Lunáticos: pasión por la caza del jabalí en las esperas

Las esperas a los jabalíes, dado el alto valor cultural, patrimonial y etnológico que encierra su puesta en escena, es una modalidad con tanto arraigo y raigambre en España que bien podría ser declarada en años venideros un Bien de Interés Cultural (BIC) y ordenada como Patrimonio Histórico Nacional.

 

 

La caza va unida a la naturaleza humana. En el marco de la prehistoria, el hombre tuvo que ir perfeccionando su instinto de autodefensa para sobrevivir a los posibles ataques de los animales que habitaban su entorno. De esta lucha diaria el Homo sapiens aprendió a servirse de ellos, procurándose así alimento y abrigo, desarrollando su capacidad de supervivencia y destilando las primeras y más elementales reglas de la caza, invirtiendo los papeles del, hasta entonces, depredador. Este dominio sobre su entorno, arrastrado desde la noche de los tiempos, significa que no sólo se sirve de su medio, sino que, más placenteramente, empieza a fraguar el aspecto lúdico en el enfrentamiento hombre-animal y así hasta llegar a nuestros días en los que hemos de dejar claro que la caza ya no es de quien la encuentra, sino de quien la cultiva, la cuida, la defiende, la respeta e, inclusive, la mima.

 

Un libro abierto sobreviviendo al estío, con las pistas de los numerosos animales que pueblan el entorno reflejas sobre la arena.

 

Ya nos lo adelantaba Ramon Menéndez-Pidal en su Alma y Caza: «Suerte en la cuna tuvimos los que, al lubricán del alma, vinimos a ser visitados por la musa de la caza». Amén.
El mayor triunfo de un «lunático» es la experiencia acumulada en cada uno de los lances acontecidos; la «musa», la paciencia, que a veces rebasa límites insospechados hasta alcanzar la victoria, y la «disculpa a nuestros desatinos», coleccionar el fruto de las tantas y tantas noches veladas entre el rubor de la diosa Luna y la última estrella.
En las esperas sientes la necesidad de comulgar con las leyes y mandamientos que rigen las soledades del campo, ya que los enfrentamientos con el animal –que desde siempre nos quitó el sueño– se producen bajo el estupor de la noche, en un esfuerzo continuado porque sea en una lucha noble, de poder a poder, en la que a la inteligencia y al instinto parece sobrarles la razón, y en las que las hembras, lechonatos e, incluso, navajeros no son ningún blanco, por algo tan sencillo como que hay que dejar madurar la fruta en el árbol. Si bien, la continua búsqueda de la pureza de la caza, el lenguaje de la noche, los ronroneos del silencio, los desvelos y, de nuevo, la paciencia…, cuando llega la hora de la verdad, toman las riendas de la contienda en cada uno de los lances vividos con intensidad, para generar atmósferas oníricas que van calando hondo en el golpeado corazón de un aguardista y colmando de vítores la alacena de sus entrañables y apasionantes recuerdos.
Para aquellas personas alejadas del misterio de la noche les será fácil comprender que cada colmillera insertada en una tabla y suspendida de una alcayata en la pared representa para el cazador toda una vida de entrega y sacrifico, únicamente demostrable en la colección de trofeos que, a buen seguro, para su satisfacción personal e intimidad de la familia, expondrá en el mejor rincón de su salón, tal y como queda recogido en un fandango de mi puño y letra: «Su cabeza disecá / se ha hecho reina en mi salón / su cabeza disecá / y me da la sensación / de que vivo todavía está / animando mi afición».

 

El autor, posando con el fruto de tantas y tantas noches veladas entre el rubor de la luna y la última estrella.

 

Vocación y conocimiento

La caza del jabalí a la espera, al igual que el sacerdocio o la milicia, requiere vocación y un conocimiento profundo de la sierra y sus habitantes, perfilándose el verano como la mejor época para poner en solfa los entresijos de una modalidad que tan apasionadamente viven sus devotos acólitos, de ahí que esté en nuestro ánimo transmitir, tanto a los noveles aficionados como aquellos otros consagrados que ya peinen canas, siempre con el respeto y la humildad que nos caracteriza, una serie de premisas a modo de conocimientos básicos los cuales nunca vienen mal repasar.

