Rececho de gamo en la campiña sevillana

La ronca, un auténtico espectáculo

Los machos salen poco a poco de la espesura, se atreven a exponerse en los claros, donde tranquilamente pasta su harén. Con su ronquera intentan “convencer” a las hembras de que son más fuertes que sus rivales. Entre todos ellos destaca uno con enorme palas, probablemente, según el guarda, sea un oro. Pero está demasiado lejos y no tengo nada claro si dispararle o no…

Tras recibir una llamada de mi compañero de caza F.G.L. anunciándome que iba a recechar un gamo sin límite de puntos y pidiéndome que le acompañara con mis cámaras, no pude por menos que aceptar encantado tan buen ofrecimiento. Este año la suerte nos acompañó siempre en los recechos que hemos realizado juntos: el corzo de Babia (León), el rebeco de Somiedo (Asturias), el isard de Setcases (Gerona) o las cabras de Las Batuecas (Salamanca). Ahora tocaba un gamo en la campiña sevillana.

El verano estaba ya llegando a su fin y solamente restaba esperar la confirmación de fechas por parte de la propiedad de la finca. Los días pasaron rápido hasta que, el primero de octubre, otra llamada telefónica me confirma que la cita es para los días 9 al 11 de octubre de este 2013; contamos con tres días para intentar abatir un buen gamo. A ver si también esta vez la suerte nos acompaña.

 

LOS PRONÓSTICOS, MUY BUENOS

Los preparativos para el rececho son una de las partes que más me gustan de esta caza: ropa cómoda, botas en perfecto estado, poner en la mochila todo lo necesario, cuaderno de campo para anotar sobre la marcha las impresiones que me van sucediendo, cámaras y objetivos a punto. La planificación del viaje, el previo conocimiento de la zona a recechar, planos, fotografías a través de Internet y lo más importante, la información de primera mano de cazadores amigos que han estado cazando allí antes, me permiten hacerme una idea clara de cómo puede transcurrir el rececho y de sus posibles dificultades. Eso sin olvidar la forma física con paseos diarios para fortalecer las piernas.

Los pronósticos son buenos pues la guardería tiene localizados varios grandes ejemplares. Es plena época de ronca; la climatología, aunque algo calurosa, ha mejorado con las lluvias pasadas; y el día promete ser soleado y sin viento. ¡Todo parece ser ideal!

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La ilusión por que llegue ya el día hace que la noche anterior al rececho se me haga eterna. Es algo que siempre me ha pasado desde que soy cazador y que me sigue pasando. Antes de amanecer ya estoy preparado y en el coche que nos llevará a la finca. Esta vez no tenemos que recorrer grandes distancias para acercarnos al cazadero. En media hora escasa nos encontramos en la puerta de la finca.

Está enclavada en la campiña sevillana, en medio de una dehesa aclarada de encinas, con algún eucalipto aislado. Una gran extensión de terreno llano se extiende delante de nosotros, parcelado mediante vallado en cuarteles de unas 400 hectáreas de extensión cada una y perfectamente delimitadas. Se ve el cuidado que se le dispensa a la dehesa: los árboles bien podados, la tierra arada y las pistas en muy buen estado. Un pasto amarillento y seco cubre el suelo, excepto en algunos lugares más umbríos donde ya empieza a aparecer la hierba.

Tomamos una desviación de la carretera general hacia un camino de tierra bien señalizado; según nos acercamos observamos a izquierda y derecha las chumberas que por estos lares utilizan como delimitadores de las fincas, una buena manera de impedir el acceso sin necesidad de recurrir a las vallas de espino. La sabiduría del campo andaluz.

Caballos de raza que pastan libremente en la entrada del cortijo de la finca nos indican que ya hemos llegado. El cortijo, una magnífica construcción de estilo andaluz, muy bien cuidado. Tras atravesar una gran portada nos adentramos en un patio amplio. A un lado, los establos y caballerizas, y al fondo del patio, la casa donde ya nos esperaba el dueño de la propiedad y un par de guardas perfectamente uniformados. Tras los saludos de rigor y las explicaciones de cómo íbamos a recechar, trasladamos nuestros bártulos al vehículo de los propios y emprendemos el camino hacia la mancha donde esperamos encontrar al gamo que venimos buscando.

