Cazando osos en la última frontera: una expedición española en la Siberia postsoviética

A lo largo de mi vida como cazador profesional en África, durante sesenta y dos años, de vez en cuando organizaba una escapada con un temporal cambio de aires y de panorama.

En esta ocasión vamos en busca del horribilis como la tradición pretendía. Para ello organicé una expedición contando con viejos amigos también interesados en conocer nuevos lugares, más o menos fuera de las pistas conocidas. Lo que era un gran atractivo, sobre todo para mí, pues siempre padecí la «angustia» por lo desconocido

Aprovechando que la denominada Perestroika le dio un gran cambio a la política de la inmensa Unión Soviética, entre otras muchas cosas permitir la caza a los deportistas internacionales abriendo, al mismo tiempo, nuevas zonas cinegéticas que habían permanecido hasta entonces totalmente cerradas a esta actividad, prácticamente vírgenes y miles de kilómetros de extensión todavía por conocer, que totalizaban nada menos que 12.393.871 km2 en su conjunto, de tierra dura y áspera, pero misteriosa y fascinante, que siempre nos sonó a los europeos occidentales como algo muy frío, lejano e inaccesible, algo así como un sueño inalcanzable, pero para las personas con espíritu aventurero fue como «la última frontera libre de la tierra», como de hecho así es en parte de su desconocido territorio.

Con la ayuda de un amigo y del director de una nueva compañía de caza establecida en Moscú, pero operando en diferentes zonas de Siberia, organicé tres expediciones en busca del temido y fantaseado «grizzly», con dos osos autorizados en cada una, más un ejemplar a precio de saldo con el que me obsequió la compañía por mis «desvelos», pues eso de dar una comisión por facilitarles clientes se consideraba, al menos entonces, como un pecado mortal… que si se enteraba el sanguinario Stalin era capaz de enviarles en pleno invierno a Siberia vestidos sólo con calzoncillos o, a lo mejor, ¡sin ellos! Por cierto, el nombre de Stalin quiere decir «el hombre de acero», muy apropiado a semejante monstruo deshumanizado, que tuvo «a su crédito» ciento y pico de millones de pobres personas asesinadas, según datos oficiales de la propia Rusia.

De todas estas aventuras y desventuras ya publiqué un resumen titulado Cazando bajo la Cruz del Sur y la Estrella Polar (Editorial Solitario, Madrid, 2016). Como no todo el mundo está dispuesto a leer mis libros obligado por la ley, circunstancia que lamento, dicho sea de paso, me permitiré relatar ahora la llegada de nuestro primer grupo al punto de partida siberiano en busca del mencionado horribilis, a ver quién podría sobrevivir en el fragor de la batalla osera…

osos siberianos en trofeo caza y conservación

Primer destino: Nalkan

Por avión de línea, la cosa más incómoda del mundo por su estrechez, que parecía una sucursal del infierno de Dante, volamos de Moscú al lejanísimo Khabarovsk, después de lo que me parecieron ochocientas horas, encajonado en un asiento donde o me sobraban piernas o me faltaba espacio y es que, para transportar más pasajeros, habían reducido los habitáculos tomando, por lo visto, la medida de los enanitos de Blancanieves y, para cualquiera que midiera más de 1,20 metros aquello era un auténtico martirio chino, ¡multiplicado por dos!

Después de un viaje en el que no se podían utilizar los servicios por estar llenos, hasta los topes, con sacos, maletas en destrucción prematura, gallinas vivas y una porción de cosas más o menos extrañas, todo ello propiedad del pasaje, que se arreglaba como podía, ya que era clase única donde no se podían reservar los asientos, o sea «clase perrera», por fin, después de un trayecto más que infernal, sobre todo para mí, que soy persona de buena estatura, llegamos a Khabarovsk listos para que nos metieran en la UCI local, ¡o en el cementerio!

En fin, gracias a la caridad divina llegamos, descansamos, comimos unas cosas extrañas que, afortunadamente, no nos produjeron a ninguno un cólico miserere y ya, medio recauchutados, salimos en avioneta hacia Nelkan, lugar en el que comenzaría la primera cacería en duelo con el horribilis, que nos temíamos que estaría ya afilándose las garras y colmillos, esperándonos, me temo con muy malas intenciones… A partir de aquí me tomo la libertad de copiar lo publicado ya en otro de mis libros, nuestra llegada a Nalkan y consiguiente relación social con las autoridades locales.

