De manera que observaba su comportamiento para perseguirlos y atraparlos con éxito, así como fijaba mentalmente sus formas corporales para identificarlos.
Identificación y nombre fueron dos retos con los que el ser humano batalló a lo largo de los tiempos. El primer asunto, la identificación, no fue un problema mayor, pues el arte de la pintura se hizo patente en los primeros compases de su vida social. Ya los nómadas del Paleolítico dejaron una buena muestra de los animales que cazaban en las pinturas que hacían en las paredes o en el techo de las cuevas (mamuts, bisontes, osos, zorros, uros, cabras monteses, renos, rinocerontes…). Más tarde, los sedentarios del Neolítico continuaron con esa costumbre anteponiendo la figura humana a la de los animales.
Interesante es el hecho de que los rupestres, en apariencia, dedicaran sus dibujos fundamentalmente a mamíferos olvidándose de las aves. Aparentemente, pues como dice Carmen Martínez, del Museo Nacional de Ciencias Naturales de Madrid, en el sur de nuestro país existe una cueva donde las aves adquieren un protagonismo especial, siendo posible reconocer más de 20 especies diferentes. El lugar, el Tajo de las Figuras, un abrigo rocoso cercano a Benalup a orillas de la laguna de la Janda. Son 178 dibujos con aves en diferentes posturas y actitudes (quietas, caminando, nadando o en pleno vuelo: grullas, avutardas, flamencos, espátulas, cigüeñas, ánsares, patos, cisnes, gallinetas comunes, ibis, agachadizas, avocetas, buitres, águilas, cornejas, perdices y faisanes. Se supone que estas imágenes tenían para los habitantes de aquellas épocas un alto valor simbólico relacionado con los ciclos de la naturaleza que acontecían en la laguna, bosques, estepas y sierras que rodeaban la Janda.
La ilustración ha sido esencial a lo largo de los tiempos para la investigación científica y para la difusión de los hallazgos sobre la naturaleza. Surgió en el siglo XVIII con el auge de la ciencia de la Sistemática, tanto de plantas como de animales, que necesitaba una herramienta fiable para la descripción de especies.
Los ilustradores, verdaderos artistas, pertenecían a diversas capas de la sociedad y un buen número de ellos eran grandes aficionados a la caza. Creo que uno de los ejemplos más representativo es el del John James Audubon (1785-1851), nacido en la colonia francesa de Saint-Domingue (actual Haití) y que, tras una temporada en Francia, se estableció en la ciudad norteamericana de Filadelfia donde comenzó el estudio de la naturaleza realizando los primeros anillamientos de aves del continente americano. Metido en negocios sufrió una bancarrota y para subsistir navegó por el río Misisipi con sus armas con la intención de pintar todas las aves de América del Norte. Así, primero disparaba con cuidado para evitar que los animales sufrieran daños estructurales y luego los mantenía derechos usando alambres para conseguir dibujarlos en su postura natural, al contrario de las rígidas representaciones de ilustres pintores contemporáneos como Alexander Wilson. Sus trabajos, con el título The Birds of America, se publicaron en Londres en 1827 y en Estados Unidos en 1842. Audubon, como ha quedado dicho, tenía una gran afición a la caza y la desempeñaba con tal afán buscando especies para ilustrarlas en papel que, según su biógrafo Duff Hart-Davis, «cuanta más rara era el ave, con mayor impaciencia la perseguía sin preocuparse aparentemente porque su muerte acercase un poco más a la especie a su extinción».
En el siguiente siglo, el XIX, justo en el año 1842 en el que se publica en Norteamérica el libro de Audubon, tiene lugar el primer proceso fotográfico, apenas tres años después de que el francés Louis Daguerre ideara el daguerrotipo, procedimiento por el cual la imagen se forma sobre una superficie de plata pulida como un espejo. Nacía la fotografía que fue acogida por los científicos como poderosa herramienta para avanzar en el conocimiento de los secretos de la naturaleza.
Joseph-Philibert Girault de Prangey (1804-1892), durante una estancia en Roma, hizo la foto de animales más antigua conocida, unas vacas recostadas en el suelo junto a un carro en el mercado. A esta foto les siguieron Bueyes en la nieve en 1850 y Un cocker mirando al fotógrafo, en 1879.
En el transcurrir del tiempo las tecnologías fotográfica e informática fueron avanzando a pasos agigantados de manera que hoy cualquier aficionado puede obtener imágenes de cierta calidad. Naturalmente, esto ha permitido aumentar el valor de las publicaciones relacionadas con la naturaleza. No es preciso, en principio, matar a los animales o arrancar plantas para llegar, por ejemplo, a su exacta identificación taxonómica. Y digo en principio puesto que la ilustración o el dibujo nunca morirán al resaltar detalles y características esenciales en las especies, sean de animales o de plantas, casi imposibles de captar con las máquinas.
