Javier López de Ceballos

En el campo todo se sabe. Los bichos montunos lo han comentado; las pedrizas están un poco más pálidas y esta tarde las reses no tienen ganas de retozar. La sierra está como el entorno: mohína. Como lo estoy yo. Será que llora a su manera. Porque los que lloran poco, lloran con mucha pena. Pero los que nunca lloramos, quizá, lo hagamos con nuestra peculiar manera de echarnos al monte, como las fieras, a lamernos las heridas sangrantes que el alma esconde.

La Solana de la Gargantilla está sombría. Y eso que el sol le pega de pico. Lo mismo pasa con El Casquerón del Rey, El Tesorillo, El Nogal o tu temida Cuerda de la Sepultura, colmada de peñascos. Y es que fueron muchos los días que por aquí monteaste, trayendo luz, importancia y riqueza a esta humilde obra de Dios. La caza era caza salvaje y arisca.

En el año 1993 los primeros extranjeros vinieron para quedarse. Año tras año. Una tras otra. A manos de tres días seguidos de montería, dos veces por año. Eso pocos cotos lo soportan en sus umbrías y solanas. Pero tú sabías hablar el lenguaje del campo, de sus gentes, de los de arriba y los de abajo. Sabías medirte la distancia con todos. Los guardas te respetaban; los perreros, también. Los cazadores, también. Y los dueños de los cotos, también. En el arte de traer forasteros con cara de forasteros y lengua de forasteros, fuiste, sin duda, uno de los pioneros.

Son muchos los que han aprendido en tu escuela. Y muchos más los que hemos aprendido desde lejos, porque la edad nos pillaba aún distante. Pero puedo asegurarte que si la vida nos hubiera acercado un par de lustros, ahora mismo estaríamos sentados en la misma mesa de sorteo, tú dirigiendo y un servidor obedeciendo. Que las canas en la sierra tienen graduación suprema ante hombre y animales.

Esa boina ladeada con barba y la sonrisa cuando había que sacarla. El señorío y la caballerosidad siempre a la vista. Los delantales (en Extremadura los llamamos así, zahones en el resto del mundo) y el cuchillo al cinto. Tu acento con tintes extremeños que luego aparcabas para parlar un perfecto francés que a todos nos quedaba impresionados.

La sierra está triste, Javier, te lo digo yo. Y cuando digo la sierra me refiero a todos los que habitamos en ella, de cualquier especie y género, clase social o rango. Caballeros o infantes. Se ha ido uno de los grandes de su tiempo. Lo sé porque a mi padre se le ha ido uno de los suyos, de los camperos, de los que aman los árboles y el ganado, los que respetan la caza y la llaman por su nombre. Uno de los pocos con los que ha monteado a caballo. Y aquí, en El Zumajo, tras echarte dos palmos de tierra por encima en los berrocales de Ávila, parece que acaba todo, pero no, porque el eco de tu partida ha llegado desde la vieja Castilla hasta la Extremadura más bravía.

Pica poniente, pero no el ábrego, ése que nos trae el agua. Y echo la mirada al lubricán. Una mueca de pena quizá puede ser más honda que la más amarga de las lágrimas. Pero no nos enseñaron a llorar en la escuela de la sierra. Y aunque siempre fuiste maestro, en los últimos años has sido amigo, de los buenos, quizá la herencia en vida que mi padre me ha cedido.

Tu amigo estaba sentado ante la puesta de sol recordando las conversaciones que aún teníais pendientes. Pronto le toca la corcha al Clavín y entre tú y él os poníais a punto con el precio del mercado. Saqué dos copas con un buen vino y sin decirnos nada, las chocamos. Tu viejo compañero con energía, volviendo al mundo de los vivos, dijo en alto: «¡Por Javier López de Ceballos!».
Dicen que jamás has de volver al lugar donde fuiste feliz. Quizá por ello no lo abandonaste nunca. Revilla fue tu paraíso en vida y el lugar donde has querido descansar. Qué gran lección. Las llanuras castellanas lucen un poco más se ñeras que de costumbre. Hasta siempre, querido Javier.

M.J. “Polvorilla”.

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