Aventura extrema en la Taiga Siberiana, los osos Grizzly

Acompañemos a Tony Sánchez Ariño en esta segunda parte de su escapada tras los grandes osos siberianos.

Si todavía no has podido leer la primera parte, lo puedes ver aquí.

Cada cada día implica un desafío, una travesía única en la que cada obstáculo superado se convierte en una lección cinegética inolvidable que nos recuerda que estos cazaderos y esta especie hay que confrontar también a las fuerzas de la naturaleza y a los límites propios del cuerpo y la mente.

Tony frente a la catedral en moscu en trofeo caza y conservación

Tony Sánchez Ariño frente a la Catedral de San Basilio en Moscú.

Montamos el campamento con tiendas de campaña con «aire acondicionado» natural, según soplara el viento de este a oeste, o viceversa, a través de los múltiples agujeros que las decoraban y dejaban pasar un viento gélido que me hacía echar de menos, con toda el alma, las temperaturas de Sudán Meridional (entre 40 y 50 grados ¡sobre cero!). No quiero ser crítico, pero me temo que esta compañía de cacerías siberianas debió de adquirir las referidas tiendas entre las que se utilizaron en la guerra ruso-japonesa –hacía bastante más de cien años–, con el resultado de que, al menos los españoles, teníamos que usar un saco de dormir donde nos metíamos vestidos y con los gorros de piel hasta la barbilla, quitándonos únicamente las botas, y eso a la fuerza, pues con ellas no se cabía en el saco de dormir.

Caza internacional en trofeo caza y conservación

Por la mañana teníamos los pies de color violáceo, medio congelados, a los que hacíamos reaccionar frotándolos como locos durante más de media hora… Delante de las tiendas de campaña había un cubo de agua para las abluciones de cada uno o, al menos, esa era la idea, pues, yo nunca me pude lavar utilizando un bloque de hielo, que era lo que salía del cubo, con el resultado de que a la semana olíamos peor un mapache putrefacto por la escasísima higiene de la que disfrutábamos, al menos todos los españoles, a pesar de la buena voluntad, pues la cosa llegó al punto de que sólo había dos soluciones: oler a mapache o morir de neumonía triple, por lo que nos quedamos con el mapache que era el Chanel 5 local…

Aquellas malditas tiendas no tenían suelo de lona unido al resto, por lo que por las mañanas las botas estaban pegadas a la tierra con el hielo, teniendo que tirar de ellas para arrancarlas, lo que se conseguía a la fuerza, junto con algunos kilos de hielo unidos a las suelas, el cual quitábamos con un mazo de madera, operación que se tenía que repetir cada mañana…

Mis dos amigos venían armados con un .300 Weatherby y un express 9,3×74, respectivamente, y yo, como de costumbre, con mi .375 Magnum de repetición de acción Mauser. En aquella zona del río Maya se veían algunas huellas del horribilis, pero menos de las que esperábamos, dándonos unas sesiones, hundiéndonos en la nieve, infernales. Por fin, una mañana encontramos el primer oso a tiro a orillas del río Tyry, que quedó seco de un disparo del .300 Weatherby con proyectil de 220 grains (4,37 gramos) que, a la vista de aquella «artillería», el horribilis fue perdiendo bastante prestigio…, sucediendo lo mismo con el segundo, que se fue de este mundo de la forma más tranquila sin presentar cara en ningún momento, terminando así las supuestas cacerías de horribilis a vida o muerte, pues la fantasía humana y las tradiciones folklóricas no tienen fin ni sentido común.

En las orillas del rio tytry en trofeo caza y conservación

Oso ‘grizzly’ siberiano cobrado a orillas del río Tyry.