No sólo la fotografía como tal fue la panacea para la captación de escenas naturales. Paralelamente se inició el proceso de la creación del cinematógrafo atribuida a los hermanos Louis y Auguste Lumiêre, dispositivo que permitía la toma, proyección y copiado de imágenes en movimiento. Todo un espectáculo al que se sumaron las películas sobre animales siendo la primera de ellas Sporting Blood (1933) que trataba sobre caballos y con protagonista principal Clark Gable. Le siguieron otras de gorilas, monos, perros, elefantes… destacando El despertar (1946) de ciervos, alces y renos protagonizada por Gregory Peck.
Ciertamente, los animales en estas películas eran, en la mayor parte de los casos, actores secundarios, hecho que fue remediado con la aparición de los dibujos animados cuyo mayor exponente está representado en la persona de Walt Elías Disney, nacido en 1901 en Chicago, y creador, junto con Ub Iwerks, del ratón Mickey Mouse en 1928. Más tarde, 1941, en solitario, creó el elefante Dumbo y en 1942 el ciervo Bambi. Para lograr la mayor naturalidad en las escenas de Bambi, los dibujantes estudiaron a fondo varias especies de animales en la propia naturaleza lo que dio pie, en ese mismo año 1942, al proyecto de la serie de documentales Aventuras de la vida real, cuyo primer episodio fue Seal Island con focas de Islandia como estrellas.
Daba así comienzo la presentación documental de la vida y comportamiento de los animales salvajes en su hábitat como protagonistas principales, si bien, en puridad, para muchos, el primer documental sobre animales fue el del cineasta estadounidense Robert Flaherty que en 1922 realizó la película Nanuk el esquimal, en la que exponía los peligros de la naturaleza y la lucha de las comunidades inuit para ganarse la vida.
Veinticinco años después del nacimiento de Walt Disney, 1926, tenía lugar en Londres el de David Frederick Attenborough, posiblemente uno de los más famosos pioneros en documentales sobre la naturaleza. Autor de nueve series, la primera llevaba como título Life (Vida) compuesta por tres partes: Life on Earth (Vida en la Tierra) de 1979, The living planet (El Planeta viviente) de 1984 y The trials of life (La vida a prueba) de 1990.
En España es Félix Rodríguez de la Fuente (1928-1980), licenciado en Medicina, el creador de numerosas series para TV, entre ellas El Hombre y la Tierra de gran éxito, cuyo primer capítulo apareció en 1974.
Se trataba de una serie de documentales basados en la naturaleza y dividida en tres partes: la serie venezolana, la fauna ibérica y la serie canadiense. Su amigo y valedor fue un ingeniero de Montes, Jaime de Foxá (1913-1976) quien, siendo por los años cincuenta del siglo XX director del Servicio Nacional de Pesca Fluvial y Caza, le apoyó en todas sus iniciativas introduciéndole en los complejos recovecos de la Administración. Es curioso que sus biógrafos (Joaquín Araujo, Benigno Varillas y Miguel Pou, entre otros) comenten que cuando Rodríguez de la Fuente defendía el equilibrio biológico de los animales se opuso a las políticas medioambientales de diversas instituciones como las Escuelas de Ingenieros de Montes y de Caminos y el IRYDA, lo que le valió diversas enemistades.
Falso en cuanto a la primera Escuela citada, pues en aquella época yo desempeñaba el cargo de profesor adjunto de la Cátedra de Zoología y Entomología y puedo asegurar que no hubo la más mínima relación con Rodríguez de la Fuente, ni para mal ni para bien.
Más o menos coetáneos con las series televisivas de Félix Rodríguez de la Fuente y David Attenborough fueron los programas sobre ciencias naturales de la National Geographic Society fundada en Estados Unidos en 1888: iniciaron su andadura en 1964 en el canal CBS para pasar a la ABC en 1973 y a la PBS en 1975.
Con posterioridad, en 1997, tales programas, de rigurosa calidad científica por lo general, figurarían en un canal televisivo propio de carácter internacional, el National Geographic Channel.
Y, en cuanto a la caza se refiere, apuntar que, al parecer, la primera fotografía que captaba a un ciervo muerto situado en un cabestrillo fue realizada entre 1850 y 1860 por el capitán escocés Horatio Ross. Que entre las películas en las que la caza tiene un papel protagonista es posible destacar, entre otras, las que llevaban por título Mogambo, dirigida por John Ford en 1953; Hatari (1962), de Howard Hawks; La Caza (1966), de Carlos Saura; Derzu Uzala (1975), de Akira Kurosawa; Furtivos (1975), de José Luis Borau; y Tasio (1984), de Montxo Armendáriz. Y que los documentales sobre las distintas modalidades cinegéticas han sido muy numerosos teniendo, al menos en nuestro país, a partir de la mitad del siglo XX, una regular aceptación que se mantiene, más o menos, hasta nuestros días.
Autor: Antonio Notario Gómez.
Dr. Ingeniero de Montes

