El paso del Armed, dedicado a los nostálgicos de la noche

Tendríamos que remontarnos a septiembre del 82 ordenándose el <Mata Gañanes> o lucero precursor del amanecer en mi fiel aliado, por un desmedido afán en llevar a la práctica las enseñanzas que me inculcaron mis mayores desde la cuna acerca de una licenciatura que, mientras más me adentro en ella, más cuenta me doy que no tiene fin.

 

La tensión interior en el cuerpo de un lunático consagrado es permanente, velando y saboreando cada instante vivido con intensidad, sin que haya nada de lo que presumir, ya que es algo tan intimo que no sientes la necesidad de airearlo. Y si lo haces, solo lo compartes con quien de verdad te apetece y comprende.

En esencia, la caza del jabalí a la espera requiere vocación, acunarse en brazos de la paciencia y enriquecerse con los valores tradicionales de la caza para asimismo predicar con el ejemplo, pero no solo basándonos en nuestras propias experiencias sino alimentándose a diario de las vivencias de aficionados en alma, corazón y vida. De ahí, la riqueza que atesoran las tertulias a pie de chimenea y relatos en barra, hablando de las cosas de siempre, en la que alcanzan exacerbado protagonismo los lances sobre “cochinos jabalines”, amén de la riqueza que despiertan los numerosos escritos de nuestra extensa y variada bibliografía venatoria. De manera, que a medida en que nos vayamos quitando horas de sueño pretendiendo ir más allá del simple lance con nuestra pieza favorita desarrollemos unos conocimientos parejos al lenguaje de la noche y por simbiosis a la vida silvestre, luego dejemos claro desde el principio que no es algo innato que nos deba venir heredado. Estoy convencido de que a lo largo del camino se aprende a vivir en paz consigo mismo y a amar la caza. Y lo verdaderamente importante, a valorar el lance por encima de las capturas.

Siempre he querido ir andando a los sitios. Y más siendo un jovenzuelo estudiante con las ideas de un bicho montuno. Aquellos hombres, entre los que yo me incluyo, teníamos las carnes prietas de subir y bajar barrancos al haber sido educados con las leyes y mandamientos que rigen las soledades del campo. Hoy, al cabo de los años, continuamos cazando y asistiendo a las mismas querencias, aunque ya todo esté carrileado, resultando relativamente fácil acceder a las posturas y contemplar las “mejoras” del terreno un tanto desencantados. Además, de un sinfín de matices que hacen que se vaya perdiendo el sentido agreste y privativo que antiguamente ofrecía el campo, amén de ese sabor a hueso añejo y olor a tocino rancio.

 

 

“El Paso del Armed” es un emplazamiento muy querencioso a orillas del “Arroyo Tamujar”, de fácil acceso para las reses, situado a uno de los costados de “La Fresnadilla”. Pinar a espaldas del mundo, en forma de herradura, en la que confluyen multitud de veredas procedentes de la vieja mancha de “Los Pizarrales”. Paso obligado de numerosos animalillos del bosque mediterráneo de la vertiente sur de Sierra Morena que sienten la necesidad de conocer más íntimamente el carácter lejano y reservado en la personalidad del “Cerro en Medio”, testimonio fehaciente de quien se conserva imperturbable en el tiempo.

El aire de “Los Chorreros” y el morado de la lavanda tapizando las calvicies del monte junto al aroma a jaras y romeros en flor, ha conseguido que por unos instantes que mis pensamientos retornen al pasado avivados por la autenticidad de la caza, apoderándose de mi estado de soledad, la rutina y familiaridad que entraña la puesta en escena de un manchoneo entre amigos con escopeta y perros, hábitos cada vez más en desusos, pero no olvidados, al menos mientras la mente nos alumbre.