Cambio de cazadero

Una vez terminada esta primera cacería y regresando mis amigos a España, Alexei y yo decidimos explorar otra zona en la que aseguraban que abundaban los osos, seleccionando al final un lugar a la orilla del mar de Okhotsk, donde, además, había una casa de troncos hecha por los cazadores de pieles que, al lado de las vetustas tiendas de campaña, parecía una suite del Hilton, con cabida para cuatro personas, a salvo del gélido viento y con una estufa central que nos permitía dormir sin el temor de morir congelado durante la noche, cuando la temperatura tendía a bajar hasta los -20 °C y algunas veces más, lo que no era para salir de paseo después de cenar para tomar un poco el aire fresco…

Por lo visto, de milagro, sí que funcionó la radio de Nelkan y vino el helicóptero sin problema. Despedimos a los amigos que ya regresaban a España, renovamos las provisiones que hacían falta, dormí en una cama de verdad y me duché tres veces con agua caliente (¡qué maravilla!) –la primera para reblandecer la mugre acumulada, la segunda para que se pudiera desprender sin tener que recurrir a un cincel y un martillo, y la tercera para poderse enjabonar con verdadero lujo y oler otra vez a ser humano–.

Los grandes cangrejos en trofeo caza y conservación

El autor mostrando los grandes cangrejos de Kamchatka.

En la nueva zona de caza pusimos el campamento al sur de la pequeña población de Ayan, en una bahía preciosa resguardada de todos los vientos, donde las focas solían llegar a la orilla del mar para tomar el sol, que en abril sí que calentaba hacia mediodía, al tiempo que se comían los arenques de los que había a millares por todas partes. Además, muy a menudo, aparecían grupos de orcas muy cerca de la orilla, saltando y dando vueltas jugando entre sí… y comiéndose alguna que otra foca despistada, que no parecían enterarse del peligro las pobrecillas…

A un lado de la minibahía se encontraba una roca enorme, quizá entre siete u ocho metros de altura, pero de fácil acceso, que nos permitían subir sin ser Tarzán de los Monos, sentarnos y, desde allí, tener una vista preciosa del mar de Okhorsk, de las orcas, las focas y unos bancos de arenques que se perdían en la distancia, compactos y sin final… como debió de ser aquello desde el principio de la Creación, un verdadero sedante para el espíritu, tan opuesto a las miserias de este mundo actual, dominado por la corrupción, políticos de tercera regional, ignorantes a nivel mundial, pues, si unos son malos, los otros son peores, teniendo que recurrir ahora a la inteligencia artificial y todos los trucos de trileros a los que puedan acceder para seguir chupando en beneficio propio, pues no hay que olvidar que la política «es la locura de muchos en beneficio de unos pocos».

En esta nueva zona desde el primer día vimos rastros del horribilis, gracias al nuevo guía que encontramos en Ayan, viejo amigo y compañero de Alexei, que sí conocía aquello como la palma de la mano, llamado, como todos los rusos, Vladimir, salvo raras excepciones… como si no tuvieran otros nombres en el Santoral, algo parecido a lo que ocurría en mi tierra valenciana antiguamente, que todos se llamaban Pepe.

Abates rápidos y certeros

Habíamos quedado en que, si algún horribilis pretendía darle un revolcón al cazador después de herirle, que yo lo doblaría para evitar males mayores con mi .375 Magnum, pero en total con todos los osos cobrados sólo tuve que intervenir dos veces. Fueron en favor del oso, que le habían fracturado la pelvis y el pobre animal no podía moverse, pero sí quejarse con fuertes rugidos, seguramente por los dolores que tendría el pobre animal. Toda mi vida tuve un principio inalterable, que era evitar por todos los medios que el animal sufriera, procurando que la bala llegara a su sitio de forma que el animal no se enterase de lo que le sucedía, lo cual era muy fácil si uno se ajusta a las siguientes reglas: no disparar si no se está seguro de acertar en el lugar preciso; jamás disparar «a ver si hay suerte», pues esta teoría siempre sale mal, con pobres animales heridos, lo que es un crimen; utilizar siempre el calibre y la munición correcta de acuerdo con la pieza que se pretende cazar; y no precipitarse con el disparo, pues el 99 % de las veces el animal está tranquilo ignorando lo que le amenaza y el cazador puede tomarse todo el tiempo que quiera para asegurar el disparo, pues los nervios y las prisas suelen dar malos resultados en la caza.