Los osos en trofeo caza y conservación

El recibimiento

Al aterrizar y entrar en las dependencias del aeropuerto, hecho de madera y falto de una buena restauración, nos encontramos con que nos estaban esperando todas las autoridades locales junto con la directora del mini-aeropuerto, pues les habían avisado desde Moscú diciendo que éramos personas muy importantes, además de ser los primeros españoles en pisar aquella tierra, o sea, que éramos rara avis.

Ante nosotros, muy ordenados, nos encontramos a la referida directora del aeropuerto, al alcalde, al jefe de policía, al director de la mina de oro, al sacerdote local o pope y al guía que nos llevaría en busca de los osos, Alexei. Como nadie hablaba una palabra que no fuera ruso, nuestro intérprete, venido desde Moscú, llamado Vladimir, nos fue presentando, empezando por la directora, que se llamaba Natacha, una rubia muy guapa de unos treinta años de edad que, al sonreírnos, desapareció todo su encanto y las tentaciones que pudiéramos tener, pues toda la dentadura era de oro, lo que para mí fue una visión poco incitante al pecado… El siguiente en la «parada» era el alcalde, un tipo de raza mongólica con los ojos rasgados que no mediría más de 1,55 metros, con un chaquetón de cuero negro y una gorra de piel hundida hasta las orejas. Como llegaba por debajo del brazo de mi 1,90 de estatura, al inclinarme para saludarlo, me miró y dijo, tal como me sonaba la palabra: «¿Espaniska?» (o sea, ¿español?). Contesté que sí, pero me cortó diciendo: «Niet, inspanskily malinki» (o sea, los españoles son pequeños), no sabiendo de dónde diablos se había sacado esa idea aquel hombre. Después de una amistosa explicación quedó convencido de que en España también había gente alta y muy alta. Si le llego a mencionar que mi tío Gabriel medía 2,10 metros de estatura le habría podido dar un infarto.

Tony y los cazadores en trofeo caza y conservación

Tony, a la derecha, con el grupo de cazadores en la taiga, en muchos puntos tan impenetrables como las selvas ecuatoriales del Congo.

Luego estaba el jefe de policía, un tipo rubicundo y amable, con unos mofletes rojos como tomates que, según me aclaró Vladimir, eran producto del vodka que se bebía como si fuera agua. A continuación, venía el director de la mina de oro, que se llamaba Victor, muy agradable y que nos ofreció una casa de la compañía para el tiempo que permaneciésemos en Nelkan. El sacerdote o pope, con su correspondiente barba, nos dijo que había leído mucho sobre España y que deseaba el ir allí algún día, contestándole que le invitábamos con mucho gusto, quedando la mar de bien sabiendo que nunca podría venir hasta aquí el pobrecillo. Finalmente, estaba el guía Alexei, simpático, amable y eficiente, que estaría cerca de los cuarenta años de edad y hablaba algo de inglés.

Una vez terminadas las presentaciones y yo, como capitán general del grupo ispanskiy, le di la mano a todo el personal del aeropuerto, que eran tres mujeres y el encargado de la torre de control que, por cierto, me recordaba mucho a la torre inclinada de Pisa, pues estaba totalmente inclinada hacia un lado, sin que a nadie le pareciera importante aquella deriva en contra de las leyes del equilibrio, que allí hacían fracasar todas las leyes al respecto…

En un vehículo militar todoterreno, con la mayor suspensión que he visto en mi vida, pues pasábamos a toda velocidad los baches sin enterarnos, como si estuviéramos sobre un gran colchón, nos llevaron a la casa cedida por la mina de oro, diciéndonos que, a continuación, estábamos invitados a una comida de gala en el ayuntamiento para hacerles los honores a los primeros ispanskiy que llegaban a Nalkan en toda su historia. La verdad es que estábamos cansados por el madrugón en Khabarovsk, las cuatro horas de vuelo hasta Nalkan, etc., pero no tuvimos más remedio que aceptar la invitación y, además con buena cara, pues habría sido imperdonable hacerles un desprecio a aquellas personas que lo habían preparado todo con gran ilusión.

Tras lavarme un poco, dejar los equipajes y tomar unos gruesos chaquetones prestados, pues hacía mucho frío y el río aún estaba helado, nos llevaron al ayuntamiento donde nos esperaban todas las antes mencionadas autoridades, más unos cuantos que no sé quiénes eran ni qué hacían, pero que, por lo visto, se habían apuntado ante la perspectiva de una buena comida…

caza en trofeo caza y conservación

Con este enorme helicóptero nos teníamos que trasladar de una zona a otra, pues en la taiga, no había carreteras ni pistas donde pudieran pasar los vehículos.

