Campando por sus respetos, de Laureano de las Cuevas

El corzo, incluso en el ‘escenario perfecto’, nunca campearía a su libre albedrío, pues este no existe en una especie jerarquizada, donde el macho mejor dotado decide quién y dónde pace en su territorio

Sin duda, una frase desafortunada como título para un artículo sobre corzos, pues, aunque frecuente y acertadamente utilizada para referirse a la conducta de aquellos que hacen de su capa un sayo, pasándose por el arco del triunfo los derechos y libertades de los demás, utilizarla para referirse a un animal no racional, humanizar al corzo por mucho que nos guste el corzo, no deja de ser un error. Aunque queramos con ella hacer referencia a la forma en la que acostumbran a desenvolverse en sus territorios. Pues, además, nunca lo harían por sus respetos, sino por sus fueros.

El corzo, incluso en el ‘escenario perfecto’, nunca campearía a su libre albedrío, pues este no existe en una especie jerarquizada, donde el macho mejor dotado decide quién y dónde pace en su territorio

 

Será mejor, entonces, hacer encaje de bolillos, modificando sutilmente el comienzo de la expresión y retitulando este escrito a Campeando a sus anchas que, aunque etimológicamente más correcta que la anterior, no deja de ser incorrecta desde el punto de vista etológico, ya que el corzo, incluso en el «escenario perfecto», nunca campearía a su libre albedrío, pues esta no existe en una especie jerarquizada, donde el macho mejor dotado decide quién y dónde pace en su territorio. La ley del más fuerte imperará, una ley natural que pone a cada cual en su sitio, por lo menos en lo que al capreolus respecta.
Conocer algo más sobre los usos y costumbres de una especie siempre nos garantiza una ventaja a la hora de su caza, su conservación o simplemente su observación. «Conoce a tu enemigo y conócete a ti mismo, y saldrás triunfador en mil batallas», afirma Sun-Tzu, en uno de los libros más nombrado y probablemente menos leído entre quienes lo citan El arte de la guerra. Personalmente, presté mi ejemplar y, como suele ser habitual, nunca regresó a mis manos. En consecuencia, tras unas cuantas bajas he adoptado la «opción Pérez-Reverte» y ya no prestó un libro ni jarto de alcohol de quemar. Aviso a navegantes…

Conformación de territorios
Pero volviendo al menor de nuestros cérvidos y a sus comportamientos, más exactamente a cómo conforman sus territorios, nos curaremos en salud y, como dice mi amigo y maestro Florencio Markina: «En ciencia pasan cosas por azar y quedan como anécdota o curiosidad. Cuando pruebas algo y esto se repite en el tiempo y en distintos casos, pasa a ser prueba científica y, aun así, nunca es irrefutable». Por ello, antes de ser categórico y hacer mía la razón sobre lo que aquí o donde fuere pueda exponer, haremos hincapié en la «habitualidad» de la conducta animal. ¡Toma yo mayestático!.
Una de las preguntas más repetidas en torno al corzo –y, sobre todo, en los inicios del levantamiento de la veda– es, sin duda, la referida al tamaño del territorio del corzo. Entendiendo como territorio los terrenos donde ejerce su control un macho dominante y donde convive o, mejor dicho, acepta, la presencia de otros individuos de su especie de distintas edades y sexos durante la mayor parte del año, pues la territorialidad del macho es más patente desde la formación de la cuerna hasta pasado el celo.

La temporalidad en la territorialidad
Viene definida fundamente por dos necesidades y ambas marcan los momentos de mayor actividad y agresividad del cérvido.
La primera coincide con el final de la formación de la cuerna –momento climatológicamente complicado y donde los recursos aún son «razonablemente escasos»–, cuando el macho dominante trata de asegurarse los recursos necesarios para reponer la importante inversión de recursos –muchos de ellos procedentes de su propio esqueleto–, utilizados para regenerar su cuerna. Haremos aquí un inciso para recordar que, cuanto mayor sea su cuerna, mayor cantidad de recursos, y que el tamaño de la cuerna viene, entre otros factores, determinado por la edad.
El corzo aumenta su tamaño y el de su cuerna en paralelo a su edad hasta que alcanza su mejor momento reproductivo, momento en que comienza su decadencia, que vendrá determinada dependiendo de la genética y el entorno, y suele producirse entre los cinco y los siete años, existiendo gran variedad de opiniones al respecto.
La segunda tendrá que ver con la necesidad de dejar su impronta. Las necesidades reproductivas del corzo macho marcarán otro punto de inflexión definitorio de la temporalidad. Tras aparearse con cuantas hembras encuentre (o se ofrezcan) y haya recuperado de nuevo su condición física, el corzo dominante irá disminuyendo paulatinamente su territorialidad permitiendo, incluso, el regreso de individuos dispersantes que en su momento expulsó del territorio, despareciendo esta con la pérdida de la cuerna y la formación de grupos invernales. Este momento temporal vendrá marcado, como el celo, por factores hormonales.
Teniendo en cuenta lo anterior, en las necesidades temporales del corzo encontramos un elemento común en ambas: los recursos que garanticen su correcto desarrollo. Tenemos ya a la madre del cordero. No sería descabellado afirmar que el tamaño de los territorios será inversamente proporcional a su riqueza en recursos, donde la necesidad de estos viene determinada también por la edad del ejemplar.