José Carlos Aguilar, analizando las improntas de los jabalíes machos sobre el tronco de una encina.

 

El jabalí se caza en aguardo por dos razones: como herramientas de gestión, para controlar las poblaciones de estos suidos salvajes, ya que, en muchos acotados, parques y poblaciones de nuestra piel de toro causan gravísimos daños a la agricultura y ganadería, por las causas que ya todos conocemos. Pero también por pura afición, tal y como nos vino heredada de nuestros abuelos, con los aciertos y fracasos de lo auténtico, en una continua búsqueda de nuevas emociones que den sentido a nuestras vidas, a veces sin un lugar donde cobijarse del frío o la lluvia o sometidos al suplicio de los mosquitos, siempre esperanzados en ver reflejado en la lente la silueta del docto jabalí de nacarados colmillos, para lo que, necesariamente, tuvimos de dejar atrás la confortabilidad del hogar.
De la misma manera que no es lo mismo cazar en abierto que en cercones dispuestos para la ocasión, donde las oportunidades por conseguir buenos ejemplares se brindan solas y en las que apenas sí se entrevé el aliciente.

 

 Raúl Pinilla Júnior, con el primer jabalí abatido de aguardo en su finca La Parrilla.

 

Huellas y señales

Las pezuñas profundizadas en el barro, las improntas de los machos marcadas en las cortezas de los árboles y la altura del barro y cerdas impregnadas en ramas y troncos nos darán una idea aproximada de la talla del animal al que nos enfrentamos.
Una práctica del jabalí antes de hacer su aparición es darse una vuelta de reconocimiento. A los guarros viejos les agrada dar sus rodeos e, incluso, bufar y espantarse sin un motivo aparente que lo justifique, demostrando con ello su argucia, para aparecer más tarde sin ningún recelo dado que durante todo el tiempo que permanecieron ausentes se mantuvieron cerca y a la escucha, dejando transcurrir las agujas de nuestro reloj, ya que estos animales pueden llevarse horas y horas hozando la misma raíz, un hormiguero o el montón de piedras.
Cuando se aguarda en el agua, lo normal es que los mosquitos se ceben con uno. Es aconsejable frotarse la cara con un repelente antimosquitos sin olor, además de portar en las manos una ramita, que pelaremos de hojas con anterioridad, que haga las veces de abanico, con lo que evitaremos mover los brazos.

 

Las pezuñas de los guarros señaladas sobre el fango, aún turbias, señal de que se bañaron de recogida.

 

Comida y tranquilidad

La riqueza de un acotado de caza mayor nos viene dado por el número de animales y la calidad de sus trofeos. Quede claro desde un principio que estos animales para su bienestar necesitan comida y tranquilidad. En sus vaivenes, las poblaciones de jabalíes siempre estarán sujetas a estas dos cuestiones; es un hecho comprobado que los jabalíes emigran.
Para un aficionado que se precie es necesario saber leer del campo, descifrar el lenguaje de las pistas y rastros que dejan estos animales, así como los de la fauna presente de los alrededores, pero no sólo en sus querencias, sino en las salidas, entradas y profundidades de la mancha para así afrontar con mayor alegría las esperas, siendo lo aconsejable pistear por las mañanas para no dejar pistas frescas que hagan dudar a la caza, de forma que a la atmósfera le dé tiempo a disipar los efluvios dejados por el cazador, los cuales no desaparecen hasta transcurridas 4 o 5 horas.
Mi padre afirmaba –y con razón– que la caza había que abatirla en el camino, nunca donde mantiene la comida ni la dormida. De esa manera, te asegurabas lances toda la temporada. Esta teoría referida a la especie que hoy nos atañe es menos aplicable, puesto que en un altísimo porcentaje se aguarda en cebaderos y bañas, dado el alto grado de adaptación de estos marranos selváticos, lo que tiene su lógica, ya que, de otra manera, se me antoja enormemente difícil abatir grandes bocas, puesto que estos animales en sus hábitos nocturnos son muy precavidos a lo que se suma el carácter huidizo y poco sociable que atesoran los grandes machos a la hora de dar un paso.
En el estío, los alimentos naturales escasean, de ahí que nos sintamos en la obligación de ayudarles mediante la instalación de nuevos puntos de agua y el reparto de granos con el fin de hacerle la vida más llevadera, sobre todo a las madres y crías, para que no caigan en el abandono y de ningún modo puedan perecer por hambre y sed, si bien es verdad que la raza no necesita mucho para su subsistencia: con una embozada del grano que pueda caber en nuestras manos, tiene más que suficiente para paliar su desazón.

