La importancia de la técnica de tiro en el rececho de corzo con arco

Mediados de junio en el sur de Francia, tenía bastante clara la querencia de un bonito corcete, que días antes de la apertura de su caza vi escurriéndose en un linde boscoso que separaba dos grandes claros, no era portador de un gran trofeo, pero para hacer el primero de los dos precintos que tenía para esa temporada era más que suficiente.

Hacia las 6:30 p.m. recogía a mi primo y a otro compañero que también disponían de sendos precintos de corzo, ellos lo intentarían con el rifle.

Media hora más tarde llegábamos a la zona de caza, mi intención es colocarme en una ladera desde donde poder controlar los dos claros y la línea de bosque que los separa, cojo todos los bártulos del 4×4 y aprovecho el ruido del motor de la pick up mientras se aleja, para ganar terreno con el aire a favor y ubicarme en mi particular atalaya.

Me coloco los guantes, máscara y toda la indumentaria necesaria, compruebo las cámaras y la dirección del viento, pongo un flecha en el arco mientras me acomodo en la base del tronco de una gran haya.

Empiezo a otear todo el cazadero en busca de movimiento del pequeño cérvido, qué paisaje tan bonito y distinto a la vez del que estoy acostumbrado a cazar en Pirineos, los días soleados con tardes lluviosas habían convertido los campos en alfombras de un verde clorofila, danzado al ritmo de la leve brisa que empezaba a soplar, inundando mis fosas nasales con ese peculiar olor a campo que tantas sensaciones y sentimientos hacen aflorar al cazador.

Las nubes que ya hacía rato que amenazaban empezaron a precipitar en forma de una fina lluvia. ¡Qué bien!, pienso, ya que llegado el momento amortiguarán mis pasos en el rececho.

La tarde va pasando, son ya más de las 8 p.m. y solo un par de juguetonas liebres han salido al claro, pero del duende, ¡ni rastro! Lo achaco a que con la comida que tienen dentro del bosque no necesitan salir a campo abierto a buscar sustento, así que con lo avanzada que está la tarde y la fina lluvia silenciando mis pasos, decido acercarme a la linde del bosque y bajar recechando despacio por él, con toda la cautela posible voy avanzado, parando cada cinco metros echando mano a los prismáticos, el prado de mi izquierda es una siembra de maíz que aún no está muy alta y el de mi derecha una zona de pasto, ambas delimitadas con piquetas de madera y alambre con corriente (en más de una ocasión algún chispazo nos hemos llevado al no prestarles atención mientras recechamos).

La luz empieza a menguar y el bosque ya deja ver su final, cuando de repente… Un corzo está de culo dentro de lo espeso pastando; es un macho, la forma de su escudo anal parecida a la de un riñón lo delata (son de corazón invertido en el caso de las hembras).

Con los prismáticos intento asegurarme que se trata del macho que tengo visto en la anterior ocasión, pero no me muestra su cabeza mientras que sin dejar de pastar va descendiendo hacia el final del cada vez menos espeso bosque, la fina lluvia da paso a una tormenta de verano con algún que otro relámpago seguido de su estruendo.

No le quito ojo al corzo, estoy casi seguro de que es él, pero antes de moverme quiero asegurarme.

En el estallido de un relámpago el animal levanta la cabeza y, sí, ¡es él! Mido la distancia que nos separa, 87 metros canta el telémetro, aprovechando el ruido de las gotas de lluvia al golpear el ramaje le gano unos metros hasta llegar prácticamente al borde del bosquecito, le mido de nuevo, 47 metros, enciendo la cámara de acción, está a tiro pero el animal sigue pastando todo el rato dándome la espalda, me queda poca luz y, si sigue en esa dirección, en pocos metros dejaré de verlo.

Empiezo a notar cómo el agua va escurriendo por mi espalada, aunque el animal no me ofrece el costado, y por el hueco que tengo entre las ramas tendré que tirarle de rodillas, el tiro culero es tremendamente efectivo en la caza con arco, y bajo estas condiciones y a esa distancia lo tengo muy entrenado, templo mis nervios, me arrodillo, coloco el visor en la referencia de 50 m, y empiezo mi secuencia de tiro, sin saltarme ninguno paso, abro el arco, sin perder tracción al muro, mantengo la T entre brazos y tronco, consolido el anclaje pasando toda la tensión a mis escápulas, termino de colimar, el peep con la esfera del visor centrando al pequeño cérvido en él, coloco el punto de fibra óptica flotando en su escudo anal visualizando de forma imaginaria la zona de impacto de mi saeta, y mientras relajo las manos espero que la suelta me sorprenda, ¡FOOBP!

A cámara lenta puedo ver cómo la cuerda se desprende de toda el agua acumulada por la lluvia y cómo las plumas azules de mi flecha se abren paso entre la cortina de agua para perderse entre los jamones del corzo, que tras el impacto se encoge y arranca a correr soltando un seco ladrido para desplomarse después de una torpe carrera con una espectacular voltereta a escasos 40 metros del tiro.

Calado hasta los huesos y con los nervios más templados, llamo a mis compañeros para que vengan recogerme y, aunque no necesite de sus servicios, traigan a Tekkan, un teckel de pelo duro que tenía en ese entonces, para que haga el rastro y muerda algo de caza antes de que la noche se nos eche encima.

No me acerco al lugar del tiro para no ‘contaminarlo’ con mi olor, así que salgo al claro para esperarlos.

Cuando llegan les explico el lance, ellos esa tarde no han tenido suerte, entre felicitaciones y risas nos acercamos al lugar, mientras sigue lloviendo hago un par de vídeos y pongo al perro encima de la flecha que está clavada con ahínco en el encharcado suelo, poco tarda el can en enfilar detrás del rastro y dar con el animal muerto.

La flecha le entró pegada al jamón izquierdo saliéndose por la paletilla derecha.

Su trofeo no es muy largo ni abierto pero aunque cortas, cuenta con las 6 puntas características y un bonito perlado.

Foto de rigor, le coloco el precinto y lo arrastramos hasta la pick up.

Una buena técnica de tiro y tener muchas variables entrenadas me ofrecieron la confianza necesaria para poder culminar con éxito este bonito lance al más pequeño de nuestros cérvidos, el corzo.

Joan España

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