Aunque no siempre fue así, puesto que nuestro pequeño ungulado –además de que su presencia en los cotos de nuestro país era minoritaria y en escasas zonas– fue a partir de los años noventa cuando comenzó a experimentar tal incremento en toda nuestra geodesia que podríamos decir que ha llegado a convertirse en lo que denominamos «fiebre corcera».

Tuve la gran suerte, hace cuarenta años, de vivirlo muy de cerca y de la mano de dos maestros de esta modalidad, el ilustre Conde de Yebes, junto con su guarda de confianza para tales menesteres –que no era otro más que mi padre–. Por aquel entonces, pocos locos apasionados ejercían este tipo de caza en nuestro país y la ejercían como tal: en auténticas mañanas de recechos, en sierras con mucha dificultad, –no sólo por su orografía y vegetación, sino porque la «no mucha» densidad de capreolus y, por el contrario, la muchísima densidad de cérvidos, hacía del rececho algo sumamente complejo en todos los sentidos– y también en tardes de espera controlando inmensos testeros, aguardando a que nuestro invitado saliese de careo para poder hacerle una entrada digna, aunque, en la mayoría de los casos, nos volvíamos «bolos».
Si bien es el mes de abril el idóneo para hacernos con un bonito ejemplar, es, así mismo, un mes en el que aún podemos encontrarlo con buen pelo. Si quisiésemos disecarlo «de pecho» (casi siempre, la regla del mes ‘R’ se cumple, al menos, a principios de abril y a últimos de septiembre) todos los meses que lleven ‘R’ en su nombre, los animales montunos tienen pelo de invierno.
No debemos olvidar febrero y marzo como meses para preparar el terreno, controlar zonas y leer bien lo que el campo nos dice, de cara a que tengamos éxito el primero de abril.
Debemos saber que, durante estos dos meses, además de ser muy buenos para hacer censos de los ejemplares que tenemos en nuestra finca, son primordiales para estudiar dónde tenemos ejemplares y cuáles son sus características, y dependiendo de «sus marcas», estas nos dirán si se trata de un ejemplar adulto, joven o muy viejo.
Por ejemplo, cuanto antes comencemos a ver dichas marcas en suelo, matas, troncos, etc., lógicamente esto nos dirá que el corzo es adulto y está dentro de lo que llamamos abatibles.
Otra característica matemática es la del corzo viejo, que es aquel que marca prácticamente cada tres metros, que tiene su zona muy muy marcada, por demasía, y es que es tal la obsesión que estos animales viejos tienen con marcar su terreno, que incluso en huecos del mediodía, interrumpen se sesteo para levantarse e ir a remarcar su zona. Son ejemplares que, aunque no dispongan de gran trofeo, debemos eliminar, por genética y, sobre todo, bajo mi punto de vista, por satisfacción personal, pues no es fácil hacerse con un animal de estos, por todo lo que tiene «debajo de la gorra».
Es tal la obsesión que estos animales viejos tienen con marcar su terreno que, incluso en huecos del mediodía, interrumpen su sesteo para levantarse e ir a remarcar su zona.

También, dependiendo de la zona de comarca de la península Ibérica en donde nos movamos, el monte nos dirá unas cosas u otras, en unas fechas concretas u otras y, aunque básicamente el comportamiento y naturaleza del corzo es el mismo prácticamente en todo nuestro territorio, no lo es en tiempo y fecha. Quiero decir –como ya he comentado en anteriores artículos escritos en Trofeo– que la situación peninsular y su clima harán desarrollar antes o después la cuerna de nuestro pequeño cérvido, y con ello, su comportamiento.

Por ejemplo, mientras en los Montes de Toledo este año, sin ir más lejos, el 7 de septiembre ya veía algún corzo desmogando, haciendo que, a mediados de enero, haya ejemplares ya limpios (también es cierto que vi algún «seis puntitas» a principios de noviembre, con sus defensas), lo que reafirma lo que vengo diciendo siempre, y no es otra cosa que estas diferencias se notan también en el comportamiento en unos y otros ejemplares.
Por ejemplo, en fincas y cotos de Castilla y León, Guadalajara, Teruel…, donde, además, la calidad de ejemplares es muchísimo mayor, por su alimentación y calidad de pastos naturales –con lo que ello conlleva, cuanto más peso y grosor, más tiempo tardará en «endurecer» su cuerna, una vez terminada– se ven corzos en monterías de noviembre con su cuerna correspondiente, lo que hace retrasar el desmogue, la formación de sus próximas defensas y, por consiguiente, no descorreará y marcará el terreno, en muchos casos, hasta bien metido abril. Por eso y por el tipo de terrenos, su caza o, mejor dicho, su forma de dar caza, es diferente en unos lugares a otros.

