Agosto de 2025 pasará a la historia como el mes en que nuestra tierra, de norte a sur y de este a oeste, se convirtió en un inmenso infierno.
Desde los montes de Extremadura hasta los pinares de Valencia, desde los olivares de Andalucía hasta los hayedos que se asoman al Cantábrico, las llamas se han enseñoreado del territorio como un ejército invasor, cruel y desbocado.
Yo, que dediqué buena parte de mi vida profesional a la coordinación del Plan INFOEX, que, repoblé montes y dehesas de alcornoque y que protegí a corzos y monteses en las sierras extremeñas, no puedo permanecer callado ante el clamor que hoy sube de los pueblos abrasados. Porque no hablamos solo de hectáreas perdidas ni de estadísticas de superficie calcinada. Hablamos de vidas truncadas, de hogares reducidos a cenizas, de ganaderos que ven a su rebaño convertido en humo, de agricultores que contemplan cómo la cosecha de un año entero desaparece en cuestión de horas.
La naturaleza, que es madre generosa, se convierte en verdugo cuando la negligencia humana o la falta de previsión abren las puertas del desastre. Y España arde porque, a pesar de los avances técnicos y del sacrificio heroico de los retenes forestales, brigadas helitransportadas y voluntarios, seguimos actuando como si cada incendio fuera una sorpresa, cuando en realidad es una certeza escrita en el calendario del verano.
Por eso hoy levanto la voz. No como funcionario ya retirado, no como forestal enamorado de su tierra, Extremadura, sino como ciudadano que se siente parte de un pueblo que clama auxilio. Es el deber del Jefe del Estado y del Presidente del Gobierno escuchar esa voz y responder con firmeza. España necesita, y exige, la intervención inmediata del Ejército. No como un gesto simbólico, sino como una operación nacional de protección civil: desplegar brigadas de zapadores, columnas de agua lanzadas desde helicópteros militares, unidades de logística y todo el músculo de nuestras Fuerzas Armadas en defensa de su propio pueblo.
Porque si el Ejército está para defender nuestras fronteras, ¿acaso no es igual de sagrado defender los hogares, los campos y la vida de quienes los habitan? ¿No son acaso los pinares de Soria, las dehesas extremeñas o los alcornocales de Cádiz parte del patrimonio nacional que todo soldado juró proteger?
España arde. Y el humo que oscurece nuestro cielo es también un símbolo del cansancio y de la indignación de un país que no puede resignarse a ver cómo, verano tras verano, arden sus raíces. El futuro de nuestros hijos, la memoria de nuestros padres, la esencia misma de nuestra identidad como nación se reduce a cenizas si no somos capaces de reaccionar con la urgencia y la grandeza que exige este momento.
Como ingeniero forestal sé que la solución no está solo en sofocar llamas: está en la gestión ordenada del territorio, en el cuidado de la dehesa, en el aprovechamiento sostenible del monte, en la prevención invernal y en la educación ciudadana. Pero como español, hoy exijo algo más inmediato: que los responsables últimos del Estado ordenen ya la movilización del Ejército para salvar lo que aún queda en pie.
“Luchar por ello es tarea de todos”
Texto: Julio García Ramos
Ingeniero Forestal y ex coordinador del Plan INFOEX