En base a este hecho, en la primera década del siglo XXI se promulgaron leyes en las que figuraban directrices para la gestión de la alimentación de especies necrófagas en España.
Tales directrices indicaban que los cadáveres y restos de ungulados salvajes cinegéticos no sometidos a aprovechamiento comercial podrían ser depositados en muladares vallados o en puntos de alimentación no vallados, siempre que no se sospechara que los animales hubieran muerto como consecuencia de enfermedades transmisibles a las personas y otros animales, y existiese una autorización en su uso y transporte, recomendándose, además, que, en la medida de lo posible, estos subproductos no contuvieran plomo procedente de la actividad cinegética.
Opino que la medida no está mal, aunque el proceso de recogida de esos subproductos, su transporte a las zonas de alimentación y la indagación de la ausencia de plomo en ellos no es tarea sencilla.
Aparte de estos aportes de alimentos procedentes de cacerías, desde hace bastantes años existen programas en ciertas zonas cuyo objetivo es idéntico, es decir, el de proveer comida para las aves necrófagas procedente de los mataderos industriales.

Digo esto porque lo he presenciado en persona: corría el año 2014, justo el 10 de junio, en los alrededores del pueblo segoviano Montejo de la Vega, en el Parque Natural Hoces del río Riaza, cuando dentro de un espacioso observatorio tuve la oportunidad de contemplar a más de un centenar de buitres leonados junto con varios ejemplares de alimoche común compitiendo entre ellos para alimentarse de los restos de matadero que le habían suministrado poco antes.
La verdad, ¡impresionante espectáculo! Pero hay aún más: la visita casi diaria que hacen a algunos vertederos en los que devoran toda clase de desperdicios que comparten con, entre otras especies de aves, cigüeñas, gaviotas reidoras, gaviotas sombrías, milanos real y negro, garcetas comunes, garcillas bueyeras, etc., y con algún que otro mamífero.
Estos vertederos, convertidos para algunos en auténticos ecosistemas, los han bautizado no hace mucho con el nombre de «basuralezas» que, desde mi punto de vista, es ridículo y cursi.
Por finalizar este capítulo «gastronómico», digamos que está en entredicho el asunto de si nuestros protagonistas los buitres llegan a matar y comer ganado. Personalmente nunca lo he visto, pero, al parecer, existen pruebas fehacientes de que este hecho sucede en ocasiones. Ciertas personas, para mí de lo más honestas y fiables en cuanto a la narración de sus vivencias, me aseguraron que habían presenciado a los buitres atacar a corderos recién nacidos para, a continuación, devorar su carne.
No me extrañaría. Los autores del libro «Aves Rapaces de Europa de 2019″, Alex Ollé y Fran Trabalon cuando se refieren a la alimentación del buitre negro dicen textualmente: «junto a los mamíferos, las aves representan porcentajes anecdóticos. Ocasionalmente puede depredar sobre reptiles, incluyendo tortugas. De manera más residual se ha documentado el consumo de insectos».

Entre los dos buitres, leonado (Gyps fulvus*) y negro (Aegypius monachus**) existen diferencias morfológicas significativas. Mientras que el primero presenta coloración general pardo clara, cuello desnudo con escaso plumón blanco y cola corta bien redondeada, el segundo muestra coloración uniforme muy oscura, cabeza pardusca pálida y cola algo apuntada. Para mi gusto, el negro es más atractivo que el leonado.
El nombre común español de buitre procede del latín arcaico voltur que, a su vez, podría tratarse de un término etrusco prestado al latín: volturnus y volturnius se referían al antiguo uso de la observación del vuelo de los buitres para establecer augurios.
En cuanto a los idiomas cooficiales se conoce el buitre leonado como voltor comú en catalán, voitre en gallego y sai arrea en vasco, y el buitre negro como voltor negre en catalán, voitre negro en gallego y sai motza en vasco. Y en cuanto a otras denominaciones en las distintas zonas españolas al buitre leonado se le llama abanto, abutre leonado, arrano, arrián, arrianglo, arrilano, butre elonado, grifó comú, güeitre, mirusai, pajarraco, putre, utre leonado, voitre común y voltor lleonat, y al buitre negro, abutre cincento y arpellot.