Abril, cuando los días son más largos, cuando va amaneciendo cada vez antes, sigue siendo un mes frío y húmedo por las noches. Esto lo tendremos en cuenta a la hora de intentar un buen rececho por las mañanas, sin olvidar que, dependiendo de la frondosidad de la finca en cuestión, no conviene «meternos» con ellos muy pronto, con poca luz, pues, al ser un animal de tamaño reducido, podremos «dejárnoslo» detrás de cualquier mata.
Además de lo de mes frío y húmedo que he mencionado anteriormente, y que es un animal, que se caza «con el culo» (término aplicable a casi todas las especies cinegéticas de nuestra península, pero más si cabe a nuestro pequeño corzo), pues es primordial sentarse a estudiar los movimientos de nuestro invitado. Nuestro Capreolus capreolus es un animal que da más la cara bien salido el sol y al que le gusta salir a abierto a carear y calentarse el lomo al mismo tiempo, circunstancia de la que debemos sacar provecho.
Esto lo digo, porque, en muchas ocasiones, nos empeñamos en ir nosotros a buscarlo cuando, dependiendo si la finca y su vegetación nos lo permite, sería más interesante sentarse en un apostadero donde dominemos la zona que el corzo frecuenta y esperar que el sol comience a calentar y, si está tranquilo, más tarde o más temprano, aparecerá.

En España, básicamente, el corzo se caza en dos tipos de fincas diferentes, lo que hace muy distinta la forma de cazarlos.
Tenemos aquellas zonas donde predominan siembras y rastrojos, intercaladas con zonas de monte, que es donde nuestra pieza se encama. Y otras fincas donde lo que más predomina es monte, con pequeños claros y rasos, que es donde podemos hacernos con algún ejemplar, y donde su caza se complica extraordinariamente por la defensa que tienen los animales.
Si bien las primeras suelen ser, precisamente, las que dan mejores trofeos por cantidad y calidad de comida, no es necesario ser un extraordinario cazador (sin menospreciar a nadie) para poder hacernos con un ejemplar, digamos que bastaría con ser un buen tirador, pues ese tipo de acotados nos permite divisar grandes zonas de caza y sin necesidad de hacer un acercamiento extremo, máxime con los elementos de puntería de los que hoy día se dispone. Con todo ello, bastaría para abatir un ejemplar a 200, 300, 400 o incluso más metros. Y es, precisamente aquí, donde se abaten esos monstruos de corzo.
Bien distinto es recechar un ejemplar de corzo a la vieja usanza. En cotos o fincas donde la ortografía, vegetación y terreno le dan toda la ventaja a nuestra presa y no permiten otra cosa que acercarse al corzo, en muchas ocasiones, a no más de 70, 60 o 50 metros, incluso menos. Con la dificultad que eso añade a la caza, esto es, no delatar nuestra presencia, ruidos, viento, hembras cercanas, pájaros, el simple hecho se saber pisar el monte (mi regla del talón, planta, puntera), etc., etc., en estas fincas lo importante es el lance, porque los trofeos son minoritarios.
Precisamente por eso, me gustaría resaltar la diferencia de la calidad de los corzos en España, según su situación geográfica y que muchos cazadores no sopesan. Lo que, en zonas como Guadalajara, Teruel, Soria, son corzos pequeños, en otras zonas de nuestra geografía son corzos adultos que, en muchos casos, nunca llegarán a ser mucho más y, menos aún, metal.

Sea cual fuere la zona que cacemos, modalidad que hagamos y tamaño de ejemplar que consigamos, debemos mirar siempre a la hora de abatir cualquier especie más la gestión de la finca que la consecuencia del trofeo. Un buen cazador que se precie debe ser, primero, buen gestor; segundo, gran conservador; y, tercero, valorar el lance por encima del trofeo, porque ¡la caza es caza!
Texto y fotos: Pablo López
Cinegética La Trocha

