La inviabilidad de un estatuto animal

¿Llegaremos a que los perros, sin distinción de sexos, se casen con un hombre o una mujer con pleno derecho?

Ni sé ni respondo. El envalentonamiento de los animalistas puede sorprender hasta a los directivos de sus asociaciones más osadas.

De materializarse realmente las audacias que se oyen últimamente dentro y fuera de España, podría ser necesario hacerle un contrato al borrico que carga las reses en la montería, cotizar para las pensiones de los perros de rehala y asistir de parto a las gatas callejeras.

Prudentes predicciones de progreso después de que Pacma haya pedido un «estatuto jurídico del animal» garante de sus derechos a la vida, la integridad física y psíquica y la libertad (omito otros secundarios), así como darles voz en las instancias legislativas, en este caso, matizan los promotores, a través de órganos de representación, como si de personas incapaces o inhabilitadas se tratase.

Quienes se muestren incrédulos, que abandonen su recelo, porque esto y más seguirá sonando cada día por doquier y a mayor volumen. Los apoyos al movimiento animalista no cesan de crecer en Occidente con ocasión de cada nuevos comicios. Y en algunos ordenamientos (incluso autonómicos nuestros) ya están prácticamente consolidadas la asistencia sanitaria, la dieta idónea y la ambientación del alojamiento en verano e invierno.

La ínclita Cifuentes ha abolido el sacrificio en las perreras de Madrid y no deja de soltar euros para curar y mantener sanos y longevos a sus inquilinos. Pronto se tipificará el delito de injurias por mofarse de un animal o ridiculizarlo, incluso sin maltrato físico. A causa del honor.

Por mi cuenta he venido repitiendo que, tarde o temprano, acá o allá, y con más o menos intensidad y matices, habrá fórmulas para instituir herederos a los irracionales. Alguien de los hoy vivos lo verá.

No estoy de guasa, ni hablo en fantásticas hipótesis de imposible cristalización: se gasta ya en colonia para los chuchos más que en perfume para sus amos; se les reivindican con fuerza espacios públicos libres de niños; se invoca la tolerancia de sus molestias en igualdad con las inevitables de los bebés… Poco a poco se va completando el camino que consolide al animal como sujeto jurídico con capacidad de obrar ejercitable por tutores o curadores, como los menores huérfanos o los mayores lelos.

El aborto y la eutanasia pueden quedar como obligación para con los humanos, pero como delito para con las bestias. Quisiera ser eterno para comprobar que no interpretaba al agorero de lo absurdo y todo era cuestión de «maduración» social.

Ante semejantes actitudes, que no dejan de conquistar a votantes y retar a mandantes de múltiples países de América, Europa y zonas de Asia y Oceanía, cabría la sensata reacción de no perder el tiempo y, siguiendo a la cordura, alegar sencillamente que no estamos para debatir mentecaterías de cuatro cretinos sublimes que abrazan cochinos y besuquean pollinos.

Pero mira por dónde he decidido aportar unos argumentos de primaria claridad, aunque dudo que los destinatarios tengan reserva de neuronas para entenderlos. No dejo de reconocer que me sitúo a niveles de interlocución que no casan con mi instrucción y edad, por lo que pido excusas, en la certeza de que no pretendo tomar el pelo a nadie.

Lo primero será decir que un estatuto no puede discriminar, principio básico de cualquier ley fundamental. En el de los animales tendrían que caber todos, al menos los de un determinado sistema nervioso, desde los chimpancés a las ratas, más las aves, peces y algunos invertebrados.

Un acotado teórico que no sería el único imaginable ni yo el encargado de fijarle los límites. Me hace el efecto, sin embargo, que los sectarios paladines del extravagante avance solo atienden a las especies domésticas, fauna cinegética y pécoras que proporcionan fuerza o proteínas.

En segundo lugar, algunos de los derechos reclamados, como el de la vida de todo animal, deberían también respetarse por los demás animales, tan agentes de derechos como de deberes. ¿Por qué podrían matar liebres los linces y búhos y yo o mis hijos no? Se lo pregunto a quienes me incitan a esta réplica, más propia de un club de comedias que de un foro juicioso.

El derecho a la integridad física y psíquica que se le reivindica al animal –no estoy fabulando y ni siquiera hiperbolizando– exige un servicio paralelo al Insalud. ¿Cómo lo instaurarán los visionarios de lo asombrosamente irreal? ¿O es que piensan exclusivamente en los privilegiados acompañantes de las damas de perrito, gatito o periquito?

Creo que es hora de parar. Podría alcanzarme el óbito antes de terminar de enumerar las ocurrencias con que una parte de los vivientes poco útiles, con más mollera que sesera, provocan al ciudadano moliente y corriente desde el ruedo o el tendido de la política.

Pero no eludo agregar que parece de cajón cuestionar cómo subsistiría el hombre (y la mujer, claro) sin poder sacrificar animales de carne, con derecho a la vida hasta su deceso natural. ¿Tienen nuestros iluminados las claves de un orbe vegetal y vegetariano? Que las expliquen y financien.

Eduardo Coca Vita
Cazador y escritor

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