El segundo oso que tuve que doblar, después de recibir un mal disparo por la zona del vientre, salió corriendo a una velocidad increíble para tan pesado animal, pero no hacia nosotros, sino escapándose. El terreno allí era bastante despejado, lo que me permitió hacerle un disparo por la zona del ano, que lo frenó haciéndele caer de bruces y, mientras intentaba levantarse, me dio tiempo a llegar corriendo a su lado y rematarlo rápidamente para que no sufriera, con un disparo en el cuello que lo fulminó.

Los osos en trofeo caza y conservación
Supongo que algún cazador deportivo y profesional de la «nueva hornada» que lea mis libros y artículos, le sorprenderá mi insistencia en que hay que evitar en todo lo posible que el animal sufra cuando lo cacemos, lo que para mí es fundamental por una simple razón: por muy animal irracional que sea, él en su mundo es tan feliz y sensible como nosotros en el nuestro, acusando los malos disparos con su forma de expresar el dolor y, ya que les privamos de su vida, hay que hacerlo de la forma menos cruel, sin enterarse del impacto del proyectil que la segará… Personalmente, siempre recomendé a todo el mundo que iba de safari el practicar el tiro hasta tener la absoluta seguridad en él, ¡de verdad!, pues era mejor ir de caza con treinta cartuchos seguros que no trescientos como para hacer «una guerra», dejando el «campo de batalla» lleno de heridos a su suerte, lo que no tiene justificación, y conste que hablo, por desgracia, con pleno conocimiento de lo que digo.

En la tercera cacería, cobramos dos grandes osos a lo largo del mar de Okhrst, sin más complicaciones que apuntar y disparar, si bien uno de los osos, en su agonía, aún quiso intentar revolverse sin conseguirlo, pues ya estaba prácticamente en el «paraíso de los osos»…

Cambio de cazadero en trofeo caza y conservación

Mi oso ‘de saldo’

Finalmente, solamente quedaba por cazar mi oso, el que la compañía me cedió por un precio de saldo como compensación de los seis clientes que les proporcioné, un timo que no me importó, pues todos eran amigos y, naturalmente, nunca pretendí lucrarme con ellos, pues mi compensación fue conocer Siberia con su inmensa taiga, que es otro mundo desconocido y fascinante para quien esté dispuesto a pasar todas la incomodidades en «cantidades industriales» y sirva como ejemplo lo siguiente:

En el primer campamento que tuvimos partiendo de Nelkan, cuando todos estaban listos, uno de mis amigos, con la ayuda de Vladimir, preguntó que dónde estaban los servicios higiénicos. Le contestaron que a su alrededor habían varios millones de pinos y que seleccionara el que más le gustara como toilet particular, quedando el pobre de una pieza ante el panorama de tener que unificar las «funciones» de contorsionista de circo junto con la evacuación intestinal en cuclillas, siempre con temperaturas bajo cero, lo que era un verdadero martirio del que puedo dar fe, con alto riesgo de que se le congelara una parte «muy delicada» de su anatomía, lo que sería, además de peligroso, triste…

¡Ay! En el segundo campamento, en la zona de Ayan, estaba la casa de troncos bastante cómoda, pero nada más, por lo que «agarrando» del cuello al carpintero, le indiqué lo que tenía que hacer, inmediatamente: una caseta-toilet de madera. Le hice un dibujo mostrándole cómo tenía que ser aquel lugar tan privado, para evitar los martirios chinos sufridos en el campamento anterior. Lo entendió sin gran problema, haciendo una especie de garita, con su puerta correspondiente y dentro hizo un agujero muy profundo, colocando la tierra sacada a un lado, provista de una pala para tirar parte de la referida tierra una vez terminada la imprescindible función natural de la que no se escapa nadie, guapo o feo, rico o pobre, famoso o pordiosero… y, sino, ¡kaputt! Además, hice construir un buen asiento para hacer la función lo más cómoda posible, pero echando de menos un periódico, que es donde se suele leer…

