Esta actividad no solo forma parte del acervo cultural de la región, sino que constituye un pilar fundamental para su economía rural, su gestión ambiental y el mantenimiento de una biodiversidad que encuentra en los cotos cinegéticos un refugio vital. En un momento en que la España vaciada y el futuro del campo están en el punto de mira, la caza emerge como una de las pocas actividades capaces de generar riqueza, fijar población y conservar el entorno.
Un motor económico silencioso
Hablar de caza es hablar de economía. Según datos del Gobierno regional de Extremadura y de asociaciones del sector, la actividad cinegética mueve más de 400 millones de euros al año. En una comunidad con una densidad de población inferior a los 25 habitantes por kilómetro cuadrado, estas cifras tienen un impacto proporcional altísimo.
Los cotos de caza mayor —centrados en especies como el jabalí, el ciervo o el gamo— y los de caza menor —perdiz roja, conejo, zorzales o paloma torcaz— se extienden por toda la geografía extremeña. En total, más del 80 % del territorio está incluido dentro de algún régimen cinegético. Esta ocupación del suelo no solo evita su abandono, sino que genera empleo directo e indirecto: guardas, guías, veterinarios, hosteleros, carniceros, empresas de organización de monterías, talleres de taxidermia o artesanos del cuero.
Muchos pueblos de las comarcas de La Siberia, Hurdes, Sierra de San Pedro, Gata, Ibores o la Campiña Sur ven en cada temporada de caza una inyección de actividad que reactiva bares, casas rurales, gasolineras y comercios. En algunas zonas, como las sierras de Monfragüe o Montánchez, las monterías bien organizadas pueden generar ingresos superiores a cualquier otra actividad agraria. La presencia de cazadores, tanto locales como procedentes de otros puntos de España e incluso del extranjero, dinamiza las economías locales.
La caza como herramienta de gestión del medio natural
Uno de los aspectos más desconocidos pero vitales de la caza es su papel como herramienta de gestión ambiental. En un entorno como el extremeño, donde grandes extensiones de monte bajo, dehesas y zonas de difícil acceso conviven con explotaciones agrícolas y ganaderas, el control de las poblaciones cinegéticas es esencial.
El aumento de las poblaciones de jabalí, por ejemplo, supone un riesgo no solo para los cultivos, sino también para la sanidad animal (al ser transmisores de enfermedades como la tuberculosis bovina) y la seguridad vial. La caza permite mantener un equilibrio poblacional que evite la sobrecarga del ecosistema y reduzca los conflictos con otras actividades humanas.
Además, los cotos de caza suelen desarrollar planes de gestión que implican la mejora del hábitat: creación de charcas, siembras cinegéticas, recuperación de linderos, instalación de majanos para conejos, bebederos o cortaderos. Estas actuaciones, sufragadas por los propios cotos, contribuyen de manera directa a la conservación del medio natural y benefician también a otras especies no cinegéticas.
La figura del guarda rural es clave en esta ecuación. Su labor va mucho más allá de la vigilancia: realiza censos, controla enfermedades, combate el furtivismo y colabora con los servicios de medio ambiente. Muchos de ellos, además, son personas nacidas en los pueblos donde trabajan, lo que refuerza el vínculo entre la caza y el arraigo rural.

Tradición e identidad cultural
La caza no es solo una actividad económica o de gestión ambiental. Es también una manifestación de cultura e historia. Desde los cotos señoriales del siglo XIX hasta las sociedades locales que hoy gestionan caza social para sus socios, la actividad cinegética ha modelado costumbres, fiestas y formas de vida.
Las monterías, las batidas, la caza al salto, los aguardos o la caza con reclamo de perdiz forman parte del patrimonio inmaterial extremeño. La figura del rehalero, con sus podencos y mastines, la del postor que sortea los puestos o la del perrero que cuida a sus animales con mimo, son iconos rurales que se resisten a desaparecer. En la película dirigida por Mario Camus «Los santos inocentes», rodada en Extremadura y basada en la novela de Miguel Delibes, se presenta a la caza como epicentro del argumento y se muestra la vida en un cortijo de la década de los 60. La película, que fue un gran éxito, retrata el abismo entre clases y la dura realidad de la vida rural.
Además, la transmisión intergeneracional del conocimiento cinegético —sobre rastros, querencias, querenciosos, viento y querencias de las reses— supone una forma de educación ambiental profunda, basada en el contacto directo con el campo. En un mundo cada vez más desconectado de la naturaleza, el cazador tradicional representa un eslabón entre el ser humano y su entorno.
