Miro ladera y respiro con calma, con profundidad, con serenidad. Esa faja no está hecha para todo el mundo, para ellos sí, se mueven como pez en el agua. Yo, aunque mucho peor dotado, siento que también nací para estar allí, y algo recorre mi espina dorsal desde lo más profundo de mi interior. A por ello, a por ellos. Pocos españoles sabrán, y pocos cazadores entre ellos, que Alicante es la segunda provincia más montañosa de España. La inmensa mayoría asocia el nombre a playas, calor, parques temáticos, arroces, turrones y, todo lo más, a moros y cristianos. Nuestra patria nunca deja de sorprendernos y nuestros compatriotas tampoco.
El interior es abrupto, muy montañoso, con formaciones calizas espectaculares. Formaciones geológicas caprichosas, hoyas y grandes barrancos se suceden sin solución de continuidad gestando un paraje de auténtica alta montaña, exigente y duro. Sólo apto para unas piernas bien trabajadas y unos pulmones generosos.
Un terreno apropiado para los caprinos y en este caso para los arruís que, arco en mano, intento dar caza, y digo intento porque la empresa no se torna fácil. Llego en el último fin de semana de julio y hace calor pese a los vientos que llegan del mar, que allá abajo no anda demasiado lejos. Por las mañanas, los vehículos estacionados aparecen impregnados de un imponente rocío que huele y sabe a mar.
Un animal poderoso el arruí, introducido en España en el año setenta en la provincia de Murcia, adaptándose rápidamente a estas salvajes serranías, desde donde se extendió sin perjudicar a nada ni a nadie. Absurdamente incomprendido, estuvo hace muy poco a tiempo de ser injustamente erradicado por decisiones administrativas ajenas a consejos e informes científicos, que no ven en su presencia conflicto alguno con la presencia de otros bóvidos autóctonos. Si no es por los tribunales, que parecen ser el último reducto juicioso de este país en todos los órdenes, nos hubiésemos quedado sin esta joya del Atlas, que no ha hecho sino enriquecer nuestro patrimonio zoológico y, desde luego, cinegético.
Animal imponente, los machos llegan a pesar 150 kilos, de bellísimo pelaje y aspecto, portando precisos cuernos tanto machos como hembras, y de difícil identificación entre unos y otros dado su casi inexistente dimorfismo sexual, supone un auténtico reto para el cazador deportivo que quiera darle caza. El muflón del Atlas no es una bagatela si se le quiere dar caza de forma auténtica.
Voy acompañado de mi gran amigo Jorge R., arquero de consumada experiencia, y al llegar a destino damos con un par de guías, que se acaban convirtiendo en amigos. Gente amable, educada, cazadores (lo que a fecha de hoy es casi un milagro) y, a mayores, arqueros. Comprenden muy bien la dificultad de esta modalidad de caza, José Miguel y Óscar. Dos tíos de primera. Una fortuna cazar con ellos.
Tiramos monte arriba y a los pocos minutos consigo meterme guiado por Óscar a 35 metros de una preciosidad de animal. Vamos de abajo arriba y el pace tranquilo ajeno a nuestra presencia, tenemos el aire perfecto. Me arrodillo y me preparo, el disparador al loop, puedo armar en cualquier momento. No tenemos precintos de macho, e inicialmente nos cuesta distinguir de que se trata. Óscar me confirma finalmente que es un macho, es precioso. Decido entrar aún más a ver lo que aguanta. Me pongo a 25 metros en una entrada para el recuerdo…

Continuamos y luchamos contra el calor y el desnivel como si no hubiera un mañana desde el amanecer hasta el mediodía. Lo mismo hicimos a la tarde y al día siguiente. Jugamos varios lances que el viento no nos permitió culminar con éxito. Siempre lo tuvimos en contra.
Mi fiel Astur se pegó una paliza de aúpa, por el calor que hacía; al llegar casa necesitó dos días de reposo para reponerse. Comimos y cenamos en unos precisos pueblos serreños con sabor arábigo y el sábado a mediodía degustamos la mejor paella que he comido en mi vida hecha por la madre de Óscar (verduras y conejo, la auténtica).
La luz del sol me regala una visión de montaña de esas que ensanchan el corazón y lo llenan de esperanza. Aún hay terrenos vírgenes en nuestra patria, la serranía alicantina es uno de ellos. Mi vista se pierde entre los lejanos riscos sin poder abarcar su fin, transportándome al ensueño de lo infinito. De vez en cuando hay que subir, no hay otra.
Nos tomamos un respiro a media ladera, el pueblo luce blanco en el fondo del valle y, de repente, como de la nada, parece que una avioneta se nos echa encima y, al fragor del sonido, un bando de nueve bravísimas perdices surca el aire delante de nuestras narices sobresaltando nuestros sentidos al son de la música de sus alas. Extasiado, me digo que ya todo ha merecido la pena. Nuestras últimas bravas se han retirado a las cumbres, como nosotros…
Nuestros guías lo dan todo, desde su simpatía hasta su buen hacer, y les seguimos la cuerda. Gracias, amigos. Seguimos viendo cabradas que no nos permiten aproximación alguna y su perfil recortado contra el azul del cielo me dice que he de volver a este reducto de nuestras sierras, que hemos de volver, para culminar la faena. La última palabra está por decir. En la montaña jamás se puede tirar la toalla. Ha sonado la campana y hemos perdido a los puntos. Nada más. Continuará…
Texto y fotos: Ramón Menéndez Pidal