En ocasiones, semejantes recuerdos alcanzan tal grado de veracidad en la mente, que me parece estar escuchando la voz de mi padre dirigiéndose a la cuadrilla de caza: < ¡Animo, Sres.! que el Vejiga (por aquellos entonces, guarda de Risco-Pardo y terrenos colindantes) ha visto recogerse una partida de cochinas en la solana de la “Sierrecilla el Viejo y lleva observando durante toda la semana echios frescos de un guarro que marca una buena chita allá por los calentaderos de la “Fuente la Víbora” ¡Marchando, que se nos va la mañana! Alberto Ovelar, encárgate tú de armar el “Tamujar”, pero dándome tiempo a cerrar la huida hacia “El Cubillo” ¿A ver…? Tres escopetas con buenas piernas que quieran acompañarme.

 

 

El padre nuestro de la época que se nos fue (entre todos la matamos y ella sola se murió)

Los otoños lluviosos resulta peligroso cruzar el “Tamujar”, debido a que las aguas en esas latitudes discurren encajonadas entre barrancos. Precisamente, en ese tramo del arroyo, acostumbran a mansear las corrientes para transcurridos unos centenares de metros encabritarse al precipitarse sus aguas “Tamujar” abajo en dirección a la cascada que le otorga el nombre al “Paso del Armed” y montes de “La Briseña”, “Tambalana”, “Roaeros del Almendral”, “Riscal de los Buitres”, “Cerro del Romeral” … Al fin y al cabo, tienen una ferviente tarea, la de volcar sus caudalosas y bravías corrientes a la cuenca del “Viar”, embalse de “Los Melonares” y rio “Betis”, nombre con el que bautizaron los romanos al “Guadalquivir” y de donde recibe el nombre la entidad verdiblanca.

 

Nada que reseñar acerca del tórrido estío de aquel año, llegando a alcanzarse temperaturas de treinta y seis grados de media, a lo que habría que sumarle la escasez de lluvias de los últimos otoños-inviernos. Gracias a que la víspera sobrevino una fuerte tormenta (21 litros/m2), que en cierto modo vendría a paliar la enorme sequía que padecíamos, dejándonos generosos charcones a lo largo del lecho del arroyo que en buena medida ayudarían al resurgimiento de la vida silvestre en aquel tramo de naturaleza virgen de una sierra rica en paisaje y pinturera como la que más.

Dos días después de la luna llena, a buen paso pero sin prisas, salía por las puertas de la casa en dirección a “La Fresnadilla” distante en unos cinco kilómetros andando del cortijo de “Risco-Pardo”. Al llegar a mi postura, opté por sentarme con las espaldas estratégicamente apoyadas en unas canchaleras, convirtiéndome en testigo mudo de la actividad en la caja del regajo de un sitio tan recóndito -a esas horas vespertinas del crepúsculo- colmada de luces y sombras, quedándome una visión de todos y cada uno de los elementos visibles indefinida y vaga. Mas abajo, en el fondo del barranco y a mis pies, en perfecta armonía, unas ranas croando alegremente pregonaban a los cuatro vientos la poza donde se encontraba el agua, las mismas que transcurridos un tiempo cesaron su canto al percibir el ladrido ronco, los repetitivos estornudos y el resoplar con violencia de una cierva, que sirviéndose de sus cañas delanteras pretendía deshacerse del suplicio que le suponía retener en sus dilatadas narices el polvo reseco proveniente de los matorrales, tratando de expeler los mosquitos u otros insectos que buscando la humedad de sus narices penetraron por sus ollares. A mis espaldas, provenientes del “Collado de los Chozos”, en terrenos de “El Cubillo”, retumbaban los golpes limpios y secos de las cuernas de un cervuno chocando con las ramas de los lentiscos entremezclados con el ulular cotidiano del búho de “La Sierrecilla del Viejo”, encargado de transmitirle esa pizca de misterio a la noche al exhalar tristísimos lamentos que impresionarían en lo más hondo a cualquier bicho viviente en aquellas agrestes latitudes.