Una primera cancela nos advierte que estamos en una finca ganadera de reses bravas, así que habrá que tener un ojo siempre atento a los bichos que pastan en libertad. Pasamos la cancela y aparcamos en un recodo de la pista. Uno de los guardas se queda en el vehículo, esperando, mientras el otro nos indica que saquemos el rifle de la funda y lo carguemos, pues empezamos el rececho.

Un 8×68 y balas KS de 180 grains es lo que vamos a usar esta vez. El rifle, puesto a punto a una distancia de 200 metros, que es la óptima de tiro en este tipo de recechos.

 

UN AUTÉNCITCO ESPECTACULO

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Tras un rato observándoles, los machos emprenden la huida y en pocos segundos se alejan. La primera oportunidad está perdida, pero aún quedará otro. Uno de ellos es impresionante. El guarda indica al recechista que probablemente será un oro.

Estamos en octubre y la ronca del gamo ya empezó por estas tierras sureñas. Su sonido inconfundible llena el ambiente; es un buen momento para poder abatir a un gran ejemplar, ahora que se acerca a las hembras y baja un poco su proverbial guardia.

El gamo, como el venado, es un animal con un sistema de apareamiento poligínico (un régimen social habitual en muchos géneros de animales; en ellos el macho reúne un harén de hembras, apareándose con todas ellas, generalmente de forma exclusiva, no permitiendo que otros machos del grupo accedan a ellas si no es mediante su sustitución como líder del clan), en el que los machos tienen que competir para conseguir aparearse con las hembras y sólo unos pocos machos consiguen su objetivo, los más fuertes y capaces.

La ronca se dirige tanto a otros machos, en los enfrentamientos, como hacia las hembras durante los acercamientos, acosos y cortejos. Los machos pueden pesar el doble de las hembras, y en relación a su peso presentan las mayores cuernas de todos los cérvidos. Poseen variadas estrategias para poder reproducirse. El gamo presenta a veces un sistema de apareamiento muy especial: el lek o arena, que se da en estas tierras.

Un sistema lek es aquel en el que los machos se colocan en puntos concretos, generalmente lugares que poseen comida o cualquier otro recurso que las hembras necesitan. En nuestro caso, un lugar donde existe hierba verde y que a la fuerza las hembras tendrán que visitar si quieren comer. Desde estos lugares emiten señales (ronca, olores o su propia imagen) para atraer a las hembras, que se acercan a los machos de su elección sólo para copular con ellos y luego se marchan a otro lugar a comer. Esto es lo que andábamos buscando, ya que al actuar así se produce un agrupamiento de machos (separados unos de otros por unos 20-50 metros) para poder seleccionar al mejor gamo.

Tras un buen rato de rececho, escuchando muy cercana la ronca del que parece un buen macho, procurando en todo momento avanzar lo más oculto posible aprovechando las sombras de los árboles para no ser detectados, divisamos a unos 500 metros y bajo un par de grandes eucaliptos a dos buenos gamos que están intentando atraer a las hembras con su “canción” amorosa.

Un grupo de muflones que pastan por los alrededores nos descubre y empiezan su huida agrupados. Y, curiosamente, corren detrás de un pequeño gamo que abre la marcha. Al momento, detienen su carrera y se dedican a pastar tranquilamente. Por suerte, los gamos no parecen haber notado la huida de los muflones, pues permanecen sin moverse del lugar.

Preguntamos al guarda y nos confirma que en la finca, aparte de los toros bravos y algunos caballos de raza, solamente existen gamos y muflones, sin ningún venado que les pueda hacer la competencia en su hábitat.

