En la anterior entrega pudimos disfrutar del primer lance del día a un jabalí y que, gracias al buen hacer, tanto del aprendiz como del maestro, pudieron culminar con éxito. Sabios consejos recibió el hijo para actuar como mandan los cánones monteros, bien guiado por su padre. Y, ahora, continuamos con el relato y los momentos vividos tras el primer lance. La montería seguía su curso con mucho movimiento en la sierra que se inundaba de ladras de los valientes y arrollones de las reses atravesando los jarales.
La concentración de los dos monteros no se perdía, atentos a cualquier movimiento, a ese inconfundible crujido de las jaras que anuncia la llegada de alguna res escapando de las recovas.
Y, de repente, por lo alto del testero, una collera de venados intentaba escapar de la cercanía de los perros.
El aprendiz los seguía con la mirada y, al mismo tiempo, dirigía otra mirada incrédula a su padre preguntándose por qué no se encaraba el rifle y disparaba.
Poco a poco vio la collera desaparecer entre el monte, con el consiguiente disgusto, intentando obtener una respuesta y, con una mirada frunciendo el ceño, le preguntó a su padre: «¿Por qué no has disparado?».
La respuesta fue clara y tajante: «¡Los venados iban por el viso!», y, en una sola frase de su padre, descubrió una norma inquebrantable que siempre se debe respetar velando por la seguridad de todas las personas que participan en la montería.
Las rehalas llegaron al puesto y, entonces, el joven aprendiz se relajó. Acariciaba a los perretes, preguntaba al perrero la raza de cada uno, con ojos y oídos bien atentos escuchaba la conversación de su padre con el perrero y se sentía orgulloso de él, observando el respeto que mostraba a ese hombre curtido en mil batallas en el monte junto a sus valientes y su forma de hablar llena de tradición montera.
En aquellos minutos aprendió que la montería sin rehalas no existiría y que, tanto los perreros como sus valientes, merecen todo el reconocimiento por la labor que desempeñan en cada montería.
La rehala junto al perrero continuó su camino tronchando jaras y, a los pocos minutos, la tranquilidad se rompió… Muy cerca de su puesto un venado fue levantado por los perros y en una vertiginosa carrera se volvió hacia su postura a toda velocidad, seguido por unos cuantos cruzados que, poco a poco, iban ganándole terreno.
El corazón del joven montero palpitaba a mil revoluciones y, a escasos metros del puesto, un poderoso cruzado le lanzó un envite que hizo que el venado diera un quiebro, cayendo entre unos jarales próximos a la raya. El resto de componentes de la rehala llegaron, produciéndose el agarre. El perrero se dirigió a ellos, cuchillo en mano, para culminar lo antes posible el agarre y evitar cualquier baja no deseada.
Los ojos del hijo eran pura emoción y más tarde preguntó a su padre la decisión que había tomado de bajar el rifle. El padre, de nuevo, con la paciencia y sabiduría que dan los años, le explicó que la seguridad de los perros es lo primero y, en este caso, iban demasiado cerca del venado, por lo que, ante el menor atisbo de peligro para ellos, es obligado bajar el rifle.
A última hora, el zagal vislumbró entre la espesura de las jaras unas sombras oscuras y avisó a su padre, quien rápidamente se encaró el rifle esperando que las sombras saltaran al claro por donde hacía un par de horas había cumplido el cochino que habían cazado.
Las sombras continuaron el camino y en el borde de la raya, pisando el claro, apareció una hembra seguida de sus rayones. Su padre bajó el rifle y disfrutaron los dos del trote cochinero de la piara buscando la seguridad del tupido jaral que había más allá del claro. El padre miró con una sonrisa al hijo y los dos se entendieron perfectamente.
A lo lejos, los acordes de las caracolas retumbaban por las umbrías y solanas anunciando el final de la montería.
Con el beneplácito de su padre, el joven se dirigió hacia el lugar donde estaba el cochino abatido. Llegó y la emoción le invadió todos los poros de su cuerpo y, gritando con una alegría desbordante, exclamó: «¡Es un navajero, papá!».
Con la cinta de plástico que le había dado su padre marcó la ubicación del jabalí, escuchando otra norma que, ante todo, es de respeto por el trabajo de otras personas que intervienen en la montería y, en este caso, hacia una figura tan importante como son los arrieros.
El postor los recogió, el joven montero observó atentamente como su padre descargaba el rifle con meticulosidad y, revisando que no se quedara en el puesto ningún achiperre, lo más importante: dejar limpio el puesto, como se lo habían encontrado en el inicio de la montería.
Llegaron a la junta donde los esperaba un suculento almuerzo –que en el campo sabe a gloria– y tocaban esos momentos tan gratificantes en los que se comparten los lances con los amigos y, sobre todo, él, orgulloso de su padre, que había cazado un gran jabalí.
En el plantel recibió otro consejo de su padre, quien le dijo que siempre se demuestra respeto por los animales cazados, detallando lo que se debe o no hacer a la hora de hacer una fotografía de recuerdo.
Mientras iba revisando los trofeos uno a uno, escuchó unas voces y observo a dos monteros junto a un gran venado envueltos en una acalorada conversación y bastante subida de tono. Uno decía que el venado lo había pinchado y el otro argumentaba que venía entero, sin ninguna herida. Poco a poco, la conversación fue tomando otros derroteros nada agradables y el padre, con templanza, apartó al joven del lugar y, simplemente, le dijo: «Hijo mío, la propiedad de un trofeo se discute siempre en el monte entre los dos monteros implicados, observando los rastros de sangre y, si no se llega a un acuerdo, entonces debe intervenir el capitán de montería, que es la persona que tiene siempre la última palabra en estas situaciones».
Cuando la tarde tocaba a su fin y el sol se ocultaba en el horizonte, llegó la hora de despedirse y volver a casa. El joven montero acompañó a su padre, siempre a su regazo, para realizar las protocolarias despedidas: al organizador, postores, guardas, rehaleros y amigos monteros.
Ya en el coche, recapitulando las vivencias del día, sintió que la montería ya formaba parte de su vida cazadora y todos los consejos que había recibido de su padre los iba a guardar en su interior durante toda su vida y, en el futuro, transmitir este legado a las siguientes generaciones de monteros.
NOTA: Dedicado a para todos los padres que nos han enseñado en nuestra juventud a comportarnos con mandan los cánones monteros, respetando cada norma y unas tradiciones que forman parte de nuestra historia y cultura cinegética.
Texto y fotos: Carlos Muñoz
@miradasmonteras

