No nos cansaremos de proclamarlo, a pesar del escaso eco que nuestras justas y responsables reclamaciones tienen entre la impresentable clase política que nos desgobierna, discrimina y esquilma.
Y es que no es sólo la voz de los cazadores, que clama en el desierto de la estúpida y suicida política medioambiental impuesta por ecópatas y animaloides idiotizados, es que son ellos mismos los que pretenden nuestro exterminio, quienes, de cuando en vez, se sorprenden al comprobar que lo que decimos y repetimos es cierto, que no inventamos, que no defendemos lo que no se puede defender, que, en suma, tenemos razón: en 2022 la WWF, convertida en ecoverdosa ONG vendida al infame servicio de los ecopayasos adictos a la subvención fácil, no tuvo otro remedio que constatar con sorpresa, ¡oh, mire usted!, que promover y sostener la caza de, por ejemplo, el exclusivo y carísimo rinoceronte negro en Namibia una de las tres o cuatro licencias que se conceden al año puede rondar, incluso sobrepasar, los 200.000 dólares americanos contribuía de modo indirecto, pero sustancial y evidente, a la conservación y sostenibilidad de muchas otras especies de la fauna salvaje de aquel país.

¿Qué de bueno no sucedería si la caza, controlada y regulada, se enseñorease de otros tantos lugares en los que la necesidad de actuar es inminente e inaplazable?
La cuestión que nos ocupa y preocupa es de más fácil resolución, con buena e inteligente voluntad, de lo que parece, lo que sucede es que vivimos en un mundo de mentiras, en el que se dice lo que haya menester decir por alcanzar lo que se quiere conseguir; en el que se tuerce, confunde y falsea, con impasible cara dura y nada de vergüenza, mientras miran directamente a los ojos del que están engañando; un mundo que ha dejado muy atrás la hipocresía para instalarse en el más contumaz cinismo, sometido al consumismo hueco, vulgar y frívolo, que desprecia los valores y principios que han hecho de nuestra especie, la única racional, merecedora de ocupar el lugar que ostenta en la naturaleza de la que todos somos hijos.
Hoy, ese lugar de privilegio, se situaría muy por detrás del último.
Lo peor es que las consecuencias de tanta obscena desvergüenza, ambición grosera, patológica mediocridad y mezquina estupidez, la sufre quien ninguna culpa tiene: la fauna salvaje.
En el caso que nos ocupa: el elefante africano. (Continúa)
Autor: Alberto Núñez de Seoane