Como estábamos a la orilla del mar, aprovechábamos para pescar arenques y otros pescados, muy buenos, pero que nunca recordé sus nombres en ruso. De Ayan uno se trajo una extraña caja, muy grande, con una entrada, pero de imposible salida, donde capturábamos los famosos cangrejos de Kamchatka que estaban buenísimos y de los que me daba unos atracones con avaricia…
Ahora ya sólo faltaba cazar mi oso, pues los amigos siempre tuvieron prioridad para cazar, de acuerdo con los planes que establecí a gusto de todos, pues nunca hay que ser abusivo, sino generoso, al menos esa es mi forma de pensar, aunque en el mundo de la caza es precisamente lo contrario, dicho sea sin señalar a nadie, pues cada uno es como es y allá cada cual con su conciencia…

Pescando arenques en trofeo caza y conservación

Pescando arenques en la bahía, frente del campamento.

Un blanco perfecto

Mi oso «de saldo» fue cobrado en un lugar alejado del mar, en una zona boscosa entre colinas. Uno de los guardas forestales de Ayan, que tenía que patrullar aquellos bosques para prevenir incendios, me dijo, poco menos que por señas, que había visto las huellas de un oso, más o menos por el mismo territorio, y que, si quería, me acompañaría para mostrarme los rastros, supongo que al olor del muy posible vodka como compensación.

Tamaño de osso unico en trofeo caza y conservación

Tony con un oso Grizzly de ‘saldo’ que resultó el segundo en tamaño de los siete conseguidos.

Les expliqué lo que medio había entendido a Vladimir y Alexei, quienes hablaron con el forestal aclarando las cosas, entre ellas, que el oso no estaba lejos, como yo había creído entender, sino bastante cerca, no más de media hora andando. Dicho y hecho, a la mañana siguiente salimos en busca del posible horribilis, pues los últimos amigos ya se habían vuelto a España y estaba libre para hacer lo que quisiera en la última semana que me quedaba antes de volver a casa, en Valencia.

Preparado para cruzar rios en trofeo caza y conservación

Tony con las imprescindibles botas altas de goma muy resistentes para andar por la taiga, pisando la nieve, cruzando ríos, etcétera.

Salimos un grupo bastante numeroso, pues, aparte del guía forestal, venían Alexei, Vladimir, cuatro voluntarios del campamento y yo, naturalmente, con agua y comida por si la cosa se alargaba más de lo previsto, pues en la caza no se puede estar nunca seguro de nada, excepto en esos miserables y abominables cercones donde se asesinan indefensos animales, especialmente jabalíes…

Los osos siberianos en trofeo caza y conservación

Sin ningún problema llegamos por fin a los valles y colinas, ya con plena luz del sol. Quizá no habríamos dado un par de vueltas cuando Alexei encontró el rastro de un oso todavía muy fresco, pues sus excrementos estaban húmedos y blandos, con orines brillando sobre una piedra al lado. El horribilis debería estar en las proximidades, por lo que rápidamente hicimos dos grupos. Alexei y yo nos fuimos siguiendo el rastro, y el otro grupo se quedó quieto, para no hacer ningún ruido, al lado de un árbol, contando con la posible protección del forestal si llegara el caso, pues también disponían de un arma.

Miré el reloj, como siempre hago para calcular los tiempos de ida y vuelta cuando comienzo un rastreo. En esta ocasión, a los 22 minutos exactos, vimos al oso caminando lentamente a unos treinta metros, con la ventaja de que lo hacía con el viento de cara, por lo que no podía olfatearnos.

El animal estaba de espaldas, no ofreciendo un punto seguro donde dispararle, por lo que Alexei me indicó, por señas, que me preparara y cuando el oso entró en un lugar despejado como un pasillo en la ladera de la colina, imitó el sonido de un animal, con el resultado de que el oso se paró, dio media vuelta rápidamente con la cabeza levantada mirando en nuestra dirección, sin nada que nos ocultara unos de otros, o sea a pecho descubierto. Con la cabeza levantada ofrecía un blanco perfecto al pecho y, apuntando donde calculaba que estaba su corazón, un poco hacia el lado izquierdo, le hice un disparo con el .375 Magnum y con bala de 300 grains (19,35 gramos) que le dio un empujón, tumbándolo de costado, pero intentando levantarse. Mientras tanto, salí corriendo hacia el animal, que ya no tenía nada que hacer, para darle un tiro de gracia y evitarle sufrimientos. Llegué a unos cuatro metros, en contra de los chillidos de Alexei diciendo que no me confiara, y le hice el habitual disparo en el cuello que los mata en el acto o, como decía un amigo mío, «los deja sulfatados».

