólo estamos él y yo, suspendidos en un eterno instante. A través de la lente, lo observo con reverencia. Cada movimiento, cada respiración, cada latido, es la estrofa de una oda a las cumbres. Acariciando el disparador, sacudo mi cabeza para asegurarme de que estoy despierto. La muerte resuena, perdiéndose entre los riscos. En una postrera cabriola, el robezo se desploma. No siento triunfo ni orgullo, sólo gratitud.

Me acerco con pasos quedos. El silencio se ha hecho más denso, casi se podría cortar. Arrodillado junto a él, poso la mano en su costado; aún conserva el calor de la vida y, en sus ojos abiertos, se refleja un cielo que nunca más se repetirá.

Con el robezo apañado emprendo el descenso, con una agridulce sensación de trilero. La nieve, que antes parecía resistirse bajo mis botas, parece ahora más suave, casi cómplice. El sol se hunde tras las cumbres, tiñendo el cielo de dorados y rojos que incendian el paisaje. El silencio ya no es vacío, es un refugio. Mientras desciendo, siento que la montaña me despide con una serenidad que sólo aquí se encuentra.

Hoy no sólo he encontrado un rebeco. He encontrado un fragmento de mí, una parte del incompleto puzle de la consciencia que sólo en estas alturas despierta. Estas montañas, en su grandeza, no son un lugar. Son el espejo donde el cazador se ve tal como es: vulnerable, pequeño, pero en estrecha comunión con la madre naturaleza.

Sé que volveré. No sólo como el venador que busca su presa, sino como el hombre que busca respuestas, una y otra vez. Un reencuentro con esa verdad que sólo en estos lares florece. Aquí, en estas cumbres, donde recios cazadores dejaron su impronta, he escuchado algo más que el viento. He escuchado el eco de lo eterno y esa invocación guiará mis pasos mientras el robezo siga habitando en los Picos y la nieve siga riendo socarrona bajo mis botas.

Y cuando el aciago día me alcance, no me busquéis entre el granito de las cruces ni me juzguéis por lo que hice, sino por lo que me faltó por hacer. Hablad conmigo en el repiqueteo de la gota que labra su camino a través de la roca, en el murmullo del arroyo, en el tremolar de las hojas que danzan al viento de voz severa, cortante y cruel.

Texto y fotos: Laureano de las Cuevas