Buitres en España: conservación, retos y esperanza en el cielo

Del rescate de un buitre leonado a la situación actual de las rapaces carroñeras

 

La semana pasada me llamó un amigo para contarme que se habían encontrado un buitre en su finca, dentro de la nave de los terneros.

Hombre, Iván, los buitres no suelen esconderse en edificaciones humanas. ¿No será un milano?
A ver el listo de los cojones

Y me mandó por WhatsApp una foto de un buitre leonado con un texto gigante en rojo que ponía: «Gyps fulvus».

Como su dehesa apenas está a una hora de Madrid, cogí el coche y me fui a cenar con él y, si hiciera falta, ayudarle con el pajarico. Llegué a las 20:00 horas, todavía con el sol agosteño pegando sin piedad. Fuimos directos al tenao. Allí nos esperaba un pollo del año, exhausto y asustado.

Cogimos una manta y lo capturamos en dos minutos. Casi me pega un bocao en una mano. Iván había llamado previamente a la Guardia Civil y le dijeron que no tenían efectivos disponibles en aquel momento. A la mañana siguiente hablamos con el centro de rescate de fauna más cercano. Nos contaron que estaban saturados y que a ver si se lo podíamos llevar nosotros. Al final, revisé yo mismo al pobre bicho y comprobé que estaba gordo, aunque bastante deshidratado.

Compramos unos kilos de cuellos de pollo e higadillos, y le pusimos agua en abundancia en dos recipientes separados. Aquella misma noche se bañó feliz en uno de ellos y bebió varias veces del otro. A la mañana siguiente repetimos la operación. El buitre empezó a volar de un lado a otro de su confinamiento, batiendo las alas con fuerza. A la segunda noche, abrimos el portón de la nave y el leonado, ya en perfectas condiciones, puso rumbo hacia el pantano.

Los buitres españoles no pasan por un mal momento. El leonado ha pasado de menos de 3.000 parejas reproductoras en los 80 a más de 30.000 en la actualidad. En algunos de los centros de rescate con los que colaboro, el número de ejemplares que les llegan cada año ha aumentado exponencialmente. El negro, el monachus, que parece un monje, también ha aumentado de 1.000 a 4.000 ejemplares en los últimos años. Cría incluso en zonas donde hacía decenios que no se le veía, gracias a los proyectos de recuperación de GREFA y otras asociaciones, y al aumento del conejo en muchas zonas de España.

El quebrantahuesos viene también incrementando su población poco a poco y somos el último bastión en Europa de sus exiguas poblaciones. Están colonizando de nuevo Andalucía y zonas del cantábrico. El alimoche, el buitre bonito que rompía los huevos de avestruz en los documentales de Félix, es el único que está desapareciendo poco a poco y, con 1.500 parejas reproductoras, somos también el último reducto europeo de esta especie.

El otro día les conté que un quinto buitre, el moteado, está poco a poco tomando posiciones en el sur de Andalucía y es probable que, en unos pocos años, este inmigrante africano llegue a formar parte de los catálogos de avifauna española.

Aquí podemos estar contentos. Buitres no nos faltan. Pese a los aerogeneradores, los venenos, los tendidos eléctricos y la destrucción de su hábitat, sobreviven heroicos en estos tiempos tan difíciles para la fauna. Para algunos, incluso, sobran carroñeros. En varias publicaciones se afirma que la sobreabundancia de buitres leonados está provocando que algunos ejemplares ataquen a las vacas y ovejas recién paridas. Yo nunca lo he visto con mis propios ojos.

Pero no en todo el mundo están así las cosas. En África, y sobre todo en Asia, el declive de las diversas especies de buitres es estremecedor: han desaparecido el 90 % de sus poblaciones en los últimos veinte años. Pero esto lo dejamos para un próximo artículo.

Texto y fotos:  Fernando Feás Costilla

Abogado medioambiental