Sembrando el terror y la muerte en diversos territorios, hasta el punto de que poblados enteros se vieron obligados a marcharse a otros lugares más seguros huyendo de los grandes felinos.
Cuando se habla de devoradores de hombres, automáticamente el pensamiento nos lleva a La India, donde tantas víctimas causaron los tigres, con una media de más de 10.000 al año entre 1900 y 1920, cuando se calculaban unos cien mil tigres –sumando La India y Nepal–, contra los menos de los 2.000 actuales en 2025, el 90 % de ellos en parques nacionales y reservas de caza, superprotegidos de los furtivos que, lamentablemente, siguen matándolos para vender sus despojos para la absurda farmacopea china por unos 5000 dólares USA, según la última información que tengo, lo que significa una verdadera fortuna para aquellos desgraciados…
Alguno de aquellos tigres devoradores de hombres alcanzó fama mundial, como la tigresa que actuaba en Champawat, en el norte de La India, que mató y devoró a 463 personas en ocho años, antes de ser finalmente fue abatida por el gran cazador Jim Corbett, en 1911.
Pero también hubo otros felinos devoradores de hombres, en este caso, leones africanos.
Personalmente, durante los 62 años que fui cazador profesional en África –actividad que realicé en 23 países diferentes de acuerdo con sus posibilidades locales–, tuve que eliminar muchos leones devoradores de ganado doméstico, que era la única riqueza de aquellas pobres personas y de la que dependía toda su economía.

Entre unas cosas y otras, me vi involucrado en la persecución y caza de seis leones, tres machos y tres hembras, devoradores de hombres, o al menos así lo pretendían los habitantes residentes en diferentes países y territorios, señalándome en todos los lugares que, así por las buenas, sin más pruebas testificales, que «aquel» o «aquella» eran los leones que habían matado y devorado a alguno de sus miembros, circunstancia que se repetía –poco más que calcada– de unas zonas a otras separadas por muchísimos kilómetros y que no tenían el menor contacto entre unos y otros… Una cosa muy sospechosa fue las contradicciones entre a teóricas víctimas, que no se ponían de acuerdo sobre la identidad concreta de los leones asesinos, si machos o hembras, y mucho me temo que, sin querer, mandé al otro mundo a algún inocente y pacífico león/leona, pero es que, ante aquella masa de nativos vociferantes, señalando unos al derecha y otros a la izquierda sobre dónde estaban los causantes de sus desdichas sin más pruebas concretas, al final era imposible estar seguro de nada.
Utilizando el .416 Rigby poco menos que por sentido común de acuerdo con mi experiencia y, por culpa de unos y otros, siento decirlo, los seis teóricos devoradores se convirtieron luego en once, de los cuales sólo tuve la seguridad de que sí eran devoradores de hombres dos de ellos, por la razón de que los cobré junto con sus víctimas, visión más que desagradable, dicho sea de paso… Y lo peor era entregar los restos a sus familiares que los recibían con verdaderos gritos de dolor, razón por la cual nunca quise tomar ninguna fotografía por respeto al fallecido.
En cierta ocasión, hablando con el jefe de policía británico del distrito de Narok, en la zona masái de Kenia, me comentó que en algunas ocasiones se cometían asesinatos que luego se atribuían a un ataque de leones, cosa imposible de verificar, pues los cadáveres abandonados en el bosque pronto eran pasto de los carroñeros, como hienas, buitres chacales, etcétera.
Lo mismo que en Asia con los tigres, ocurre con los leones en África para que unos y otros se conviertan en devoradores de seres humanos, siendo principalmente las siguientes razones:
1) Por herida o accidente que merme sus condiciones físicas para poder cobrar las piezas habituales en su alimentación.
2) Por edad avanzada que le impide, o dificulta, la caza de sus presas habituales.
3) Por la escasez de animales salvajes que normalmente constituyen su alimentación cotidiana.
4) Por haber descubierto, de forma accidental, que el hombre es el animal más fácil de matar, sin oponer prácticamente resistencia, y fácil de encontrar por caminos y cerca de los poblados, siendo estos los más peligrosos al tratarse de animales imprevisibles que perdieron el miedo a los humanos.