 

El humorista Francisco Javier Zapata alias El Coco, recargando un bidón, como buen aficionado.

 

Hábitos y costumbres

El jabalí basa su defensa en el oído y el olfato, lo que no quiere decir que no utilicen la vista, aunque ésta sea muy rudimentaria. Basta con no parpadear y tener las espaldas cubiertas por el tronco de un árbol o por una mata espesa, de manera que no se quede recortada nuestra silueta contra el cielo, para que ningún otro ser vivo se percate de nuestra presencia, dado que el léxico propio en el correveidile de los habitantes que pueblan estos campos es universal. De hecho, para un aguardista, no debe ni tan siquiera pasar desapercibido la laboriosa tela de una araña tejida sobre unas matas de lavanda, visionando, incluso, lo traspuesto.
Las hembras y sus crías suelen entrar en piaras con la salvedad de alguna machorra que, por circunstancias de la vida, se mantiene apartada del grupo. Hozan grandes extensiones de terreno en cada salida a diferencia de los machos de más de tres celos, los cuales suelen permanecer solitarios, hozando bastante menos superficie y resultando más profundas las cavas.
Estos macarenos son fácilmente reconocibles por su envergadura ante las hembras, pero esto no siempre es una regla fija, de manera que para diferenciarlos deberemos fijarnos en su hocico remangado a diferencia de las féminas, que se caracterizan por presentar una trompa larga y afilada. Importante es visualizar los pelos de la verga, los cuales le sobresalen por debajo de la barriguera y hacia atrás.
Esos catedráticos del monte venden caras sus vidas, tomando por rutina entrar a altas horas de la madrugada y en noches cerradas, con escasa luz y casi nunca los días cercanos y posteriores a la luna llena, si bien es verdad que la incertidumbre de las esperas lo ponen a uno más impaciente. Aunque esta creencia no es una ciencia exacta, al igual que está la teoría del escudero que difícilmente se cumple, ello va a depender en un alto porcentaje de la tranquilidad del acotado. Pensad que el que tiene boca se equivoca; son muchos los jabalíes abatidos con la luna por testigo, bajo una tensión indescriptible.

José Carlos Aguilar, formando parte de las soledades serreñas, con la sierra por escenario y Dios como único testigo, conformando un conjunto admirable, presente, generación tras generación.

 

Por el contrario, no debe extrañarnos ver a los más jóvenes entrar, incluso, con luz de día dado que en su subconsciente saben que la caza no va con ellos. Es frecuente, mientras se entretienen chascando el grano en rastrojeras y comederos, que cuando sienten aproximarse a otro congénere por los alrededores de estos, rápidamente emprendan la huida para entrar más tarde formando parte de la partida.
Lo mismo le sucede al cervuno cuando detecta la presencia del jabalí, que abandona raudo el comedero cediéndoles gentilmente la plaza, dado que éstos no le dejan comer, lo que no quita que a veces se produzcan rencillas: he visto a ciervas/os intentando patear con sus miembros delanteros a los jabalíes sin notable éxito.
Aun siendo jóvenes, los jabalíes en sus careos acostumbran a resoplar, bufar, corretear, remolinarse, pegar, etc. Ante cualquier ruido sorpresivo se alejan a la carrera para, a continuación, pararse, permaneciendo a la escucha durante largos minutos. En ocasiones, pueden llegar a tardar horas en repetir su aparición, siempre cautelosos y de lo más desconfiados, sin perder la esperanza en que la noche menos inesperada la figura del catedrático emerja entre las sombras de la nocturnidad, la cual, en el día a día de un aficionado sencillo puede demorarse meses, años e, incluso, toda una vida; de ahí, la carga social que atesoran las esperas.