 

 

Inmiscuido en el lenguaje de la nocturnidad, no pude por más que sentirme feliz al haber entrado a formar parte de los lenguaraces silencios de una recogida que se presentaba deslumbrante, rotos puntualmente con los bramidos de amor de los venados más potentes que allá por los aledaños del castillo de “Las Jarillas” serían los primeros en proclamar su celo. No restaría mucho para que la aurora desperezase con el clamor de trinos y gorjeos del albor del día, cuando resonó fuerte y claro, el grito lastimero y chillón de una jabalina que había sido pegada por otra para acto seguido escuchar a un macho roncar y resoplar fuertemente imponiendo paz y silencio, mitigando con su jerga cualquier otro ruidillo propio de la nocturnidad y produciéndose un gran silencio, que en mi mente de cazador, se convirtió en el más alborotador de los silencios.

 

De repente, una pareja de ánades reales surcando el firmamento atrajeron con sus silbidos al volar la atención de aquellos emboques hasta que, tras varias pasadas, optasen por tirarse al charcón, lo que inevitablemente me trajo el recuerdo del nacimiento del Melena y las añoranzas de su infancia.

 

 

Quisiera dejar constancia de unos párrafos del libro: “Memorias del Melena -por mi pezuña y letra- “donde se menciona un hecho parecido:

“Entre tantos moradores como habitan en la sierra, se despierta en mí la curiosidad y el recuerdo del único animal que era capaz de producirme un verdadero temor; temor que me invadía hasta la médula, muy a pesar de los consejos recibidos, en los que me afirmaron que no existía el más mínimo peligro; pero tal y como dice el dicho: Una cosa es querer y otra, poder.
La verdad resultó que sufría taquicardia cada vez que escuchaba a las bandadas de patos pasar como torpedos, acompañados del chirriante silbido que producían con sus alas, hasta que, por fin, tras varias pasadas por encima de nuestras cabezas, se oía el tremendo chapotazo al contactar con el agua.
Tales naderías eran las únicas capaces de sacarme de quicio. Mi madre no hacía más que reírse al ver cómo pretendía refugiarme entre sus cerdas. Es curioso, pero mientras trato de exponeros la sutilezas de mis vicisitudes, ahora el que se sonríe soy yo, tal y como hiciera ella por aquellos días.
Me pregunto si no serán reflejos de la edad, ligados a los pormenores de la madurez.
¡Ay, qué bonita es la infancia y cuán bella su inocencia! ¡Quién pudiera volver atrás y quitarse la carga que suponen todos estos años!
En fin…, dejemos de desvariar y volvamos al presente. Os hablaba de mi niñez, del temor, de mi inocencia, de lo feliz que me las prometía en aquella primera etapa. Hasta que una mañana temprano, mientras careabamos por el Arroyo de “La Mimbre” abajo, una perra podenca, pelibasta, blanca y “colora” se nos avanzó de repente. Mi madre…”

En breve, los animalitos de hábitos nocturnos estarían dando los últimos retoques en sus camas dejando expedito el campo a la fauna alborotadora del día, sin que la espera hubiera tocado a su fin. Y mucho menos, en lo tocante a este traspuesto rincón andaluz, en el que el tiempo parece quedar detenido y el aire que se respira engrandece el estado de soledad consiguiendo que me olvide de las otras muchas cosas de este mundo, cuando sobrevino un guarrido lastimero anunciador de un buen presagio restándole protagonismo a los << cua, cua, cua>> de los patos bañándose que me obligó a levantar la mirada hacia el corono, para percibir la furia de unas pezuñas espantadas y piedras al rodar, produciéndose en cuestión de segundos la estallina de dos jabalíes machos pegándose bien por el dominio del agua, bien por la posesión de las hembras, inclinándome más por esto último al encontrarnos en un momento álgido del celo.