‘Typical Spanish’

Después de más saludos, pasamos a un lugar donde habían habilitado una especie de comedor con una gran mesa en forma de herradura, muy práctica, pues de esa forma servían directamente de frente a cada comensal sin tener que hacerlo por detrás y de lado, como es habitual en nuestros países. Por el lado abierto entraban y salían los camareros con los platos sin molestar a nadie y sin correr el riesgo de que te tiraran la sopa encima. La comida era algo extraña para nosotros, pero agradable, básicamente pescado de río cocinado de diferentes formas, que supongo estaría congelado por «vía natural» con aquel frío. Finalmente, nos sirvieron un dulce de aspecto, color y sabor inidentificable, pero, por si acaso, y acordándome de don Quijote de la Mancha, cuando le decía a Sancho «mejor no meneallo», no quise preguntar qué era aquello, pues tampoco estaba malo. Después del postre nos trajeron té, en unos tazones en los que se podía bañar uno, por el tamaño, y una vez terminados estos, no sin gran esfuerzo, nuestro intérprete Vladimir me dijo: «Don Antonio, a estas personas les gustaría hacerles unas preguntas sobre ustedes y España, si no tiene inconveniente». Yo estaba sentado en el centro de la mesa-herradura, en el lugar de honor al lado del alcalde y Vladimir para que fuera traduciendo lo que se terciara, pues, por la razón que fuera, me habían nombrado comandante en jefe, pobre de mí…

Caza de osos en trofeo caza y conservación

Naturalmente, contesté que sí, que con mucho gusto procuraría aclararles lo que fuera, diciéndome Vladimir que estaban muy impresionados al saber que en España todos éramos toreros, más o menos aficionados o profesionales, cantando y bailando flamenco, un cuadro de lo más equivocado, pintoresco y gracioso, o sea que las únicas noticias que conocían eran de la España de pandereta…

Al comenzar las preguntas vi en sus caras que esperaban contestaciones que ya se habían prefabricado sobre nuestra patria y que, a fin de cuentas, no sacaría nada en claro desengañándoles, opté por contestar a lo que esperaban, el resumen del cual fue el siguiente: yo me levantaba todos los días a las seis de la mañana, a las siete iba a un lugar para torear durante una hora y, luego de matar el toro, en otro lugar recibía clases de canto y baile flamenco, marchándome a las nueve a trabajar, pues si les hubiera dicho que era cazador profesional de elefantes en África, seguro que no se lo habrían creído…

Al terminar mi disertación, todos los presentes, menos mis amigos, naturalmente, que no podían resistir la risa, se miraban entre sí, haciendo unos comentarios que Vladimir me tradujo, en los cuales aquellos inocentes decían que eso sí era una buena vida y no la triste y aburrida que tenían ellos en Nelkan, con una monotonía aplastante, he de confesar que la broma se volvió en contra mía, pues luego me produjo una profunda pena o amargura de ver cómo sobrevivían aquellas pobres personas en un rincón apartado de Siberia. Haciendo lo que pude por ellos y para calmar mi maltrecho espíritu fue regalarles a todos, incluido el Pope, una botella del mejor vodka de la mejor marca que había en Nelkan que, para la mayoría, era prohibitivo por el precio, esperando y deseando que con los tres primeros tragos se olvidaran de España, los toreros y de mí a perpetuidad, pues creo que nunca me arrepentí tanto como de aquella estúpida broma, ¡y que me perdonen, por favor, los tristes habitantes de Nelkan!

los campamentos en trofeo caza y conservación

Primer campamento

La zona que nos habían demarcado para cazar los horribilis era la del río Maya, a donde pudimos llegar después de dos días de una fortísima e inesperada nevada. Para llegar a la zona donde instalar el campamento utilizamos un enorme helicóptero militar contratado por la compañía, en el que se trasportó todo: provisiones, equipos, tiendas de campaña, nuestras cosas y un largo etcétera, incluida una canoa bastante grande. El lugar donde se puso el campamento para la primera expedición fue cerca de donde el río Maya recibe su afluente el Tyry, en medio de la taiga siberiana, que es como se denominan allí a los inmensos e infinitos bosques.

