Me decía un buen amigo que abandonó hace unos años Madrid para volver a un precioso pueblo de Extremadura, que ellos no están vaciados o son olvidados; lo que son es ignorados, maltratados y eso, a veces, despierta en ellos cierto sentimiento de rechazo hacia los de fuera, como sucede con los turistas en los lugares de veraneo.
Y es que cada año, cuando vuelvo a algunos de esos pueblos, veo con tristeza cómo su situación cambia para mal. Algunos se mantienen y son muy pocos los que hasta mejoran, pero la realidad es que van a peor porque cada vez queda menos gente.
Y es que los que volvemos a esos pueblos, ignorados y maltratados, vemos de primera mano, año a año, que lo que no hagan los del pueblo, no se hace.
Lo hemos visto de primera mano con los terribles incendios de este verano. Cada vez se lo ponen más difícil a los de los pueblos para autorregularse, porque alguien de la capital les ha impuesto una norma sin tener ni puta idea de la realidad de cada pueblo, pero ha repartido leyes iguales para todos. Y el problema es que cada vez hay más «capitales» imponiendo criterio, casi siempre para complacer a algún desgraciado que ni ha pisado ni pisará ese pueblo.

A veces vienen las reglas desde la capital autonómica, otras de Madrid y ya el colmo es cuando vienen de a freír churros (o, mejor dicho, patatas fritas), de Bruselas.
Casi en su totalidad estas reglas las ha impuesto alguien que ha firmado un papel porque lo han aprobado un montón de fulanos a petición de algún iluminado, que ha tenido una idea feliz en un papel avalado por un estudio encargado a no sé qué universidad, con vaya usted a saber qué intereses. Y el «montón de fulanos» lo ha aprobado en masa porque han negociado «que, si yo te apruebo esto, tú me apruebas esto otro».
Y así, iluminado a iluminado, proyecto a proyecto, ley a ley, los fulanos se ganan un buen estipendio y justifican que se parten el lomo currando por y para el pueblo. Nadie sabe qué pueblo. Y el que firma leyes ha gastado ya un montón de bolis de tanta cosa que firma. Y llenamos «estanterías de papeles virtuales firmados» (que ya ni se imprimen para ser sostenibles) y al del pueblo olvidado le decimos que se tiene que sacar no sé qué certificado para verlo online y que es su responsabilidad saber lo que tiene que hacer. Y apáñate tú, que no te llega al pueblo ni el internet.
Y el buen hombre del pueblo hace lo que ha hecho toda su vida y así se lo enseñaron sus padres, para que un buen día llegue un alguien y le diga que ya no puede hacer un montón de cosas. Y le amenazan con multas y, al final, deja de hacer cosas, cosas que tenían sentido, para no hacer las otras que pensó el iluminado, aprobó el montón de fulanos y firmó el que firma todo.
Y no las hace porque no le compensan, no las entiende o está ya hasta las narices.

Y un buen día un río se desborda y lía de la de San Quintín aguas abajo, o se quema media comarca y el fuego no tiene freno, o especies silvestres que antes convivían, ahora cambian sus comportamientos y atacan ganado o a personas, o tantas y tantas otras cosas. Y cuando pasan estas cosas, que son auténticos dramas, y no nos enteramos ni de la mitad, nos damos cuenta que los de las capitales que ponen leyes, encima no han puesto los medios suficientes para cuando algo gordo pasa y se pueda resolver rápidamente. No porque sea muy caro, no porque sea poco probable.
No. Porque hay cosas que sólo se resuelven previniendo y trabajando cada día y haciendo cosas que ahora ya no las puede hacer el que las hacía cada día (porque no tiene el titulo de no sé que, la certificación de no sé cuántos o el permiso de turno).
Y la gente de los pueblos, los de siempre, se ha cansado de tanta gilipollez. Y los jóvenes que deberían tener la fuerza, el tiempo y las ganas de luchar por cambiar las cosas, hace generaciones que se han marchado y no miran atrás. No miran atrás porque sus padres y abuelos les dicen con añoranza húmeda en la mirada: «Déjalo hijo, no merece la pena».
Esta temporada, cuando vuelvas a tus pueblos habituales, haz un poco por ellos: además de comprarte el pan allí (que estará mucho mejor que cualquier otro de supermercado) y de comprar queso, embutido y huevos…, hay que escuchar, preguntar y contarlo. A ver si, con suerte, dejamos de hacer tanto caso a los iluminados. A ver si, con suerte, el «montón de fulanos» deja de aprobar sinsentidos y ya, de paso, pone sólo las leyes que hacen falta y escucha a los que son objeto de esas leyes.
No es misión fácil, pero de todos nosotros depende que haya pueblo al que volver.
Autor: Joaquín de Lapatza