Foto: Federico de la Calzada

¿Podremos traducir esto en valores numéricos?
Deberíamos, pero nos faltan elementos que añadir en la ecuación, algunos de ellos de difícil cuantificación, puesto que, a la capacidad de carga del territorio –es decir, el número de individuos que el sistema puede soportar sin perder sus características en el tiempo–, tendremos que añadir las ratios de sexo y edad, así como las distintas especies que convivan y/o compitan por el alimento y su número, tanto estables como temporales. Y otras abióticas como las climatológicas o edafológicas.
Dicho todo lo anterior, si acudimos a estudios donde se entremezclan los resultados de censos y radio marcajes realizados en países tan dispares como Suecia, Alemania, Hungría o España, encontraremos que los resultados obtenidos establecen unas superficies de 5 a 385 hectáreas, en el caso de los machos, o de 10 a 458 ha en el caso de las hembras.
Centrándonos en los estudios y la experiencia recogida en nuestro país, los territorios se reducen notablemente, estableciendo unas superficies medias de 26 a 35 ha en machos y 19 a 24 ha en el caso de las hembras; curiosamente, los tamaños por sexos son inversos.
Pero una cosa sí es cierta: el corzo dominante residente repetirá año tras año el territorio mientras sea dominante, relegándose a un discreto segundo plano cuando pierde esta condición.

La territorialidad del macho es más patente desde la formación de la cuerna hasta pasado el celo

 

La territorialidad de las corzas
Haremos también hincapié en la territorialidad de las hembras de corzo. Si bien suelen ser desplazadas temporalmente por el macho de los mejores enclaves, estas a su vez también ejercerán un férreo dominio en las etapas de partos y lactancia, expulsando de su lado a las crías del año anterior a las que más tarde recogerán. En el caso de la hembra parida, no solamente es una cuestión de recursos: procurar atraer la menor atención posible sobre sus corcinos es otra razón fundamental para esta estrategia vital.

 

 

Marcaje de territorios
Localizar los límites de los territorios de los corzos (que algunos denominan «corciles», una palabra que, personalmente, no me sugiere nada, como tampoco «añales o corzuelas» haciendo referencia a los ejemplares que ya se encuentran en su segundo año, pues incluir de forma forzada o fruto de una opinión nuevas denominaciones que, además, pueden inducir a error, me parece innecesario) o donde se solapan estos, es razonablemente fácil.
El balizamiento o marcaje de los territorios es realizado por el macho dominante a través de señales visuales y olfativas, denominadas «escodaduras», que realizan frotando sus cuernas y descortezando los tallos de ejemplares leñosos, en los que, además del efecto visual generado, también el corzo depositará señales olfativas características, al colocar feromonas procedentes de las glándulas frontales o arañando el suelo en trochas transitadas utilizando sus glándulas interdigitales. Como curiosidad, el corzo suele escoger la especie menos habitual en la zona de marcaje, supongo que esa diferencia amplifica su visibilidad, pero esto es una apreciación personal, compartida con otros.
Existe la creencia bastante extendida de que, cuanto más escandalosas son las escodaduras, más pequeño es el corzo, quien suple su tamaño con la apariencia. En mi opinión y puesto que no he podido contrastar esta creencia, ni sobre el terreno ni en la literatura a la que he tenido acceso, soy más partidario de pensar que en el tamaño juegan dos variables: la dureza de la corteza y el perlado de la cuerna, dejando otros matices como la altura de la marca como indicativo del tamaño del ejemplar.