5) Por haber heredado el gusto por la carne humana al ser descendientes de algún grupo de leones (pride, en inglés) que practicaron intensamente esa actividad durante años.

Los devoradores de hombres más famosos, o conocidos, fueron los que actuaron en el África Oriental Británica –redenominada Colonia de Kenia en 1920–, durante la construcción del ferrocarril que uniría el puerto de Mombassa (en la costa del océano Índico), con la lejana ciudad de Kampala en Uganda, vía Nairobi, lo que ocurrió en 1898; si bien, desde el punto de víctimas causadas, no hubo comparación posible con los leones devoradores de hombres de la zona de Njombe, en el sur de la antigua Tanganica –hoy Tanzania–, donde siempre ha habido, aquí y allá, personas devoradas por los leones incluso hasta el año 2025.
Durante la construcción del referido ferrocarril de Mombassa a Kampala –denominado el Lunatic Express por lo difícil de su trazado y las grandes dificultades que tuvieron que vencer– para complicar más las cosas, al llegar al río Tsavo –que en lengua local quiere decir «Lugar de Muerte»–, aparecieron dos leones devoradores de hombres que sembraron el terror entre los trabajadores que tenían que construir el puente para el ferrocarril sobre el referido río, bajo el mando del teniente coronel de Ingenieros, John Henry Patterson, leones que consiguieron parar las obras, con sus ataques a los trabajadores, durante varias semanas.
Como la mano de obra local era escasa y poco eficiente, la solución fue traer de La India a varios miles de hindúes para la construcción del ferrocarril, empresa que realizaron perfectamente a pesar de vivir muy precariamente, entonces, en medio de la nada…, pero ganando un pequeño sueldo y comida asegurada, cosa que en La India no podían ni soñar en 1898.
Curiosamente, la gran cantidad de hindúes que habitan hoy en Kenia, Uganda y Tanzania, propietarios de la mayor parte de los negocios de toda índole, desde los más molestos a los más importantes, proceden de aquellos humildes trabajadores del ferrocarril, que luego se esparcieron por toda el África Oriental, haciendo venir a sus familias desde La India.
Al llegar el tendido del ferrocarril al río Tsavo, el gobierno mandó al África Oriental Británica al referido Patterson, en 1898, para que controlara y construyera un puente sobre el Tsavo de toda garantía, de forma que un tren pudiera utilizarlo sin problema durante todo el año, en época de lluvias o sin ellas…
Patterson llegó a su destino en marzo de 1898, con la coincidencia de que, poco tiempo después, aparecieron los leones, que anteriormente nunca habían causado ningún problema. Esto fue una mala noticia que costaba una fortuna diaria al tener paralizadas las obras, ya que la mayoría de los trabajadores se habían marchado temporalmente lo más lejos posible del rio Tsavo, que había confirmado su nombre local de «Lugar de Muerte».
Patterson, que era también aficionado a la caza, intentó por todos los medios acabar por los leones, pero sin éxito durante bastante tiempo, lo que no le hizo bajar la guardia, insistiendo, una y otra vez, en terminar con aquellos endemoniados animales. Hay un refrán que dice quien la sigue la consigue y eso fue lo que finalmente le ocurrió a Patterson.
Un día los leones mataron un asno de los que se utilizaban para traer odres de agua desde el río a los campamentos, dejando el cuerpo a medio consumir. Pensando que quizá volverían más tarde, antes de que lo descubrieran los carroñeros, pues era muy temprano, taparon los restos del asno con ramas, hojas y parte de la vegetación circundante, de forma que quedara completamente camuflado, excepto para los leones que le habían causado la muerte y sabrían perfectamente donde estaba «su cena» que, por lo visto, tuvieron que abandonar rápidamente al acercarse un grupo numeroso de personas camino del río, con algunos «Askaris» armados como protección.