Al lubrican del amanecer, ambos púgiles median sus fuerzas en una acalorada refriega. Encontrados uno frente al otro, emitían fuertes gruñidos de valentía e ímpetu a la vez que batiendo frenéticamente sus mandíbulas agitaban sus cabezas en continuos círculos, atizándose tremendos colmillazos sobre los escudos que ni por un momento soñarían traspasar mientras arrollaban el monte encontrado a su paso. Más de lo cabría imaginar estuvieron de aquí para allá encolerizando el ambiente y recargando la atmosfera con el fragor de la lucha, para lo que hube de tirar de agudeza, ya que la mayoría de las veces las peleas y apareamientos de estos suidos salvajes se desarrollan a oscuras dentro del marco de las soledades serreñas y en la intimidad del grupo, sin apenas divulgación, salvo los fuertes gruñidos de pasión emitidos por el más fuerte, con lo que resulta enormemente difícil visualizar este tipo de escenografías.
Finalmente, fueron las mirlas, con sus anunciadores y melodramáticos trinos, acompasados por los <Pepe Luis…> de toda la vida de las totovías las primeras en presagiar la alborada, rozando la perfección el canto alborotado de las patirrojas al alba, para con posterioridad, oírlas descolgarse desde los altos de la cuerda con su pichear asustado: -Prrrrrr, pichoooo, pichoo pichó- en busca de sus querencias.

Por entre las rocas -como en un cuento de hadas-, asomó uno de los carnívoros más pequeños del reino animal. Dando saltos y carrerillas, no paró en sus vaivenes -merced a la agilidad y viveza de sus movimientos- en alcanzar la orilla, recorriendo sus márgenes nadando. Para una vez terminado el aseo matinal, retornar al calor de su morada para lo que hubo de trepar por la sinuosa cresta de las rocas, con luz suficiente, como para percatarme de que a escasos metros de la entrada de su cubil se ubicaba una letrina repleta de un sinnúmero de heces filiformes, oscuras las más viejas, profundas y blancuzcas las más recientes, todas señaladas con remarcadas estrangulaciones, apreciándose en su composición abundancia de pelos y algún que otro amasijo de plumas y restos óseos.
Sonreí, contagiado con su vibrante actividad, correspondiéndome con un liviano ronroneo al tiempo que se esfumaba para siempre por una hendidura entre las piedras.
La comadreja, desde antaño, fue considerada por los serreños “amuleto de la suerte”. Apoyándome en esa creencia del pueblo, le supliqué a la patrona de Cazalla, que me diera su bendición para que de alguna manera mis esfuerzos se vieran recompensados, ordenándome en rezarle tres Ave Marías a mi Virgencita y patrona. Cuando enmarcadas en el filo del monte, obtuve la grata visión de una piara de cochinas que, tras mantenerse a la escucha, tomaron por una de las veredas de bajada con dirección al “Paso del Armed”, justo por debajo de donde las sentí pegarse. Curiosamente, de guía y a la cabeza de ese cordón, iba colocada la de más mundo, una jabalina entrecana y visiblemente más enjuta que las del resto de la partida. Le seguían varias adultas secundadas por algunos guarretes que no sobrepasaban los quince kilillos y atrás, guardando cola, un machete que no alcanzaba el rango de navajero, por lo que ni tan siquiera hice el amago de apuntarle por una cuestión tan sencilla como que hay que dejar madurar la fruta en el árbol. Las mismas, que tras dar con sus pezuñas en el agua y barrearse, calmaron su sed terminando por transponer con dirección a la umbría de “La Mimbre”.

 

 

Unánimemente, tres ciervas hicieron el intento de avanzar hacia la charca: una madre, la gabatona del pasado año y la cría del presente, pero que tras el encontronazo con las cochinos, finalmente, decidieron cambiar de dirección y perderse en la acritud de la mancha la cual surgieron.

 

 

Prismáticos en mano, con el sol perpetrando por los horizontes de “Matajuncia”, creí quedarme sin respiración al ver avanzar en solitario al macareno que por aquellos entonces me quitaba el sueño. Cojeaba de una pata debido a un postazo viejo que le arrancó las almohadillas de una de las pezuñas. Sin embargo, a cada paso que daba, su cuerpo transmitía una seguridad y fortaleza envidiables, refleja en los cadenciosos movimientos de su rabo, mientras su imponente fisonomía se perdía una y otra vez por una de las polvorientas veredas de bajada. Curiosamente, la que momentos antes frecuentaron el resto de los miembros de la partida. Aun tardaría una eternidad en llegar mi altura, deteniéndose tan solo para escuchar, exhibiendo cada vez que se paraba la templanza de unos escudos blanquecinos por el barro reseco y quebradizo de toda una vida. Dueño absoluto de una serenidad y confianza encomiables, se daba mañas para abrir su boca salivando abundantemente a la par que agitaba sus marcadas mandíbulas tratando de empujar hacia adelante los dientes con la lengua, con lo que dejaba entrever el blanco anacarado de unas defensas salpicadas por un babeo casi constante.

