Los pecados de la caza: la soberbia por Alberto Núñez de Seoane

«La satisfacción que conlleva el logro en un lance viene de habernos sabido capaces de vencer al infortunio, de perseverar ante la adversidad y de rectificar errores» — Alberto Núñez de Seoane

 

Con la soberbia completamos los cuatro pecados capitales de la caza. Ni la pereza ni la gula ni mucho menos la lujuria –los otros tres– tienen que ver con nuestro mundo. Con este texto se cierra la serie sobre los pecados capitales en la caza. De todos ellos, la soberbia y la envidia son los más dañinos. En palabras del autor, no puedo determinar con seguridad cuál de ellos sea más nefasto, pero ambos son muy capaces de destruir por completo a los desgraciados que se sometan a su tiranía.

La caza, hoy en día, puede convertirse en un teatro de vanidades, es un fecundo caldo de cultivo para el auge y propagación de la soberbia. Lejos quedaron los tiempos en los que cazar era cuestión de subsistencia. Ahora, según Seoane, se transforma en algo que nada tiene que ver con la propia caza, pero sí mucho con el teatro de vanidades en que muchos humanos han convertido su vana existencia. Se transforma en algo que nada tiene que ver con la propia caza.

Sin embargo, la naturaleza nos enseña humildad. Son continuas las muestras, apabullantes, con las que la naturaleza nos muestra lo poquita cosa que somos. La caza nos enseña, diría que incluso nos obliga, a ser humildes. Son continuas las muestras, apabullantes, con las que la naturaleza nos muestra lo poquita cosa que somos.

El autor denuncia la presencia de advenedizos que, como gusanos en madera húmeda, pudren la caza. los incapaces que pretenden servirse de ella para tapar vergüenzas o disimular carencias, son buena muestra de la condición del soberbio: delatan el pésimo uso de las grandes posibilidades que la caza brinda… al que sabe merecerlas y critica la jactancia y la presunción que, lejos de enriquecer, destruyen el verdadero sentido del campo. El auténtico valor de un lance, afirma, no reside en trofeos o medallas, sino en la sencillez de un lance cabal.

Todas son actitudes hijas de la soberbia, sin gratificación posible, porque el soberbio es incapaz de conformarse con nada, todo será siempre poco para él.

Reflexión final:
¡Qué lejos de lo simple y lo cabal!, ¡qué distante de lo sencillo y lo noble!, ¡cuántos años luz de estéril camino para no descubrir la verdad de lo auténtico, imposible desde las tinieblas.