El primer dato que se tiene sobre la introducción del muflón en el continente europeo se remonta a 1791, año en el que el príncipe Eugenio de Saboya importó ejemplares corsos para el zoológico vienés de Schönbrunn (Tiergarten Schönbrunn), considerado como el más antiguo del mundo. Más tarde, en 1858, se introdujo en el Tier Park Hlubocá de Praga, y pasados diez años (1868), Antal Forgach, conde de Gymes y Gács, liberó en sus posesiones ejemplares procedentes de los zoos de Frankfurt y Bruselas.
Llegada a España
En España, durante 1953, por iniciativa del Ingeniero de Montes Fernando Silos Millán, se llevaron a efecto las primeras sueltas (2 machos y 3 hembras traídos de Cerdeña) en la sierra de Cazorla. Desde entonces hasta ahora proliferaron las introducciones en otros muchos cotos privados de caza y reservas nacionales, sobresaliendo los situados en Albacete (Alcaraz y sierra de Almansa), Alicante (sierra del Cid), Cádiz (Parque Natural de Los Alcornocales), Cartagena (sierra de la Muela y Cabo Tiñoso), Castilla-La Mancha (Cabañeros), Cuenca (serranía de Cuenca), Extremadura, Jaén (sierra de Andújar), Lérida (Alto Pirineo), Orense (Invernadoiro), Tarragona (Beceite), Tenerife y Toledo (montes de Toledo). El tamaño de la población actual lo desconozco, pero según algunos autores (Santiago Moreno y colaboradores) en el año 2000 la estimación fue de 15.000 ejemplares repartidos por la geografía española.

‘Exótica Invasora’
Está considerado como especie cinegética desde la Ley de Caza de 1970 de 4 de abril. En 2013 aparece un Real Decreto por el que se le incluye en el Catálogo Español de Especies Exóticas Invasoras, pero sólo con ámbito de aplicación en las islas Canarias (Tenerife), ya que se comporta como una seria amenaza para la flora del Parque Nacional de las Cañadas del Teide (ciertos estudios han concluido en que se alimenta de 28 especies de plantas vasculares de las que 12 son endemismos exclusivos de Tenerife). Y en 2016 una sentencia del Tribunal Supremo lo calificó como especie exótica en Castilla-La Mancha por lo que continúa sometido al régimen normal en lo que se refiere al ejercicio de la caza.
En lo que concierne a su comportamiento es un animal gregario, se agrupa en manadas matriarcales (dirigidas por la hembra más vieja) que recorren diariamente unos pocos centenares de metros entre encames, comederos y bebederos.
Esencialmente diurno, su ritmo diario de actividad varía en las cuatro estaciones del año siendo notablemente influenciado por las condiciones y factores locales del medio en que habita, esto es, tranquilidad, competencia con otras especies, abundancia de alimentos, depredadores, etc. En condiciones normales se mueve preferentemente al amanecer y atardecer reposando cerca de los comederos, alimentándose durante el otoño e invierno a lo largo de toda la jornada descansando unas cuantas horas para rumiar.

Su caza
Por lo general, sigue las pautas de la montería, aunque también las del rececho. En la primera modalidad, los machos suelen entrar al puesto mezclados con la manada, teniendo el cazador que elegir bien el ejemplar a abatir si desea obtener un buen trofeo.
Mi experiencia con él ha sido más bien escasa, sólo me lo encontré practicando caza selectiva buscando los machos con las puntas de los cuernos dirigidas hacia el interior del cuerpo, que como todos sabemos, pueden encarnarse en el cuello e incluso, según el ángulo que formen, incrustarse en la mandíbula provocando a la larga su muerte.

