Hace cincuenta y cinco años adquirí mi primer rifle, un Sako 7 mm Remington Magnum, en la desaparecida armería La Dehesa. Rafael Centeno me cobró 35.000 pesetas. Por esa época me compré un Seat 600 de segunda mano en muy buenas condiciones y pocos kilómetros, y pagué 20.000 pesetas y, como se puede comprobar, el comprar un rifle nuevo era muy, muy caro. Las condiciones de pago, en cambio, eran muy buenas: 5.000 pesetas a la entrega y otras cinco mil cada tres meses, casi dos años y sin firmar papel alguno. Sólo la palabra y un apretón de manos.
Mi siguiente adquisición fue de dos rifles en Diana Turba, armería también desaparecida. Las armerías Argali y La Española, también ahora las dos desaparecidas, con una política muy agresiva, lograron que los españoles pudiéramos adquirir armas a un precio insospechado y era mucho más barato, gracias a las dos, comprar un rifle nuevo que un coche. Y, claro está, que compré en ambas unos pocos de rifles, demasiados, según mi mujer, aunque no superaron la docena, sólo fueron once, ¡no es para tanto, digo yo!
Hace unos años, ante la insistente presencia del 6,5 Creedmoor y su secuela de calibres similares, comencé a pensar que debería adquirir uno y, hablando con mi amigo Barry, me dijo: «Tú tienes un .243 Mannlicher de caja larga que te he visto utilizar de manera muy eficaz y no vas a mejorar con un Creedmoor». Tenía razón, pues supondría arrinconar a esta arma que tantas satisfacciones cinegéticas me había proporcionado.

Y mi amigo Daniel va y se compra una armería y habrá que hacerle algún gasto… Y una vez eliminado el capricho del 6,5 habrá que buscar otra arma, otro capricho: el .270 Short Magnum, una opción muy buena, pero es que tengo un .300 Remington Ultra Magnum y es el arma que más utilizo en Europa.
Tengo un .375 H&H express que tira muy bien, como dios manda, y un día, delante de un búfalo herido, se le empezaron a caer trozos de la báscula, me quedé como el búfalo, paralizado. A mi vuelta a España sano y salvo el animal tuvo la ocurrencia de fallecer mientras yo recolectaba trozos de acero hablé con el fabricante y me dijo que yo era el piloto de pruebas de esa arma y que, después de unos cuatro mil disparos, el arma había petado. Monteé durante años con este express y me lo llevé incluso hasta Australia, donde agoté la munición, y ya conocíamos la fiabilidad del arma, cuatro mil disparos, a los que nunca llegará un usuario normal. A partir de ese momento, medio retiré esa arma de mis viajes y sólo lo tengo reservado para safaris muy concretos.
Hasta ese momento desconocía que las armas tienen una fecha de caducidad y esa fecha la fija el uso que se le ha dado al arma. Supongo que esa fecha de caducidad será más larga en las armas de mucha calidad, que superarán de modo fácil la vida real de un usuario convencional.
Como este artículo tiene dos partes, la solución al dilema vendrá en la segunda y, como siempre se ha dicho en asuntos de suspense: continuará.
Autor: José García Escorial