Observamos que hay diferencias en el número de vernáculos atribuidos a uno y otro buitre.
Es natural porque la distribución geográfica del leonado es más amplia que la del negro. De esta forma, el primero ocupa todos los sistemas montañosos excepto el occidente cantábrico y Galicia, donde es esporádico, y las sierras litorales catalanas, levantinas y del sureste, y el segundo, aun cuando se distribuye por todas las regiones del territorio peninsular e, incluso, por las islas de Mallorca, Menorca e Ibiza, lo hace de forma muy localizada.
Afortunadamente, las poblaciones de ambos están bien consolidadas en nuestro país: Keller y colaboradores en su libro del año 2020 «European Breeding Bird Atlas» indican que el leonado contaba con un máximo de 37.000 parejas en el 2010 y el negro con 2.548.
Notas
*Gyps fulvus: Gyps: del griego gups, ‘buitre’; fulvus: del latín fulvus, ‘leonado’. (Buitre leonado: por el color arena del dorso y de las plumas tectrices).
**Aegypius monachus: Aegypius: del griego aigupios, ‘buitre’; monachus: del griego monakhos, ‘monje’. (Buitre monje: bien en referencia al color negro similar a los hábitos de un monje o bien a que lleva una capucha recogida a la manera de los monjes).

Difieren en ciertos aspectos. Mientras que el leonado nidifica en cualquier tipo de litología prefiriendo los cortados calizos que ofrecen mayor disponibilidad de oquedades, el negro lo hace en sierras boscosas apartadas con agrupaciones de grandes nidos sobre alcornoques, encinas, pinos… Aun así, ambos pueden coincidir para comer la misma carroña, originándose a veces graves disputas entre ellos.
Tales peleas no he tenido ocasión de contemplarlas cuando he visitado algún que otro punto de alimentación, pero sí he visto a veces los unos junto a los otros reposando tranquilamente bien en los árboles, bien en el suelo.
En verdad estas aves son impresionantes en cuanto a su tamaño (de dos metros y treinta centímetros a dos metros ochenta centímetros de envergadura) y peso (de 7 a 12 kg), y en cuanto a su espectacular forma de vuelo. Recorren grandes distancias en búsqueda de su yantar, esperan por la mañana a que el sol se levante y empiece a calentar el suelo, generándose las primeras corrientes térmicas, para iniciar su movimiento para, a continuación, pasar muchas horas planeando hasta que, gracias a su gran agudeza visual o a la presencia de urracas y cuervos detectan al animal muerto.

Dos postreras notas sobre estos portentosos animales. La primera: los dos llevan a cabo las paradas nupciales en otoño, paradas que se desarrollan con vuelos conjuntos de la pareja dentro de la misma corriente térmica estirando las patas y agarrándose, en ocasiones, por los tarsos.
El leonado pone un solo huevo entre los meses de enero y febrero que incuban los padres durante unos 58 días al cabo de los cuales nace el pollo que es alimentado hasta los 110 o 120 días, saliendo del nido entre los meses de julio y agosto. El negro también, por lo regular, pone un solo huevo entre febrero y abril que incuba durante 55 días y cuando eclosiona alimenta a la cría entre 110 y 130 días.
Y la segunda nota, algo curiosa relacionada con la duración de la vida de estas aves: se sabe en la actualidad con más o menos exactitud que esa duración no sobrepasa los 25 años, al contrario de lo que en el siglo X afirmaba Isidoro de Sevilla, que vivían más de cien años, conjetura basada según indica Tim Birkhead en su libro de 2017 «La sabiduría de las aves», en la asunción implícita, quizá derivada de Aristóteles, de que los animales más grandes vivían más que los pequeños.