En muchos pueblos, las fechas de apertura de la veda, las monterías o las tiradas de zorzal marcan el calendario social. Son momentos de encuentro, de hospitalidad y de convivencia. Las jornadas cinegéticas acaban muchas veces con una comida entre amigos donde se celebran lances, se intercambian anécdotas y se refuerzan lazos comunitarios.
La caza y el reto demográfico
En un contexto de despoblación acelerada en la España rural, la caza se perfila como una de las pocas actividades capaces de fijar población y generar oportunidades. En Extremadura, donde más de 350 municipios tienen menos de 5.000 habitantes, este papel es especialmente crucial.
Frente a otras actividades económicas que tienden a concentrarse en las capitales de provincia, la caza distribuye su impacto en zonas verdaderamente rurales. Un coto bien gestionado puede sostener empleos directos estables —guardas, administrativos, encargados de finca— y generar un flujo constante de visitantes que consumen productos y servicios locales.
Además, muchas explotaciones agrarias han encontrado en la compatibilización con el aprovechamiento cinegético una vía de diversificación que mejora su rentabilidad. En un entorno tan condicionado por la PAC y los precios del mercado, el alquiler de derechos de caza o la organización de jornadas cinegéticas supone un complemento fundamental para muchas familias rurales.
Algunas iniciativas, como los cursos de formación para jóvenes rehaleros o guardas, o los programas de fomento del relevo generacional en sociedades de cazadores, están contribuyendo a que las nuevas generaciones vean en la caza no solo una afición, sino una posibilidad de vida en el medio rural.
Desafíos y oportunidades del futuro
No obstante, el futuro de la caza en Extremadura no está exento de retos. La presión normativa, la desinformación en redes sociales, el desconocimiento urbano sobre el mundo rural o el avance de movimientos anticaza pueden poner en peligro un modelo que, aunque tradicional, ha sabido adaptarse con eficacia al siglo XXI.
Uno de los grandes desafíos es la pedagogía social. Es necesario explicar a la ciudadanía, con datos y rigor, que la caza no es una amenaza para la biodiversidad, sino una aliada. Que el cazador extremeño no es un enemigo del campo, sino su mejor conocedor y defensor. Que detrás de cada jornada cinegética hay planificación, ética, gestión y, sobre todo, una conexión profunda con la tierra.
La profesionalización del sector, el uso de nuevas tecnologías (como GPS en perros, cámaras de fototrampeo o herramientas de gestión cinegética digital), la colaboración con universidades y centros de investigación, y la apuesta por una caza sostenible y respetuosa son claves para consolidar el papel de la caza en el siglo XXI.
También lo es reforzar la dimensión social de la caza: su capacidad para educar en valores como el respeto, la paciencia, la responsabilidad y el conocimiento del medio. En un mundo cada vez más urbano y digitalizado, la caza puede ofrecer a las nuevas generaciones una experiencia auténtica y transformadora en contacto con la naturaleza.
Carne de caza: salud y sostenibilidad frente a las granjas intensivas
La carne procedente de animales salvajes, criados en libertad y gestionados de forma cinegética, ofrece ventajas nutricionales y ambientales difíciles de igualar por la producción intensiva. En regiones como Extremadura, donde el ciervo, el jabalí o el gamo forman parte del entorno natural, el consumo de carne de caza representa una opción saludable, ética y sostenible.
A nivel nutricional, esta carne es más magra, rica en proteínas de alta calidad y con menor contenido en grasas saturadas. Además, no contiene antibióticos ni aditivos artificiales, lo que la convierte en una elección más natural. Es especialmente recomendable en dietas bajas en grasa o para personas activas que buscan una fuente proteica limpia.
Desde el punto de vista medioambiental, aprovechar los recursos cinegéticos evita el hacinamiento, la generación de residuos industriales y la contaminación asociada a las macro granjas. La carne de caza proviene de ecosistemas bien gestionados, sin alterar su equilibrio natural.
Consumir carne de animales en libertad no solo aporta beneficios personales, sino que también apoya la economía rural, fomenta la conservación y pone en valor una forma de vida vinculada al territorio. En definitiva, una apuesta por lo auténtico y por el futuro del campo.

Conclusión
La caza no es una reliquia del pasado, sino una herramienta moderna al servicio del territorio. En sus múltiples dimensiones —económica, ambiental, social y cultural— representa una respuesta eficaz a muchos de los desafíos que enfrenta el mundo rural.
Defender la caza no es solo defender a los cazadores, sino a los pueblos, al campo, a la biodiversidad y a una forma de vida que ha demostrado ser sostenible y generadora de valor. La Extremadura rural necesita a la caza tanto como la caza necesita a Extremadura. Y en ese equilibrio, tan natural como antiguo, reside su fuerza y su futuro.