El acercamiento a los gamos se nos hace eterno, muy despacio y procurando no poner en aviso a nuestra presa. Alguna perdiz va por delante de nosotros, apeonando, y sobre nuestras cabezas planean varios buitres leonados.

 

EL MOMENTO DE LA APROXIMACIÓN

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Pese a la sigilosa entrada, la res en cuestión emprende una rápida huida. Ha detectado al cazador. Hay que intentar localicarlo nuevamente. Más abajo, impresionante secuencia del gamo abatido.

Metro a metro vamos ganando terreno hasta colocarnos a unos 250 metros de los gamos. Y nos detenemos al observar cómo unas hembras que nos han localizado mueven sus colas blancas como aviso de peligro.

Los machos emprenden entonces la huida y en pocos segundos vemos cómo se alejan. La primera oportunidad perdida, pero aún es temprano y en este tipo de caza las prisas no son buenas consejeras.

Así que nos ponemos a planificar la próxima entrada a los gamos. Los dos ejemplares que habíamos visto se han detenido a unos 800 metros de nosotros y nos están observando. Hacemos lo mismo con ellos a través de los prismáticos y de un catalejo que llevamos para la ocasión.

El guarda nos confirma que el gamo de la izquierda es un “oro” con casi total seguridad, mientras su compañero es algo menor de cuerna, un “plata” seguro. Las palas del primero son muy largas y bastante abiertas, no siendo totalmente simétricas, pues de ser así sería un ejemplar de más de 200 puntos. El segundo tiene las palas más simétricas, pero de menor envergadura, un magnifico ejemplar para la próxima temporada.

Decidimos dar un rodeo para colocarnos sin cargar el aire, casi inexistente en ese momento, y poder cortarles la huida. Mientras andamos, no dejo de observar los toros que pastan cerca de nosotros. En este cuartel están los machos de tres años. El guarda nos avisó de que no son peligrosos mientras no les hagamos ningún extraño, pero de todos modos es impresionante ver a estos animales en libertad mientras te miran. Decido guardar las distancias y no perderlos de vista. Solamente en una ocasión un toro cárdeno se acercó demasiado, pero no pareció en absoluto peligroso. ¡Una emoción más para añadir al rececho!

La veteranía y buen hacer del guarda logran que tras media hora de marcha y  muchas precauciones al andar por el pasto seco, procurando no hacer ruido y siempre pendientes de la dirección del viento, localicemos de nuevo a los dos gamos, que avanzan lentamente en paralelo a nuestra posición. Sin hacer ninguna parada, intentamos colocarnos lo más cerca posible para realizar el disparo.

A menos de 300 metros de los gamos, el guarda me indica que me oculte tras una encina mientras ellos dos procuran alcanzar una mejor posición. Muy lentamente y agachados van tomando posiciones para intentar el disparo. Llegan a una sombra y observan qué hacen los dos gamos. Parece que intuyen el peligro y varían su camino, alejándose de su posición. Los casi 500 metros de distancia hacen que el cazador desista de intentar el disparo, aconsejado por el guarda. ¡Otro intento de acercamiento fallido!

 

¿UNA NUEVA INTENTONA?

Aparte de muy buena vista, el gamo posee un extraordinario olfato, fundamental para un animal que suele vivir en extensiones abiertas de terreno, de ahí lo difícil de su caza a rececho. Otra vez es el gran conocimiento del hábitat y costumbres del gamo que posee el guarda lo que nos conduce de nuevo a una zona donde, según él, se dirigirán probablemente.

Dan las 10:00 horas y nos sorprende a la sombra de una gran encina a la cual hemos llegado tras un buen paseo. La espera no se hace larga. A los diez minutos de llegar vemos cómo de nuevo se acercan los dos paletos… Y esta vez vienen derechos a nosotros. Nos ocultamos cerca del tronco sin hacer el más mínimo movimiento.

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En el cuartel pastan las reses bravas. El guarda les dijo a los protagonistas que no eran peligrosos mientras no les hiciéramos ningún extraño, pero de todos modos es impresionante ver a estos animales en libertad mientras te miran.

