Corría el final de la década de los setenta y un grupo de cazadores, unos más jóvenes que otros, nos unimos para formar una sociedad de caza. La sociedad nació con los cargos, ya que los promotores eran los Maza. También había un tesorero de quien no recuerdo su nombre, mal cargo para una sociedad lúdica. El presidente era Emilio Maza Rivero y el capitán, por cierto, con mando en plaza, era Pedro Maza Piñero; los demás, después, como dijo el torero.
Una sociedad sin ánimo de lucro, con resultados modestos, salvo algún día de gloria, pero con un gran ambiente de caza y sin ninguna pretensión. Teníamos de todo: cocinero, postores, furtivos-cuidadores de las fincas y hasta casi capellán. Por cierto, que algo contaré de él.
Las zonas de actuación eran muy determinadas. La más importante estaba en la comarca de Valencia-San Vicente de Alcántara, con fincas muy metidas en la misma frontera de Portugal, fincas con una falta grande de madre en lo relativo a las reses. En lo relativo a los cochinos estaba la frontera con Portugal a lo largo del río Sever que alimentaba de caza a esta zona.
También cazábamos a la vuelta con el embalse de Cedillo y mucho de ello estaba cerca de la que fue la Encomienda de Claverías o también conocida como Coto Garay, apellido de la propiedad. Esta, en sus distintas partes, surtía de reses a todos los alrededores. Fincas muy aprovechadas por el ganado y con pocos recursos para la caza. Pobres de pastos y con un monte de encinas y alcornoques decente en la mayor parte. Unas más quebradas que otras, entre ellas la que daba nombre a la sociedad, Los Asientos del Farrapo, propiedad de Emilio Maza, Chaves y Rodela, Ballesteros, Atoquedo, Mallamao, Las Cuadrillas, Solana, La Mula y Manjuanes, el Torrico de San Pedro, la Sierra del Lugar, Veredas y Alcornoque Alto y alguna mas que ahora no recuerdo.
La carretera para llegar a estas monterías era regular, es decir, los kilómetros había que hacerlos y eran largos, todo con nieblas y madrugones. De hecho, allí se acaba España y empieza Portugal.
Otra zona donde cazábamos era la de Cordobilla de Lácara. Entre ellas, la preciosa Navavaca y Los Machales. Estas fincas eran mucho más agradables de cazar y los resultados eran siempre buenos.
La sociedad no duró mucho tiempo, fue hasta los finales de los ochenta, el tiempo en que creo que la sociedad se disolvió o, al menos, que dejé de ser socio. Creo que Pedro Habela tomó con su orgánica el testigo de aquellas monterías.
Con cariño recuerdo al cura que alguna vez se ponía en un puesto, cuyo nombre ya no está en mi memoria. En la montería de la Mula y Manjuanes un año le entró un vareto hermoso y, de un magnífico tiro, con escopeta, el animal cayó redondo. Ni que decir tiene que matar un vareto era casi pecado en aquella época. Cuando apareció el animal en la junta y se enteró Pedro Maza de aquello, con el debido respeto, pero serio, le dijo algo al cura y este le contestó rotundamente: «Pedro, lo siento, se me llenó el ojo de venado» y Pedro no pudo más que reírse.
En otra ocasión cazábamos Chaves y Rodela y me entró un venado al que previamente habían tirado a mi lado. De un disparo el venado cayó y yo contento porque era decente. Al terminar, el puesto de al lado me dijo que teníamos que ver los tiros y que el había tirado también. Para mí una sorpresa, el venado venia sin un solo rasguño. El puesto del tiro era de Miguel Jiménez Andújar, un gran amigo, simpático y de la edad de mi padre, ¡total nada!
Bueno, pues intervino el capitán, Pedro, y aquello se puso un poco tenso: sólo tenía un tiro y, en aras de saber de quién era, Pedro le preguntó por qué lado había disparado y con toda su astucia le contestó: «He tirado al venado arremolinado». La carcajada fue general. El venado sólo tenía mi disparo y, desollándole, se vio claramente que el único tiro era el de mi rifle. Nunca entendí que Miguel, que nos dejó hace muchos años, fuera tan duro conmigo. Creo que él sabía que el venado era mío y espero que, desde el cielo montero del que disfruta, eche un vistazo a lo que estoy contando.
En otra ocasión a Miguel se le pasó alguna res sin tirar y le preguntaron por que no había disparado. Ni corto ni perezoso contestó que estaba leyendo un artículo sobre «las palabras onomatopéyicas», de la revista americana Reader’s Digest. Lo curioso es que nadie se creía el mensaje. Miguel, ¡aprendiendo de gramática! Sería «parda» porque él era veterinario.
Otro recuerdo de aquellos años fue una montería en Mal Llamado, vaya nombre de finca. Félix Lozano y yo tiramos un cochino y, aunque le pegamos, no quedó en el tiro. Al terminar, el postor, que era de aquella zona, vino a pistear con nosotros y nos hizo una observación que aún no se me ha olvidado. El cochino de cuerpo era decente y, al ver la huella, nos dijo: «Ojo, este cochino es macho y, además, por cómo pisa atrás, ya ha padreado». Toda una enseñanza.
No recuerdo la finca ni el año, pero en una montería a un puesto que estaba de traviesa le entró un magnífico venado y le descargó varios tiros sin que nada pasara. Cuando volvieron los perros, el venado, por los mismos pasos, vino hacia atrás y el puesto se quedó con el sin mas problemas. Al terminar, el guarda de la finca, que estaba al tanto de los hechos, se acercó y le dijo al montero: «En el campo, las cosas que tienen que pasar tienen mucha fuerza». En su razonamiento lo tenía claro: el venado era para el. No se si fue récord de montería ese año en Extremadura.
Otro año la carne de la caza no valía nada y Pedro Maza y su equipo de ayudantes-postores decidieron regalarnos por Navidad unas ristras de chorizos que daba miedo meterles el cuchillo. Estaban muy duras, pero el sabor era auténtico. Gracias, Pedro.
Recuerdos de unos años donde hacíamos muchos kilómetros, cazábamos muchos días, algunos en días de hacer, con resultados regulares, pero lo pasábamos muy bien y teníamos unos fines de semana gloriosos.
Texto: J.l. Silva

