¡Pierde cuidao! – Lolo de Juan

 

Más liao ando que el moño de una loca, mire usted. Si es que no me vaga ná…

—Coño, Fausto, échale un ojo al comedero de la Carrucha, que no le falte el maíz, que anda un guarro con buenos zapatos y quiero que se aquerencie…

—Que sí, que sí, mire usté, si más ganas que yo no tiene nadie, pero es que no me vaga, no me vaga y no doy más abasto.

Fausto se queja. Dice que en las Poyatas le faltan horas al día para hacer todo lo que hay que hacer.

—Pero, vamos a ver, hijo de Dios, ¿Qué carajos te tiene tan entretenido?

—Pues, mire, recorrer los alambres, la máquina cosechando, que si el saneamiento, los forestales dando por culo, como siempre…

—Pero, Fausto, no me jodas, estamos de acuerdo, pero la alambrada la recorres con el coche, la cosecha la hace el , que ha traído su maquinaria, y al saneamiento viene el veterinario a las órdenes de Artemio, el vaquero, así que no me digas que todo eso te roba tiempo. Ya te estás llegando a ese comedero, que tengo capricho.

Fausto, barrigón como una cierva en abril, avispado como un lobo con el buche hueco y picarón como un zorro albino. Fausto es amante de los toros, de su José Tomás, de las matanzas tempranas en octubre con carne de vareto y del vino blanco de mesa en cartón.

Fausto tiene más correrías que La Sepulvedana… y ya menos dientes que un lagarto… Fuma tabaco de liar, lleva en el bolsillo derecho una navaja que corta que afeita y siempre, siempre, se escabulle como un gazapo para hacer lo menos posible, intentando que parezca que trabaja lo máximo posible.

Es el prototipo de guarda, o encargado, que, de todo lo que tiene que hacer, no hace nada, pero parece que el mundo se resquebraja si no anda él al mando.

Fausto, más que un poco vago, es vago del todo. Pero por el peaje de los años y de la fidelidad prestada a la generación anterior, le tengo respeto. Pero es más perro que una manta mojada…

—Coño, Fausto, ¿miraste la baña del Quejigal? ¿Y la siembra de centeno de la vega? ¿Entra algo de lustre?

—Sí, hombre. Estuve ayer mañana a eso del amanecer, pero vi poca leche, un par de varetos medio encelados y las bañas ya poco tocadas. El tiempo anda seco, los bichos prefieren bañarse en el agua antes que en barro… ¡qué te lo digo yo!

Lo que Fausto no sabía es que servidor estaba desde noche en lo alto de la Peña del Búho, vigilado la vega y la baña, y allí no apareció ni un alma que se pareciese al bueno de Fausto.

—Fausto, ¿no me estarás contando un embuste? Que fijo que no has pisado, mamón, ¡qué andas con el puto huerto ese que no miras a otra cosa…!

—Joder, no sé si te he dicho, ayer mañana o esta mañana, o el martes pasao, que no me vaga con la que tengo encima. El caso es que allí no hay rastro. Si es que he andao de pleitos con los forestales que nos querían denunciar por lo del Arroyo Hondo… ¡De la cárcel nos hemos librao todos!

Qué arte tiene el mamón para meterse por la gatera menos tomada…

La otra mañana me tenía que ir de viaje, me arrimo a su casa y le veo asomando la cabeza por la puerta cuando sintió ladrar el perrillo ese con poca presencia, que siempre le acompaña.

—Coño, Fausto, alegría de verte.

Sale de su casilla, son las once. Una vez bajo la parra del porche se estiraza (como dice él), bosteza, descamisado, con una cara de haber estado planchando la oreja diecinueve horas tras otras diecinueve, tomando vino de pitarra…

—Cagüen la mar, anoche anduve a la carrera detrás de dos que pa mí que venían a robar pollos de perdiz. He llegado al catre ya bien amanecido.

—Coño, Fausto, qué sería de mí sin ti, ¿y los pillaste?

—Corrieron como gamos, y dos tiros lancé al aire con la de los caños largos. Pa mí que se fugaron por el caño del Toconal, porque anduve hasta bien tarde en el alto del Tejonal y con la luna se veía más que con sol.

Lo que no sabía Fausto es que esa noche –justo esa– había estado yo de ronda y aún no me había acostado. Si es que es un caso perdido… A ver si se jubila, que le quedan un par de meses y me empiezo a portar como amigo en lugar de como detective. Pero es que el tío tiene traca.

—Total, Fausto, no me jodas y échales el maíz a los comederos de la umbría del pantano, que quiero darle una vuelta en un par de días. ¡Y échaselo a ellos, que tienes las gallinas más gordas de la provincia, cojones!

Se hace el sordo y entra en la casilla. Arranco el coche, dispuesto a ir. «Dios te guarde», le digo. Sale de nuevo con un barreño de encina mientras cuaja un ajoblanco hecho a machote. Me sonríe, me da con la cabeza un despido sonriente y me suelta:

—¡Pierde cuidao! A vé si viene este, que hagamos lo que nos queda y luego vamos pal otro lao…

¡Toma ya!

 

Lolo de Juan

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