Abordamos ahora las posibles soluciones para afrontar el problema que nos ocupa y preocupa. Y vamos, por desgracia, a poner África como triste ejemplo, puesto que algo conocemos del continente negro. Allí, en la tierra madre que nos regaló a nuestro más primigenio antecesor, el Hombre, «bípedo desagradecido» lo llamó Fiódor Dostoyevski, no sólo no lo ha hecho, agradecer, sino que se ha ensañado, con tal salvajismo, crueldad, sadismo e insensibilidad, que supera los límites de lo imaginable.
Respecto a los repugnantes canallas que cometen sus bajezas en el mundo que tenemos por civilizado el primer grupo, a nuestro humilde entender, la única forma de, si no acabar sí disminuir de forma muy significativa la incidencia del mal que hacen, sería incrementar exponencialmente la severidad de las penas a aplicar al furtivo juzgado y condenado: miles, muchos, de euros de multa, privación del permiso de armas por supuesto, pero también del de conducir y, en última instancia, y si la gravedad del caso así lo exige, ¡a la trena!, en proceso rápido y ejemplarizante.

En el caso de los miserables que se juegan la vida por unos colmillos de facochero o el pellejo de un leopardo, la posible solución debe atender dos diferentes frentes: por una parte, agilizar y pragmatizar la lucha internacional contra el tráfico ilegal de huesos, pieles y marfil; por otra, la legalización, inmediata, del comercio legal de estos productos obtenidos de modo controlado y legítimo contra una parte del segundo grupo. En segundo lugar y, por fin, atacando de frente, no con donativos hipócritas, humillantes e insuficientes, la miseria en la que se ahoga gran parte de la población del África subsahariana, a pesar de las inconmensurables riquezas que las tierras en las que viven poseen, pero esto ya sería objeto de otro trabajo: la «política» de los «políticos» de la inmensa mayoría de los países del cono sur africano tiene ganado el patíbulo, pero no una vez, ¡no!, media docena, ¡al menos!
Bueno, dejemos, como decimos, esto para otra ocasión y continuemos con lo nuestro. Créanme si les digo que nadie se dedicaría a «furtivo ejecutor» la otra parte del segundo grupo, así llamamos en la entrega anterior a los desgraciados sicarios, en las condiciones en las que lo hacen, si tuviesen cualquier otra alternativa, pero no la tienen.
Hemos hablado de las causas que afectan a la conservación y mantenimiento de la vida salvaje en África, no vamos a repetirlas hoy, pero nos quedaremos con una: la invasión descontrolada de agricultura y ganadería en tierras que no pueden dar lo que no tienen, tierras en las que sólo los animales salvajes que se han ido adaptando a ellas, pueden sobrevivir y reproducirse.
Se trata, pues creemos, con firmeza absoluta, que el único camino por el que avanzar con esperanza razonable y posible, sería regresar a un punto que nunca nos debiéramos haber permitido sobrepasar, aunque lo hicimos. (Continuará).
Autor: Alberto Núñez de Seoane

