Los iluminaos, aunque te pases la vida matando tontos nunca acabarás con ellos…

Un descaste en una dehesa de Extremadura que deja una lección sobre ética, responsabilidad y respeto en la caza.

Aunque te pases la vida matando tontos nunca acabarás con ellos. Porque aquello fue demasiado, lo reconozco, para un día de caza y para el propio raciocinio del ser humano. Era un día de descaste en una dehesa extremeña. La mañana amaneció arropada en niebla, pero es de sobra sabido que cuando calienta el sol ésta desaparece. Hacía un poco de frío y el aire, gracias a Dios, estaba durmiendo.

Sólo se tiran ciervas, ni venados ni cochinos, sólo ciervas. El capitán insiste en la materia para no cometer fallos. Ordena que, en caso de entrar una pelota de reses, no disparar para evitar echar a rodar un vareto. ¿Ha quedado claro? «Sí», respondió al unísono la multitud.

Hay dos superdotados en el puesto 6 del cierre del Lagarto Melenudo, de delanteras relucientes y corbatas de seda. Hay dos avispaos con dos rifles que se disponen a participar en algo tan sagrado como la Santa Misa: la montería. Y acompañando la conversación junto con el calor del vino van disparando sobre las hembras que buscan el regato de la izquierda porque saben que ahí tienen las costillas más cubiertas. De pronto viene una piara de reses, numerosa, los perspicaces encaran sus rifles de repetición y, cuando las dejan cumplir, se lían a tirascazos con el grupo de animales que, despavorido, se desmiembra. Van a seguir tirando, pero uno de ellos, el más gilipollas de los dos, observa cómo, tras el paso de las reses, ha quedado una de ellas tendida en el suelo y, agonizante, la presa movía dos imponentes cuernecillos… ¡Ya la jodimos! Porque un vareto estupendo, de dos palmos de varas, yacía panza arriba con un tiro en el codillo… Menudo par de retrasaos.

Pero ahí no acaba la cosa, ya que, hablando claro, todos estamos expuestos a meter la pata en cualquier momento y situación, pero, en caso de que esto ocurriera, lo inteligente es reconocer el error y bajar la cabeza. Pero no, porque el universo y la estupidez humana tienen la misma extensión y aquellos dos premios Nobel no iban a ser la excepción a tal regla… Se acercan al animalito, despacio, maquinando un plan para salir airosos de su hazaña. No hay excusa para decir que era selectivo, siquiera para argumentar que estaba flaco… El más inteligente de los dos (que bien podría ser el jefe de los gorrillas que aparcan coches en el parque de San Francisco, en Badajoz) le susurra a su compañero de puesto la solución a su error garrafal: «Le pegamos un tiro en una mano y decimos que venía herido… Los dos sabemos que a un animal hay que darle la muerte más rápida y limpia posible, así que nos aplaudirán por ello».

 

el rincon de polvorilla en trofeo caza y conservación

 

El otro «notario» secundó las palabras del director de la operación y, sonriendo, apuntó con su flamante .338 a la mano del animalito, ya sin alma, a menos de un metro, relamiendo sus ansias de sosiego e imaginándose entrando a hombros en el patio de la casa, con sus delanteras relucientes y su gorro lleno de plumas mientras cuatro rubias tetonas de Sierra Leona servían el catering y los miraban con ojos melosos… ¡¡Boooom!! El estruendo hizo que dos palomas torcales salieran de su escondite en un alcornoque próximo creando desconcierto ante tan macabra situación. Los dos iluminaos de la montería se quedaron con cara de circunstancia ante tan limpio resultado…

Acabó la mañana y como las mentiras tienen las patas muy cortas, y es mejor estar callado y parecer tonto a hablar y despejar la duda, aquel par de inútiles fue el hazmerreír de la jornada. Aunque he de reconocer que no estuvo mal que intentaran colárnosla argumentando que el vareto podía llegar herido de otro puesto… ¡¡Con las dos manos rotas…!!

Texto y fotos: Lolo de Juan