Consciente del espíritu de esos viejos guerreros, sería lógico suponer que tras el baño, su instinto le llevaría a hacer cama en las bajeras del “Cerro en Medio”, buscando el frescor de la umbría, o puede que en la caja del regajo, al amparo de los adelfones y bajo la sombra de los alisos.

Faltándole escasos metros para alcanzar el agua, aun aprovechó unos minutos de reloj en rascarse la frente, una de las orejas y su remangado hocico con el tronco de una retama. Alzando su trompa, se entretuvo mordisqueándolo, mientras avanzaba con su lengua hacia el extremo terminando por encorvarlo convenientemente. No cabía prolongar más la situación. Llegado el momento de la verdad, ya solo restaba culminar el lance sin más preámbulos, para lo que hube de desprenderme de las lentes dejándolas caer lentamente sobre mi pecho. Rifle en mano, apoyados ambos codos en las piernas, le disparé en el preciso instante en que el animal se sacudía violentamente, penetrándole la bala del 300 Weatherby Magnum por mitad de la paleta, desplomándose su cuerpo al instante en una precipitada caída hacia el arroyo, donde comenzó a convulsionarse entre fuertes sacudidas de sus miembros, cuando en un alarde de fuerza y coraje, característico de su raza, consiguió levantarse y arremeter contra unos tamujos dando una trastabillada carrera en lo sucio.

 

 

Al acercarme, le descubrí arremolinado en los bajos de una mariposilla de monte espeso, con la agonía aflorada en el vivo espumoso de sus labios y tosiendo jadeante. El animal, al percatarse de mi presencia, comenzó a emitir una serie de frenéticos chasquidos a la par que con su mirar enfurecido me mostró unos ojos desencajados repletos de violencia, por lo que con el mayor de los respetos hube de retirarme permitiéndole morir en paz -llegado a este punto, es necesario comprender que la caza es la captura cruenta del animal-, aprovechando los minutos restantes en analizar las pistas marcadas sobre la arena de los muchos animalillos que pueblan estos contornos, brindándole -gorra en mano- a la Virgen del Monte un rezo al cielo en señal de gratitud y en recuerdo de los cazadores cosarios de estas tierras que nos antecedieron en el tiempo: Cábila, Liebro, Jilguero, Vejiga, Saturno, Gilito, Lamonte, Moya, Candido Chinoco, Pacheco, Julio Reina, Campillo, Yesca, El de la Matilde, Tagalo, Palma, Espantalobo, Turco, Jaba, Laureano “El Mojino”…, y que por ley de vida ya se fueron.

Con el fin de no cargarme más de lo necesario durante el viaje de regreso, opté por quitarle peso a la cabeza desprendiéndole de la pellizca, acabando por arrojándosela a los galápagos. En el ambiente aún se mascaba un tufo a verraco horroroso, señal de que el animal estaba bien encelado con alguna de las guarras, luego su carne resultaría incomible. Ya solo restaba introducir la trompa, portadora de la colmillera, dentro del zurrón y poner rumbo al cortijo, no sin antes despedirme de la “comadreja de la suerte”, dejándole en señal de gratitud a las puertas de su escondrijo las carrilleras del jabalí, cubriéndolas convenientemente con lascas de pizarra, evitando con el gesto que algún córvido se la pudiera afanar.

Mientras tomaba la empinada cuesta de la solana al encuentro del “Cerro de los Venados”, pensaba que en las esperas el éxito y los placeres íntimos van por dentro.

Texto:  José Ramos Zarallo.