Me fascina ver como evolucionan en auténticas formaciones, propias de una escuadrilla de cazas de combate. Porque eso es lo que son, auténticos cazadores que limpian nuestros cielos de multitud de insectos, siendo pieza clave en el control de los mismos.
Visitan nuestra patria cinco especies de vencejos: el común, el pálido, el cafre, el moro y el real, migran en primavera desde las lejanas tierras africanas para reproducirse en nuestros suelos, recorriendo algunos hasta 11.000 km de distancia.
Velocísimos cazadores alcanzan velocidades superiores a los 90 km/h, incluso los 100 km/h en velocidad punta. Pueden pasarse en el aire meses enteros sin posarse, haciéndolo sólo en época de reproducción. Vuelan constantemente, alimentándose, bebiendo y durmiendo en el aire. Unos especialistas consumados, realmente fascinantes.
Cuanto poderío en un ser de tan pequeñas dimensiones. Mientras, el cazador camina por el asfalto de la ciudad y no puede dejar de levantar la vista cuando oye sus agudos silbidos mientras, como rayos, cazan de forma constante y, de alguna forma, les envidia. Su libertad, su adaptación, sus facultades.

A nosotros, grey de cazadores humanos, nos cuesta mucho más. Tenemos que emplear artilugios de todo tipo para tener algo de éxito en la caza y nos cuesta gran esfuerzo adaptarnos al medio, pero tampoco cejamos en ello. Ahora nos esperan los recechos, los aguardos de verano, los conejos en descaste, las codornices y las palomas, y seguimos soñando con ello, pese a tener que batallar contra tanto viento y marea desfavorable.
Nuestra vida de cazadores es mucho más complicada que la suya: papeles, legislación, restricciones, absurdas imposiciones, persistentes animalistas que no nos dejan ni a sol ni a sombra… una falta importantísima de sentido común que constriñe nuestra venatoria hasta términos ridículos.
Sí, realmente les envidio, me encantaría gozar de su libertad sin límites, de su vida sin imposiciones ni restricciones antinatura.
No pierdo la esperanza de que, algún día, se dé por fin la vuelta a la tortilla y se comprenda la caza que practica el ser humano como lo que es, una forma más de su ser/esencia de participar del medio natural para el que fue concebido, al igual que los vencejos y demás especies de reino animal.
Y que entonces, sólo entonces, se regule la misma con criterio, sin sandeces, sin amenazas, sin coerciones innecesarias, respetando profundamente el sentir de todos aquellos que, a través de aquella, completan sus vidas sin más animo que gozar de un sentimiento atávico que les inunda desde su más hondo interior.
Mientras, seguiré disfrutando de los cazadores libres, como los vencejos, y cada vez que levante la vista al cielo daré gracias por su presencia y me hermanaré con ellos, con su dicha, con su inalterable libertad.
Y, mientras pueda, seguiré cazando y gozando con ellos, con entera libertad de pensamiento, admirando a estos brillantes ases del aire.
Autor: Ramón Menéndez Pidal

