¿Por qué no hubo codornices?

Esta pregunta se la siguen haciendo hoy los miles de cazadores que a mediado de agosto partieron hacia el cazadero con la ilusión de disfrutar de una divertida jornada de coturnas y se volvieron a casa con la frustración de no haber visto ni una. Un año más la historia volvía a repetirse.

¿Qué ocurrió la pasada media veda?

¿Dónde se metieron las africanas?

¿Se quedaron por el camino o ni siquiera entraron a la Península?

No todas las codornices entran por la antaño denominada “autopista de Gibraltar”. Ni mucho menos. Y si me apuran un poco, les diré que no todas entran por los mares de la mitad sur peninsular. Pero dejémoslo ahí para concluir que las codornices entraron y se encontraron con una sequía brutal en el sur y en el este peninsular, lo que las obligó a quedarse en el tercio noroeste cerealista peninsular, donde también se hizo notar la sequía, pero menos que en el este o el sur.

La sequía adelantó la cosecha una barbaridad, pero enseguida hubo que parar debido a un verano en el que, aun cuando ya estaba el cereal para ser cosechado, las lluvias, las tormentas, los fuertes rocíos, la humedad ambiental y un montón de factores más no dejaron cosechar un cereal que debe de encontrarse a 13 °C (como máximo) para poderse almacenar. De lo contrario, hay que darle una pasada para secarlo en los almacenes… y eso cuesta un dineral. Es más, no se almacena el grano sin haberse comprobado su humedad con los pertinentes aparatos.

Lo ideal es cosechar el trigo a 11 ó 12 °C para que no se pierda grano en el campo y no haya muchas sobras a la hora de cribarlo antes de almacenarlo. En definitiva, las codornices fueron subiendo a medida que la sequía las acuciaba y se refugiaron en la vega del norte de Castilla y León, además de en Ourense, por lo que bien se puede afirmar –a la vista de las noticias volcadas en los periódicos generalistas–, que, salvo en la Llanada Alavesa, el norte de León, Palencia y Burgos, en una franja cerealista muy pequeña y muy pegada al monte, las codornices que hubo en lugares tradicionales como La Bureba burgalesa o la Tierra de Campos castellana fueron meramente testimoniales.

El resto son milongas para que los cazadores de buena fe compren tarjetas el año que viene. Ni que decir tiene que los ánimos de los cazadores están muy caldeados y la bajada de licencias y de venta de tarjetas del año que viene será monumental si no se corrige la matanza criminal del laboreo del campo. Cuestión esta que a través de malandrines se quiere ocultar.