Ahora resulta que todo el mundo es experto en incendios y todo el mundo sabe cómo apagarlos. Lástima no haberles consultado antes. Escuchando a algunos tertulianos y analistas, cualquiera diría que saben más que los profesionales que cada verano se juegan la vida frente a las llamas. Habrá que preguntarles la próxima vez a Javier Ruiz, Jesús Cintora, Javier Aroca, Esther Palomera o Sarah Santaolalla.
Mientras el debate se llena de acusaciones cruzadas y de análisis improvisados, pocos se detienen a hablar de las causas profundas que hacen que cada verano asistamos al mismo drama. Más allá de las circunstancias concretas de cada incendio, existe una realidad que rara vez ocupa titulares: el abandono del monte y la despoblación del mundo rural.
El cambio climático es una realidad y agrava el riesgo de incendios. Pero reducir toda la explicación a ese factor supone ignorar problemas estructurales que llevan décadas creciendo.
Durante décadas, el monte fue un espacio vivo. Se aprovechaba la leña, se limpiaban los caminos, el ganado mantenía despejadas amplias zonas y los propietarios cuidaban sus parcelas porque formaban parte de su medio de vida. Hoy, buena parte de esa actividad ha desaparecido. Allí donde antes había personas gestionando el territorio, ahora crece una masa forestal cada vez más densa y acumulada. Cuando llega una ola de calor y aparece una chispa, el combustible ya está preparado.

Sin embargo, cuando un propietario quiere actuar para reducir ese riesgo, tampoco lo tiene fácil. Desbrozar no está prohibido, pero existe una hiperregulación burocrática que, en demasiadas ocasiones, convierte una actuación necesaria en un auténtico laberinto administrativo. Yo mismo solicité hace unos años autorización para arrancar unos pinos y la respuesta de la administración, en este caso la Conselleria de Medio Ambiente, tardó más de un año y medio en llegar. Lo que debería ser un simple trámite se complica de tal manera que muchos propietarios terminan desistiendo. No porque no quieran cuidar sus terrenos, sino porque la burocracia acaba desanimando incluso a quienes tienen voluntad de hacerlo.
El resultado es un círculo vicioso. Los montes se abandonan, la vegetación se acumula, el riesgo aumenta y, cuando finalmente se produce un incendio, toda la atención se centra en los medios de extinción. Por supuesto que hacen falta más medios, mejores equipos y bomberos bien dotados. Nadie discute eso. Pero confiar únicamente en apagar el fuego cuando ya ha comenzado es aceptar que hemos fracasado en la prevención.
La gestión forestal no debería verse como una amenaza para el medio ambiente, sino como una herramienta imprescindible para protegerlo. Un monte limpio y bien gestionado no es un monte menos natural; es un monte más resistente frente a los incendios. Del mismo modo, un mundo rural con actividad económica, agricultores, ganaderos y propietarios implicados es la mejor política de prevención que puede existir.
Autor: Patricio Simó