 

 

Comportamientos durante la colonización
Durante este periodo de marcaje o colonización de territorio podremos asistir a distintos tipos de comportamientos que el macho adoptará para la defensa o desafío, siendo estos normalmente consecutivos, incrementando su contundencia en el tiempo.
En los primeros días el macho dominante se acercará enseñoreando porte y defensas tratando de intimidar al rival.
En el siguiente nivel, y a aquellos que no han decido «tomar portante», se les acercará de forma más contundente, corriéndoles y, en última instancia, esas carreras se tornarán en combates con los aspirantes, en los que más de uno puede resultar escaldado, pues aunque la morfología de las cuernas está diseñada para topar-empujar al rival, en muchos casos el embate se produce fuera de las cuernas, pudiendo alcanzar el cuerpo, incluso algún órgano vital, en el caso de que no exista garceta. Las cuernas que carecen de garceta y luchaderas son armas mortales en muchos casos, denominando a quienes los portan «corzos asesinos».
Un trabajo realizado en 2007 por Hoem y col. en Noruega, y al que tuve acceso gracias al portal Ciencia y Caza, analizó tras la observación de 139 comportamientos agresivos entre machos de marzo a agosto –segmentando estos en virtud del tamaño del animal, estatus y presencia de otros individuos–, relacionando estos factores con la agresividad y resultado de los encuentros. Los resultados determinaron que en un 81 % de los casos los machos dominantes residentes ganaban las peleas, siendo los de menor edad y tamaño de cuerna los que perdían o empataban. Curiosamente, se observó que cuando el macho dominante residente perdía la pelea, no se producía pérdida de territorio.
En el caso de la agresividad, se vio que sólo se producía contacto físico entre machos dominantes, siendo en estos casos las peleas de mayor identidad. Por otro lado, se observó que, a mayor diferencia en el tamaño de la cuerna, menor era también su intensidad.
El estudio de Hoem et all. nos aporta una herramienta más para categorizar las poblaciones de nuestros acotados y aplicarla a su gestión, gracias a la observación de la competencia en los comportamientos territoriales.
No todos los corzos podrán tener sus territorios y muchos serán expulsados una y otra vez, siendo habitual que sean expulsados corzos de buena calidad, que conquistarán o colonizarán nuevos territorios, permaneciendo en los primigenios los que el macho dominante residente no considere rivales para el siguiente celo.
Los corzos adultos adoptarán una estrategia de sigilo, permaneciendo en el que antaño fue su territorio, reduciendo este considerablemente. Los corzos expulsados, «divagantes», recorrerán la distancia necesaria para su nuevo asentamiento, lo que incrementa en esta época del año los accidentes de tráfico y bajas en canales y acequias que carecen del oportuno cerramiento.

 

Conocer adecuadamente el área de campeo del corzo, y sus costumbres y querencias, nos permitirá dar con ellos en el momento adecuado y/o deseado para su abate u observación

Foto: Federico de la Calzada

Conocer para cazar
Conocer adecuadamente el área de campeo del corzo, y sus costumbres y querencias, nos permitirá dar con ellos en el momento adecuado y/o deseado para su abate u observación. Conocer los puntos de agua, las siembras y vegetación que conforman los acotados, así como los vientos dominantes y las solanillas algo elevadas que los machos prefieren para su solaz, nos permitirá elegir las sendas más adecuadas para ello. Siempre teniendo en cuenta que el paisaje del acotado no solamente cambia cada año debido a la rotación de cultivos, sino que los cambios en la climatología predominante y la existencia de determinadas especies que se adapten mejor a las nuevas circunstancias harán que las querencias que hemos observado durante años se vean alteradas.
Esto último, en mi opinión, fue lo que ocurrió en la pasada campaña: eran muchos los que se quejaban de no ver corzos en los lugares acostumbrados; los corzos, sí estaban, pero no donde los buscabas.

¿Cuerna más pesada al avanzar la temporada?
Aunque no sea algo directamente relacionado con el territorio del corzo (miento, pues tiene que ver más con la calidad de sus recuerdos que con su tamaño), me gustaría aclarar una cuestión que año tras año se plantea en las conversaciones de corceros: ¿es cierto que la cuerna del corzo es más pesada según avanza la temporada?
Pues, depende. Si tenemos en cuenta las resinas y restos de material que se asientan en los poros de las cuernas, pues sí, esa nimia cantidad de materia puede alterar el peso de una cuerna no vascularizada tras su formación y, por tanto, incapaz de recibir nutrientes, lo que le imposibilita crecer o ganar peso.
Otra cosa muy distinta es el peso del cráneo que, dependiendo del momento, podrá variar ligeramente su peso, bien por haber repuesto los minerales utilizados en la formación de la cuerna, bien por el crecimiento natural de su tamaño. De todas formas, no sé si esa variación de peso será significativa; desafortunadamente, no podremos saberlo nunca con exactitud, puesto que no podremos reimplantar el cráneo que tendremos que cocer para pesar la primera vez. De momento, esto queda reservado a la novela de Shelley.

 

 

Autor: Laureano de las Cuevas