Carta a mi querido hermano el jabalí

¿Por qué, SIN SER un gran cazador, si acaso un viejo alimañero, te escribo esta carta de otoño…? La verdad es que mi pregunta tiene trampa, porque también tiene respuesta.

Verás. Te tengo, por lo pronto, frente a mí, aquí en ese trofeo de mi hijo Salvador, verdaderamente impresionante. Así que todos los días te recuerdo.

Estás entre mis libros de una forma impresionante porque el trofeo, sin ser mío, es una hermosura. Tiene fecha y sitio. Pero tampoco viene al caso, solo quiero decir que no es mío pero que causa sensación en los pocos, cada día menos, que entran en este lugar donde sueño y cuento lo que sueño. O sea, lo que sueño con los ojos abiertos, que lo demás son pesadillas.

Y a lo que voy. Leo, en uno de esos confidenciales que son el pan nuestro de cada día, sobre todo para los que nos movemos poco, que ya están llegando a Madrid los primeros jabalíes del otoño.

Buscando la comida, esté donde esté, que de no remediarse la cuestión vamos a terminar, Dios sabe cómo.

Bueno, pues en el pequeño jardín comunal de donde vivo en pleno Chamberí, se han visto huellas fácilmente descifrables de tu gente, de tu familia, de tu raza, porque tienes mucha raza, de tu condición.

Incluso me han contado, eso que se llama gente generalmente bien informada, que, de hace poco tiempo, especialistas en la materia están ayudando a que los jabalíes del Pardo, que hay un millón como poco, se estén comiendo las rosas del breve jardín del palacio de nuestros reyes, don Felipe y doña Leticia.

Eso no se hace, avisa a quien pueda comunicarlo de la especie, y te lo cuenta quien está más o menos informado, aunque no he ido a la recepción real del palacio de Oriente a la que estaba invitado, excelentísimo señor incluso, porque ya tengo, como debes saber, la medalla de oro del mérito al trabajo, inmerecida, pero de la que me siento especialmente orgulloso, ya que aunque soy de campo, paleto, cateto, como se dice en mi tierra, campesino ilustrado de tanta y delicada actualidad últimamente, más para nuestra desgracia, tan española, que para nuestra suerte.

Más aún, estos días te tengo incluso más que en consideración porque estás conmigo cuando me levanto, a la hora de afeitarme, si es que me afeito, que a veces, por dejación más que porque esté de moda, me dejo la barba, que por lo visto me hace más viejo y más pellejo, imagínate con ochenta y tres cumplidos encima.

Mi brocha es de pelo de jabalí y sé que es cierto por el precio, por el sitio donde la compré y, además, porque cuando cambia el tiempo y vienen los días del apareamiento, te juro que huele a ti media casa en la que habito.

Mas debo decirte en cuanto a ti se refiere, mira por dónde, LUIS ALDEHUELA, el extraordinario pintor de la caza, cuando me pintó en su casa de ANDÚJAR, tan hermosa con aquel patio maravilloso, me regaló un cuadro tuyo, monte arriba, monte abajo, un cuadro que tenía todos los sentidos del arte y la ciencia de cazar.

Por si fuera poco, estuve a punto de quedarme con la CARACOLA DE SIERRA MORENA, donde escribió el mejor libro sobre ti que se haya escrito AQUEL GRANDE QUE SE llamó JAIME DE FOXÁ Y AL QUE RECUERDO tanto, igual que a su hijo, que en su día me dio, también inmerecidamente, el premio que lleva el nombre de su padre, con el que tantas veces coincidí y que tantas cosas de la caza y de la vida, que es otra manera de cazar, me enseñó.

Por si fuera poco, tengo a mano, cómo no, aquella foto al pie del hermoso JABALÍ de la sierra, esa escultura feroz y veraz, foto que me hice aquel día que fui a pregonar a nuestra SEÑORA DE ANDÚJAR, pregón que escribí ni más ni menos que en el santuario, cosa que no todo el mundo ha hecho.

También decir que he ayudado a cazar, y perdona que te haga sufrir, si bien es para después gozar con el epílogo de esta carta «que es feliz pues va a buscarte», querido padre de familia, siempre a la cabeza del grupo que, además, lo que decía, estuve en el lance de un día inolvidable con ni más ni menos que EL CORDOBÉS VIEJO y LUIS MIGUEL DOMINGUÍN en su finca de la Virgen, que guarda tantos secretos míos y de mi gente.

Por supuesto que tengo mucho que decirte sobre ti mismo, por ejemplo de aquel día en que fuimos a cazar, vestidos además del verde cazador, sombrero con pluma de perdiz y capa de goma verde por si llovía, José Luis y yo.