Los rebecos
Se encuadran en cinco especies (Rupicapra pyrenaica, Rupicapra parva, Rupicapra ornata, Rupicapra, Rupicapra carpatica y Rupicapra asiatica) con las correspondientes subespecies de Rupicapra (rupicapra, balcanica, cartusiana y tatrica) y de Rupicapra asiatica (asiatica y caucasica)**.
Genuinamente españolas son las dos primeras: Rupicapra pyrenaica, rebeco pirenaico o sarrio, distribuida por casi toda la Cordillera desde la Garrotxa catalana hasta el valle navarro del Roncal, y Rupicapra parva, rebeco cantábrico, distribuida desde la reserva de Saja en Cantabria hasta la reserva de Muniellos en el occidente de Asturias.
Especial consideración merece esta última al haber sido muy apreciada por S. M. el rey Alfonso XIII (1886 – 1941), el cual aceptó en 1905, según relatan Abel Chapman y Walter J. Buck, la oferta de los señores de feudos francos de los pueblos en las tres provincias de Santander, León y Asturias que rodean a los Picos de Europa, los derechos exclusivos de su caza en todo el Macizo Central, encargando en 1906 al marqués de Villaviciosa de Asturias el nombramiento de guardas para protegerla. Aún hoy en día se puede visitar el chalet real ubicado en el puerto de Áliva, en la parte central de los Picos de Europa, construido por la Real Compañía Asturiana de Minas como albergue para sus ingenieros, ocupado por Alfonso XIII en septiembre de 1912 en una cacería de rebecos.

Pirenaico vs. cantábrico
El rebeco pirenaico se diferencia del cantábrico en que el primero supera al segundo en la altura a la cruz entre 25 y 30 centímetros y también en peso, de 10 a 20 kilogramos de más. Asimismo, durante el verano el pelaje del pirenaico presenta tonos pardos, la garganta luce tonos amarillentos y las franjas laterales de la cabeza son de color sepia, mientras que el pelaje del cantábrico es rojizo cervuno, la garganta ocre-rojiza y las franjas laterales pardo-claras.
Costumbres
Ambos tienen parecidas costumbres. En primavera las hembras se aíslan para parir mientras que los machos se dispersan; en verano las hembras forman grupos junto a las crías recién nacidas, permaneciendo los machos aislados; en otoño, iniciado el celo, los machos se unen a los rebaños de hembras; y en invierno otra vez se separan formando grupos pequeños.
Hoy en día parece ser que las poblaciones de uno y otro están estabilizadas (aproximadamente 18.000 ejemplares del cantábrico y 28.000 del pirenaico), a pesar de haber sufrido, no hace mucho, enfermedades tan importantes como lo son la queraconjuntivitis y la sarna sarcóptica.

Recechos
En lo que se refiere a su caza el rececho, por lo general, es la modalidad que más se emplea, en contra de lo que opinaban los autores anteriormente citados Chapman y Buck: «Los rebecos podrían, sin duda, cazarse al rececho, aunque esa técnica no se practica en España. La naturaleza excesivamente accidentada del terreno no lo permite fácilmente y, al ser con frecuencia tan corta la visión que se tiene, se corre el peligro en el rececho del rebeco al que se ha espiado a distancia de que “salten” otros no vistos antes, aunque estén mucho más cerca. La batida es el método generalmente utilizado. Se necesitan pocos ojeadores comparativamente».
Pero esto lo decían en l os primeros años del mil novecientos. El paso del tiempo, las fluctuaciones poblacionales de este animal y, en fin, los avances tecnológicos tanto armamentísticos como instrumentales, ha hecho del rececho el principal, si no el único, procedimiento más adecuado y practicado.

Mi experiencia en la caza del rebeco: muy pobre. Estoy de acuerdo con Chapman y Buck en lo de la «naturaleza excesivamente accidentada». Y lo estoy porque lo sentí en mis propias carnes cuando allá por los años ochenta del siglo pasado, mi buen amigo Pedro Ros Amador, Dr. Ingeniero Agrónomo y excelente aficionado a la caza del rebeco, me animó a llevar a cabo un rececho por las empinadas cumbres de los alrededores del encantador pueblo leonés de Cerulleda, en el Parque Regional de Picos de Europa conocido a partir de 2019 como Parque Regional Montaña de Riaño y Mampodre. Después de una subida extremadamente fatigosa, cuando estaba cerca del rebaño de rebecos, me atasqué en una peña en la que quedé por completo inmovilizado debido al vértigo y al terror a resbalar por la fuerte pendiente, con el resultado de que los guardas acompañantes me tuvieron que sacar en volandas del atolladero para acto seguido regresar al reconfortante hospedaje. Nunca más lo intenté.
Texto y fotos: Antonio Notario Gómez.
Dr. Ingeniero de Montes