Entonces oímos los gritos de los demás, que venían al sonido de los disparos, pues ya pensaron que había caído el oso, como así era. Al llegar nos dieron abrazos a los dos, al tiempo que tocaban al oso diciendo que era muy grande, según me tradujo Vladimir, y que luego resultó ser el segundo mayor cazado, pero por pura casualidad y de la forma menos «heroica», ya que el pobre animal dio todas las facilidades posibles para que le pegara un tiro, dicha sea la verdad, sin pretender ponerme una medallita. Conozco unos americanos que, si hubieran sido ellos los que realizaran este lance, hubieran escrito un libro de 200 páginas relatando cómo, jugándose la vida cada cinco minutos, consiguieron abatir aquel horribilis sediento de sangre y supermemeces por el estilo, y lo peor es que hay indigentes mentales que se creen todas las fantasías escritas en letras de molde…

caza en trofeo caza y conservación

Reflexiones sobre los grizzlies

Después de todo lo dicho en estas notas, según mi experiencia con los osos «grizzly» siberianos o americanos, que son los mismos, por mucho que pretendan ciertos cazadores lo contrario, quisiera aclarar ciertas cosas en pro de los horribilis.

  • A pesar de que nosotros no tuvimos el menor de los problemas con ellos, no hay duda de que son animales que pueden ser muy peligrosos si uno se toma estúpidas libertades con ellos, facilitando que puedan crearse serios accidentes, incluso mortales, como suelen ocurrir de vez en cuando, pero el 95 % propiciados por la insensatez del ser humano que, sin la menor duda, desconocen una cosa muy importante que se llama sentido común.
  • Otro factor de posibles accidentes es utilizar armas y calibres inadecuados contra un animal de esa potencia y tamaño, incapaces de parar su ataque por falta de potencia de choque y, aunque mi experiencia es muy limitada con los osos grizzlies, para estar en el lado seguro, creo que no se pueden usar proyectiles de menos de 300 grains o 19,35 gramos, considerando el .375 Magnum como el arma ideal, basándome en el hecho comparativo de que cobré 118 leones en África con él sin sufrir el menor arañazo durante los 62 años que fui cazador profesional allí, incluido el haber parado varias cargas de estos animales heridos, mayoritariamente por otras personas y luego me correspondió el dudoso honor de tener que buscarlos y terminar con ellos…
  • Los osos grizzlies son animales, si no se les incordia, tranquilos y pacíficos, que lo único que pretenden es vivir en paz sin comerse a nadie, ni mucho menos, deambulando por sus bosques buscando frutos y bayas cuando es la temporada, miel –a la que son bastante aficionados– o carne de otros animales salvajes, pues, al igual que los humanos, comen de todo: carne, pescado, verdura y frutas indistintamente, o sea, que no tienen problemas para llenar el estómago.

Reflexiones osos en trofeo caza y conservación

Tengo varios amigos cazadores profesionales en Alaska y el Ártico canadiense quienes, con su gran experiencia, coinciden con la escasa mía totalmente –lo que me quita un peso de encima por si hubiera dicho, sin saberlo, una gloriosa idiotez–, coincidiendo todos en que los osos grizzlies y demás integrantes de la familia, cuando son muy mayores o viejos, lo que buscan es lo mismo que el ser humano, las tres ‘C’: calor, cariño y comodidad, y si no que me pregunten a mí, que cuando se publiquen estas notas ya habré cumplido 95 años, si Dios quiere, que espero que sí quiera, ¡por favor!

Texto y fotos: Tony Sánchez Ariño

¡ Feliz Cumpleaños Tony!