El gran JOSÉ LUIS, inventor entre otras cosas de la tortilla de patata, gran padre de toda la cocina española de todos los tiempos, vasco españolísimo al que acompañé muchos días a cazar a una de sus hermosas fincas cordobesas, aunque ninguno de los dos teníamos ni puñetera idea de lo que debíamos hacer y por eso no lo hicimos.

jabali-vivo-Tico-Medina

Nos dieron el mejor puesto de todos, en un lugar que había jabalíes, por supuesto; y, por si fuera poco, nos dejaron solos en aquel lugar maravilloso donde no hicimos más que hablar sin saber –pobres de nosotros– que una de las mejores virtudes de las que disfrutáis es de un especial oído, finísimo, que os hace prever cualquier sonido, sobre todo humano, en la cercanía.

–Parece que se oye un ruido, maestro…
–Sí, sí, pero igual es el viento entre las jaras…
–De todas formas, callemos.

Pobre gente, nosotros ajenos a la atención que merece el momento. Y además teníamos a mano las escopetas de dos cañones –recuerdo– y sin cargar, que ya es un defecto.

Hablábamos y hablábamos, y a veces veíamos pasar por nuestro lado mismo, junto a la silla de lona, las jaurías de los perros, los ojos muy abiertos, el hocico en el suelo; se escuchaba el vapor de su propia respiración, y a los perreros, muchos navaja en mano por si había que rematar la faena.

Y nosotros tratando de arreglar el mundo, en nuestro puesto, hablando como si estuviéramos en una de las casas del maestro José Luis, al que quise tanto.

Un desastre. Por si fuera poco, llevo un colmillo de tu raza como llavero, aunque estoy a punto de cambiarlo, también debo decírtelo, por una foto de mi nieta Macarena, a la que van a gustar mucho los animales, aunque sé muy bien que a sus padres no les va demasiado el tema.

Por si fuera poco, te cuento que hace unos días en el AVE, en tiempo de caza, encontré a un chico flaco, raro, vestido de negro, que me vino a saludar, creo que venía de Sierra Morena, que me gusta tanto, e iba de vuelta a Madrid, y llevaba al cuello un colgante con un largo colmillo de marfil.

Se presentó y yo le pregunté si venía a contarme que me leía en Trofeo, como mucha gente que no me conoce físicamente.

Le repregunté señalándole el trofeo que colgaba de su cuello:
–¿Jabalí?
Y me respondió amargamente, mirándome a los ojos:
–No, vampiro.

Sospecho que es que me quería tomar el pelo, pero le dejé ir, menos mal que todas las semanas veo, aunque sea solo miércoles y viernes, a una cordobesa, nieta de platero, CRISTINA, bellísima, buena gente, alta y rubia, que lleva desde hace poco un colgante con un colmillo de hermanos tuyos, que ella de por sí ha convertido, además, en una joya preciosa.

No tan solo por cuanto a ti se refiere sino además porque ella es una modelo que no ejerce y, además, debe ser pieza como tú, preciada, a la espera y al rececho, si bien es inteligente como tú y se mantiene a la espera, y más bien escondida, entre los jarales del campo.

En fin, que he querido escribirte esta carta, aparte para contarte que te acompaño en el sentimiento porque veo que cada día estás más en los platos de caza, en los milagros de la chacina, que debe ser estudiada científicamente porque la vida te obliga a comer en sitios que no debes dados los tiempos que vivimos.

Pero el otro día, y perdona que te recuerde el tema, cené en casa de un marqués, que me ofreció en plato de plata y con escudo un jamón tu carne que ni los de los Pedroches criados en cautividad, aunque la alimentación era la misma bellota de la parte alta de Villaharta, donde a veces dejo que descansen mis viejos huesos, que no creas que no es un lance el tiempo en que vivimos los jabalíes de dos piernas.

Y termino con mi buen amigo JESÚS REGLERO, de Medina de Rioseco, el poeta de los Torozos, que me llevó un día a cazar con MIGUEL DELIBES, cosa que le agradeceré de por vida.

Y le pregunto por el jabalí, por ti, si eres protagonista de lo mejor de la sierra y él me responde apasionado, emocionado como siempre:

–Es el grande por excelencia de la caza, sin género de duda; lo decía don Miguel y además lo digo yo, es una criatura bella, fiera, excelente, más que muchas otras que presumen por ser más grandes.

–Así lo diré, y además citándote –le dije. Cosa que hago con muchísimo gusto en este día de veroño, verano sin ser otoño, otoño sin ser verano, en que te escribo para darte, además, las gracias por tantas veces que, gracias a escribir de ti, y perdona que te tutee, he podido llevar el pan a casa.

Tuyo. Escolástico Medina.

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