Además de nosotros, los tres españoles, estaba el guía Alexei, un cocinero, un carpintero y cuatro personas más de todo uso, desde cortar leña hasta preparar las pieles de los osos que esperábamos cobrar… Entre todos descargamos el helicóptero, que ya pudo regresar a Nelkan, diciendo que si se terciaba algún problema o urgencia que le llamaran por radio y vendría. Para «tranquilizarnos», Alexei nos dijo que normalmente la radio del campamento en Nelkan no solía funcionar y que allí quedábamos en manos de Dios… Una inmejorable garantía, pero que no nos quitaba cierta inquietud, en el fondo. (Continuará).

El rio maya en trofeo caza y conservación

El autor cruzando el río Maya con su rifle calibre .375 Magnum al hombro, perfecto para cazar los grandes osos superando los 350 kilos de peso.

Mis primeros osos pardos

Los dos primeros osos pardos que «cacé» en mi vida fueron en el Jardín Zoológico de Valencia, debido a una inesperada razón: estando en mi casa sobre las cuatro de la tarde, recibí una llamada telefónica urgente del Profesor Docavo, director del referido zoológico, angustiado, diciendo que los dos osos, que compartían una jaula desde hace tiempo, se habían enzarzado en una terrible pelea y que no había forma de separarlos ni con mangueras de alta presión ni nada, una verdadera lucha a muerte. A uno de los osos le había arrancado media cara y al otro le colgaba la mano delantera izquierda casi desprendida, con sangre de todas partes. Junto con Docavo estaba el veterinario del zoológico, que no sabía qué hacer ante aquellos animales enloquecidos que no paraban de destrozarse mutuamente.

Osos pardos en trofeo caza y conservación

Naturalmente, salí corriendo hacia el zoo y, no sé por qué, como una premonición, me llevé un rifle y una caja de balas. Antes de aparcar el coche, ya escuché el escándalo que organizaban los dos osos que parecían cada vez más furiosos. Me encontré con Docavo y al veterinario, junto con el personal del zoo, asustados, como era lógico, y sin saber qué hacer ya, pues todo había fallado para separarlos… A la vista de las graves heridas y mutilaciones que se habían causado el uno al otro, se vio que no había posibilidad de frenar aquellas hemorragias y se decidió la única cosa posible, que era sacrificarlos, papeleta que me tocó por traerme un rifle sin saber por qué, quizá por la referida premonición… Quitándome la chaqueta para no mancharla de sangre, me acerqué a la jaula y, aprovechando un momento, metí el cañón entre los gruesos barrotes, haciendo dos rápidos disparos a la cabeza, abatiéndolos y acabando con aquel lamentable y horrible espectáculo, viendo cómo se despedazaban aquellos pobres animales, que su razón tendrían y nosotros nunca pudimos saber…

El tercer oso que abatí fue con destino a un museo privado, cazado en Croacia, sin el menor problema, pues todo lo que tuve que hacer fue apuntar, disparar y sacar la foto, y si hubo algún riesgo fue el de quedarme tieso por culpa del gran frío reinante, pero en absoluto por culpa del oso, que falleció cristianamente sin darle tiempo ni a santiguarse…, sin osos feroces atacando, luchas cuerpo a cuerpo cuchillo en mano, escapadas milagrosas y todas esas fantasías a lo Zane Grey que tanto gustan a los que sólo pisaron asfalto en sus vidas.

Los grizzlies en trofeo caza y conservación

Dos grandes osos grizzlies cobrados en la zona del mar de Okbotsk.

Mi cuarto enfrentamiento con los osos fueron los famosos grizzlies, habitantes de Norteamérica y Siberia, denominados científicamente Ursus arctos horribilis, que son los mayores de todas las subespecies de osos pardos, pudiendo pesar hasta los 410 kilos y medir 2,5 metros de longitud, o puestos en pie. Supongo que lo de horribilis les vendría dado en los tiempos de la pólvora negra de potencia limitada, coincidiendo con la llegada del hombre blanco en aquellas soledades vírgenes en los siglos XVII y XVIII, armados con rifles netamente inadecuados para enfrentarse a osos tan grandes y fuertes como los grizzly, dando lugar a numerosos accidentes que fue lo que dio lugar a lo de horribilis o, al menos, eso es lo que tengo entendido, pero no me hagan mucho caso, pues no soy un experto, ni mucho menos, en la fauna norteamericana, tan lejos de mis habituales tierras africanas.

Texto y fotos: Tony Sánchez Ariño

¡Feliz cumpleaños Tony!

Continuará….