Estreno de una jóven cazadora en la mayor

Una jornada de montería, el estreno de una joven cazadora y la compañía del Careto se convierten en el escenario de una historia de emoción, aprendizaje y pasión por la caza mayor.

Se produjo la suelta provocando como siempre un escalofrío en los rehaleros. No hubo sorteo, se repartieron la mancha sabiendo que hoy a Bartolo le tocaba la mano alta del Barranco del Infierno.

Un barranco que parecía un hachazo en medio de la sierra donde el sol entraba sólo para recordar que era el astro rey y marcharse al poco rato. Las matas negras del fondo habían crecido al albur del Arroyo del Reventadero, que pasa por allí levantando piedras siempre que llueve un poco fuerte, regalando humedad para temporadas enteras.

La mano alta del barranco es cómoda y coincide en casi su totalidad con la Verea de Aguamulas, una antigua mesta de ganado que parte la heredad y divide las fincas de don Rafael y don Manuel. En esa zona el monte es menos espeso y siempre tiene el alivio de la mesta, por donde se puede andar sin grandes apreturas.

Nada más soltar, los perros habían casi desaparecido de la vista internándose en el monte siguiendo los rastros que había dejado una noche de trasiegos en busca de lombrices, raíces de cebollas silvestres y el maíz que Manolín repartía desde dos meses atrás.

—¡Hombre, no!, si no, ¿a qué van a venir los guarros?, ¿a qué les invites a una hamburguesa en lo de Mari, la del Capones? ¡Y este año bien que se lo he salteao con habas secas!

El Careto normalmente veía el espectáculo desde las inmediaciones de la Casa de Arriba y despedía a los perros con unos cuantos ladridos roncos como truenos, sin más aparato ni alardeos.

Al monte, acompañaba a Manolín cuando iba a echar de comer a las reses y, siendo cachorro, ya le quedó claro que los conejos no se dejan coger así de fácil, por lo que su determinación en mirarlos casi con desprecio, cuando corrían de sus patas, se veía raramente alterada. rehala en revista trofeo caza

Hoy, caminaba junto a María y, en eso de la caza mayor, se podía asegurar que ambos eran debutantes. Los dos seguían el paso de Bartolo que animaba a los perros con su voz de cante hondo:

—¡Vamos, Meaculos! ¡Ale ahí, con ellos, Martinete!, ¡Ruuuubia!, ¡la madre que te parió, no te saltes la mata…!

Y la Rubia daba la vuelta y se metía como un bulldozer dentro de la mata negra.

María le iba hablando al Careto, que asistía al espectáculo de voces y ladridos sin demasiado interés, cumpliendo con la labor de escudero que, por cariño a la chiquilla y por su propia comodidad, se había adjudicado.

—Careto, si sale un cochino, tú no te metas. Que ya se las apañan los perros de mi padre, que los cochinos tienen muchos más dientes que tú… ¡y mucha más mala leche!

Llevaban muy poco andado cuando la Luna cantó un guarro. Los demás reaccionaron a la llamada y a los gritos de Bartolo. En segundos comenzó la ladra y la carrera. María se contagió del entusiasmo y empezó a animar a los perros imitando a su padre:

—¡¡Vamos, Luna!!, ¡Carreras, que es tuyo!, ¡¡Venga por él, Pavarottiiiiii…!!

Paco, el de la Trini, que iba por la mano media, se reía a carcajadas escuchando aquellos gritos infantiles y la animaba:

—¡Venga, María, que tienes que llegar al agarre!

—¡Que no me deja mi padreeee! ¡Que no tengo cuchilloooo…!

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El lance se resolvió con un par de tiros del cinco del Barranco del Infierno. Los perros ladraron a muerto y regresaron sobre sus pasos a retomar la tarea donde lo habían dejado.

Mientras se reorganizaban las fuerzas, Paco subió hasta la mesta a la altura de María y su padre.

—Pero, joder, Bartolo, ¿cómo te traes a esta mujer a montear sin cuchillo?

Dejó el morral en el suelo y sacó un pequeño puñal, similar a una daga castellana de apenas veinte centímetros de hoja, que puso en la cintura de María sujetando la funda con el cordón de los zahones. La chiquilla estaba entusiasmada y repetía a voces lo que había visto y lo que había creído ver, se lo contaba a su padre, a Paco y, sobre todo, al Careto, que la escuchaba moviendo la cola.

La mañana fue sonada, levantaron más de doce guarros y María vivió con pasión cada lance. De vuelta a los camiones, en cuanto tuvo a la vista el cortijo, salió corriendo con el Careto a su lado, llamando a voces a la señora, que ya esperaba su llegada, como siempre, en el porche de la casa.

Cayetana la vio venir con las manos llenas de sangre y un par de tiznajos, también de sangre, en la cara. La chiquilla era la imagen de la alegría, del entusiasmo, de la auténtica felicidad… Se abrazó riendo a la señora y, sin darse tiempo para respirar, soltó a bocajarro:

—Cayetana, he rematado un guarro enorme

—¿No me digas que esos salvajes te han dejado a ti sola rematar un guarro?

—¡Sí, sí! Bueno, ya estaba muerto y me han dejado rematarlo con el cuchillo que me ha regalado Paco.

Las risas de las dos se confundieron con el sonido de las caracolas llamando a recogida y los lengüetazos del Careto hinchándose de agua.

Autor: Carlos Enrique López Martínez