«¡¡Ale, ahí con él, Rubia!!, ¡Vamos con él, Meaculos! ¡Gitano, conmigo!». La arrancada se produce rápido y todos los perros de Bartolo cogen el rastro del cochino que vuela hacia las posturas.
María corre con los perros, abriéndose paso en un mar de retamas, charrabascas y jaras salpicadas de encinas centenarias, «¡Ahí va el guarro… Va pa´rriba…! ¡Ahí con él, valientes…!
¡Qué se resube por la solana! ¡Va a los puestos…!».
El 4 de la Traviesa del Campanero lo recibe a porta gayola y le falla a cuatro metros; salto del guarro que derriba el banquito del montero, pisotea el morral y enfila la cresta buscando la cuerda. El montero es un chaval joven que se rehace rápido del susto, fija los puntos y aprieta el gatillo. Rueda el guarro entre las jaras, pataleando ya sin vida. Cuando la Rubia lo muerde, ladra a muerto.
Apenas han recorrido doscientos metros cuando la Rubia vuelve por sus fueros. Esta vez es un cochino grande que frota las navajas y se revuelve furioso. María corre, los perros se echan encima del bicho y consiguen que abandone el encame, se oye a Bartolo:
—¡Cuidado con ese, que es un arocho y tiene mucha boca! ¡María, no te fíes!
El marrano va hacia los puestos con un puñado de perros a su espalda, es un bicho viejo y sabe por dónde quitarse de en medio, rompe entre las riscas a un claro, que es parte del tiradero del 7 de la Candelaria. El montero lo mete en el visor y dispara. El tiro se va alto y trasero, pero es eficaz, le ha roto la columna y el guarro se acula en lo alto de la cuesta contra una piedra.

Los perros se echan encima, Bartolo está lejos. María sube desesperada a la carrera, cuando ve volar al primer perro…
—¡Gitano, no vayas…!
No es una orden, es una súplica. El perro es valiente, detrás está su dueña a la que tiene que defender, pero le falta experiencia…
—¡Gitano, para!
Pero el Gitano sabe que es hora de pelear, se lanza ciego, de frente… La inexperiencia es traicionera y el cochino lo engancha en el pecho. María está llegando… El Navero viene por arriba animando a los perros. Bartolo sube como puede… El aullido del Gitano se escucha en media sierra, el pelo blanco se ha cubierto de rojo, pero inicia otra carga furiosa… María ve la sangre de su perro y nota crecer alas en sus pies y deseos de venganza en lo más profundo de su pecho. Sin dejar de correr, desenvaina y se lanza contra el guarro.
—¡Gitano, ya es mío!
El arocho se levanta, María le entra por el costado y le larga la primera puñalada, el bicho se defiende, la chiquilla lo agarra y los dos ruedan hechos una pelota cuesta abajo. El brazo de María vuelve a buscar los bajos y después del segundo revolcón le parte el corazón al mismísimo demonio. Se levanta, corre…
—¡¡Gitano…!!
Las lágrimas le corren por la cara, queriendo taparle la herida al perro, un navajazo enorme en la parte derecha del pecho.
El montero, que ha corrido en socorro de la rehalera, llega al remate. La escena es para no olvidarla. El arocho está muerto, la chiquilla abrazada al perro, llorando como una Piedad.
—Déjame que vea la herida.
—¿Es usted veterinario?
—Bueno, soy veterinario… de personas. Soy médico y de heridas, entiendo. Déjame ver.
María abre los brazos, el montero examina la herida y la tranquiliza.
—Tranquila, la herida es grande, pero no afecta ningún vaso importante. Se va a curar. Si tenéis medios, lo cosemos y lo desinfectamos.
Bartolo acude con el botiquín de campaña. Veinticinco puntos y un chorreón de Betadine después, la cura ha finalizado.
María no olvidará nunca al doctor ni él los dos besos llenos de lágrimas cargados de agradecimiento.
Autor: Carlos Enrique López Martínez