 

Llegada la hora del lance…

Recordad que cuando por fin nos hagamos con el semblante del jabalí, la primera impresión es la que vale, ya que, a medida que vayamos mirando y remirando, nos irá pareciendo menos grande.

 

Juan de Dios Navarro, con su primer Jabalí, el cual abatió con las primeras luces del alba, mientras aguardamos de recogida.

Un consejo: una vez nos cercioremos que se trata del animal que estábamos esperando, hay que acometer el lance sin más preámbulos, con soltura y maestría, sin dar pie a que en una espantada nos quedemos sin marrano. Sólo en ocasiones puede que lo sintamos quejarse, «llorar» de impotencia al recibir el impacto de la bala, pudiendo comprobar por mí mismo que, cuando se dan estas circunstancias, no se lamentan por su condición de fiel macareno, sino que ello se debe a algún recuerdo todavía convaleciente, dado que estos animales jamás olvidan. Seguramente a una colisión de algún tiro viejo, un lazo incrustado en la trompa, una pezuña arrebatada en un cepo lobero…, todas ellas señales fácilmente observables en las expresiones de su piel, algo por lo que el animal se haya sentido acobardado durante largo tiempo, viéndose obligado a debatirse entre la vida y la muerte. Y al sentir, nuevamente, el dolor en sus propias carnes, gime de debilidad, como si se tratase de una guarra.

 

Mirador en alto, evitando que el aire no revoque en las orillas del arroyo, por donde presumiblemente pasarán los jabalíes en sus careos cotidianos.

 

Comederos y bañas

A estos suidos se les «caldea» la boca ingiriendo alimentos como las bellotas u otras delicias, como el trigo. Sin embargo, los granos de maíz o de cebada le refrescan en demasía, de ahí que, antes de ir a encamarse, les agrade rondar los comederos con la intención de enfriarse el paladar.
Un jabalí con buena genética puede llegar a alcanzar la medalla de oro a la edad de cinco años, e, incluso, antes si no ha sufrido carencias alimenticias y los aportes de minerales y proteínas fueron los correctos. Característico de estos verracos es el olor a montuno que desprenden y más si están en celo, más notable en las veredas de paso y cercanías del encame.
Transmite mucha más seguridad aguardar donde tiene la comida que en una baña, aunque resulte agobiante el calor, ya que el sustento está antes que nada. Un guarro no tiene por qué bañarse a diario, pero es que, además, nunca albergaremos la certeza de que se barree en otros puntos de la finca que para nosotros sean desconocidos. Los jabalíes en verano se bañan para refrescarse y en invierno para quitarse el frío, dado que la coraza de barro que se queda adherida a su piel le protege de las temperaturas invernales.
Al hacer su entrada, el animal será tremendamente cauto en sus movimientos y más si se trata de un digno rival, parándose antes de llegar al sitio, produciéndose en cada parada un gran silencio a lo que le seguirán varios silencios espaciados en el tiempo, que en nuestra mente de cazadores acérrimos se convierten en el más alborotador de los silencios. Mi consejo es no alargar la situación en demasía. Caso de frecuentar una baña, ni tan siquiera debemos darle tiempo a que se sumerja hasta las orejas, ya que tienen la sana costumbre de salir precipitadamente al encuentro del rascadero, el mismo que puede hallarse tapado por la maleza y, en consecuencia, quedarnos sin guarro en un abrir y cerrar de ojos, con lo que se nos queda una cara de tonto que para que contaros. (Continuará).

Comedero tradicional. Montón de piedras entremezcladas con el grano, con el fin de que los jabalíes se entretengan.

 

Autor: José Ramos Zarallo