No cargamos el aire y los animales aún no nos han descubierto por suerte; dan unos pasos y el gamo que buscamos para un instante y nos ofrece su lado izquierdo. ¡Es el momento! El guarda indica al cazador que apoye el rifle sobre la horquilla, con mucho cuidado y sin movimientos bruscos. Le indica que puede disparar cuando quiera y le recuerda que el gamo seleccionado es el que se encuentra a la izquierda de los dos. Meter al gamo en la cruz de la mira, pausar la respiración, confirmar la distancia (210 metros exactamente) y esperar que el disparo nos sorprenda. ¡Unos segundos que parecen horas!

Suena el trallazo. ¡Un buen tiro!, certero al codillo, un poco alto. El gamo acusa el impacto, intenta avanzar unos metros, se tambalea y no parece que vaya a  hacer falta un segundo disparo de remate… Y tras unos segundos se derrumba ya sin vida. El otro gamo ni se mueve. Parece esperar a su compañero, pero al momento inicia la marcha con una veloz huida perdiéndose al momento en la dehesa.

Todo son felicitaciones y abrazos, caras felices por el logro alcanzado. Esperamos unos minutos para garantizar que el gamo ya no se levanta y nos acercamos. Es un gran gamo de tonalidades bastante blancas, como suele ser habitual en muchos ejemplares de esta especie. Las palas son muy largas y separadas, una de ellas más grande y ancha que la otra, y todas las puntas  son perfectas, sin ninguna rotura y de un color perfecto.

Fotografías de rigor y, tras ello, el guarda procede a la medición “en verde”. Tras los cálculos procedentes da un total de 185 puntos aproximadamente, un oro claro, tal como vaticinó. Habrá que esperar tres meses para que la homologación oficial confirme estos datos, pero no hay duda de que dará medalla y será de oro. Llamada a través de la emisora y el otro guarda se acerca con el vehículo hasta nuestra posición para recogernos. Nuevas felicitaciones, tras lo cual cargan el gamo en la pick-up y nos dirigimos al cortijo de la finca.

 

UN FINAL FELIZ

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Tras los cálculos da un total de 185 puntos aproximadamente, un oro claro, tal como vaticinó el guarda. Habrá que esperar algunos meses para su homologación oficial.

Allí nos tienen preparado un café y unas tortas de la zona en una mesa colocada en el gran jardín del cortijo. Contamos las peripecias de la caza y le comentamos al propietario que mientras recechábamos localizamos un gran ejemplar de muflón en la misma zona. Nos dice que si queremos podemos volver a intentar rececharlo también. No dudamos ni un instante y aprobamos la oferta. Será cuestión de volver otro día a por él.

Mientras tanto, los guardas proceden a desollar y apañar el gamo cazado, separando la carne por un lado y la cabeza con el trofeo por otro. Para esto tienen habilitada una habitación provista de todos los útiles necesarios. Una vez terminada la faena, ponen el precinto en la cuerna y preparan cuidadosamente la cabeza para su traslado. ¡Todo un alarde de profesionalidad! Prueba de ello es el número creciente de cazadores extranjeros que acuden a la finca en busca del deseado trofeo.

Antes de marcharnos hay que rellenar algunos papeles y llevarnos otros para poder trasladar el trofeo hasta el taxidermista sin problemas. Nos despedimos de todos y esta vez con la esperanza de volver muy pronto para recechar el gran muflón. Una vez en el taxidermista, éste nos confirma que es un gran ejemplar y queda en encargarse de los trámites de homologación. Al final pudimos lograr cobrar el gamo en el primer día del rececho. Es una suerte que las cosas saliesen todas bien.

Ha sido una experiencia inolvidable poder recechar el gamo en la ronca, y más en esta preciosa finca ganadera de la campiña sevillana. Una buena gestión cinegética acompañada de una perfecta guardería dan como premio estos magníficos resultados. ¡Estamos deseando volver! 

Texto y fotos: Félix Sánchez Montes

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