Patterson, pensando que quizá volverían los leones en la oscuridad, decidió hacer una espera aquella noche con luna llena y ni una nube. Para el aguardo rápidamente se construyó un nchan o plataforma situado entre las ramas de un árbol, a donde podía subir por medio de una escalera de madera y, desde la altura, tener una buena vista del cebo y del terreno circundante. Patterson se colocó lo más cómodo posible, por si tenía que pasar allí toda la noche, sin perder de vista el cebo, por si acaso… Por fin apareció uno de los leones, al que pudo ver perfectamente gracias a la luna llena, pero este, en lugar de irse al cebo, como sería lo lógico, se fue directamente al árbol donde estaba Patterson, mostrando más interés por la persona de arriba del árbol, dando vueltas y revueltas durante casi dos horas que se le hicieron interminables a Patterson, sin poderlo ver bien entre los matorrales. Finalmente, el león, se ve que se confió, saliendo al terreno despejado al lado del cebo, lo que le dio la oportunidad a Patterson de verlo perfectamente a la luz de la luna llena, circunstancia que aprovechó para abatirlo la noche del 9 de diciembre de 1898. La noticia corrió rápidamente por los medios de entonces, internacionalmente, así como las felicitaciones a Patterson. Ahora sólo quedaba uno de los temidos y odiados devoradores de hombres.
Para intentar cazarlo, Patterson puso de cebo una cabra que, con sus balidos, denunciara su posición al león, lo que funcionó haciendo que viniera, la matara y, al llevársela, dejó un rastro muy visible se sangre que Patterson pudo seguir sin problema, hasta que se fue espesando mucho la vegetación, con muy mala visibilidad, para el cazador. En cierto momento pudo ver al león entre la maleza, haciéndole un disparo poco menos que a ciegas, al que respondió con un fuerte rugido al tiempo que se escapaba y, durante los próximos diez días no se supo nada de él, haciendo creer a todos que había muerto, lo que no fue así, lamentablemente, pues reapareció intentando atacar a unos trabajadores que dormían en una plataforma en lo alto de un árbol, sin conseguir nada.
A la noche siguiente Patterson se colocó en la misma plataforma por si se le ocurriese volver al león, cosa que así sucedió, dándole la oportunidad de hacerle un disparo, hiriéndole y hacer que se escapara. A la mañana siguiente siguió el rastro de sangre dejado por la fiera, localizándole no lejos de donde le disparó. Lentamente se fue aproximando, evitando la maleza espesa, momento en que el león le atacó, haciéndole un disparo que no paró su carga, repitiendo otro muy rápidamente que lo derribó a menos de cinco metros de Patterson, pues el rifle que empleaba era un rifle militar del calibre .303 Lee-Enfield, sin gran poder de parada al emplear munición de guerra blindada con la punta aguda que, naturalmente herían pero no mataban si el impacto no estaba totalmente centrado en algún punto mortal, pues, al no expandirse el proyectil, no causaban destrozos extras colaterales.

La dentadura de uno de los devoradores de hombres del Tsavo, mostrando grandes deficiencias, correspondientes a un animal muy viejo.
Este segundo lance ocurrió el 29 de diciembre de 1898, tres semanas después de abatir el primer ejemplar, poniendo fin a esta pareja de leones devoradores de hombres, con lo cual volvió la tranquilidad a los trabajadores en el tendido del ferrocarril, al Gobierno Británico, a Patterson y a todo el mundo relacionado con el puente sobre el río Tsavo que, finalmente, se pudo terminar.
Los dos leones eran machos, adultos en plena forma, sin que se apreciara ninguna merma en sus condiciones físicas que les impidieran cazar los animales habituales en su alimentación cotidiana, excepto problemas con la dentadura.
Por las fotos que podemos ver en estas páginas, se ve que la dentadura del primer león tenía fracturas y pérdida de dientes, mientras que el segundo felino sufría pérdida y malformación de molares, lo que, teóricamente, reduciría la capacidad de sujetar y matar a sus presas, que se defenderían violentamente, coceando y dando cornadas, de las que muchas veces saldrían mal parados… (Continuará).
Texto y fotos: Tony Sánchez Ariño

